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Diario de Mallorca

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Pedro Coll

2+2 es 4

Después de una cruenta guerra civil de 3 años y una dictadura de 36 este país logró pasar a un sistema democrático sorteando ruido de sables de diferentes intensidades. El último y más peligroso fue el de 23F que acabó como acabó. Parecía que habíamos aprendido la lección. Estamos volviendo a las mismas porque hay una parte de este país, que para nada llega a veintiséis millones, que sigue sin aceptar el juego democrático. Su verdad es la única y las otras son siempre perniciosas y malignas.

Tenemos una Constitución que marca el camino, necesite o no ajustes. Tenemos un ordenamiento jurídico que traza los límites, al margen de aceptables interpretaciones en uno u otro sentido. Nuestro arco político está conformado por diferentes partidos que van de la extrema derecha a la extrema izquierda, todos ellos votados por ciudadanos con derecho a hacerlo.

En las últimas elecciones ganó el partido socialista que, para gobernar, necesitaba del apoyo de otros. Se coaligó con un partido de extrema izquierda, legítimamente constituido, sin contravenir ninguna ley. En 1984, el partido Comunista Italiano se convirtió en partido más votado de Italia. No se hundió el mundo, no hubo ruido de sables. Gobiernos de coalición, de izquierdas y de derechas, han existido en todas las democracias, también en nuestras autonomías.

Desde las últimas elecciones, la oposición conservadora está poniendo en duda la legitimidad de la coalición de izquierdas del Gobierno. Tilda de intenciones espurias a partidos que están en el otro extremo ideológico. Sin embargo, en caso de necesidad, esta oposición aceptaría el apoyo de la nueva extrema derecha, también constituida cómo partido de manera legítima. Varas de medir diferentes utilizadas sin pudor.

Todos recordamos las veces que PSOE y PP han gobernado con mayoría absoluta, pasando su rodillo. Y si no la han tenido han legislado con decretos. ¿De qué nos escandalizamos ahora? Hubo un momento en que Aznar metió al país en una guerra que nadie quería (ni sus mismas bases) y mintió a la población en el momento de un terrible atentado. Todo eso se lo tragaron más de 26 millones de españoles que no estaban de acuerdo. Al final, las urnas pasaron factura. Así es la democracia, un toma y daca sometido al control de los ciudadanos.

Consciente de que temporalmente ha perdido su acceso al poder, la oposición actual y sus medios de comunicación están influyendo en estamentos que deberían ser neutrales según la Constitución -ejército, judicatura, monarquía- a los que siempre ha tenido cómo afines. «Son nuestra gente», dijo una diputada ‘ultra’, refiriéndose a los militares firmantes de los controvertidos manifiestos.

La democracia moderna no es perfecta y se ha ido haciendo mayor, pero sigue siendo mejor que cualquier otro sistema. El golpismo nunca ha evolucionado de manera voluntaria hacia una democracia. Franco y Castro murieron de viejos, con las botas puestas, y en Cuba siguen aún sin superarlo. Dos ejemplos claros y de diferente signo de las consecuencias letales del golpismo, llámese Cruzada o llámese Revolución. Para fortuna de todos, EEUU ha acabado dándonos ejemplo. Allí, los votos han finiquitado la trayectoria de un ultra iluminado que amenazaba, mentía, insultaba y despedía por twitter, que legislaba odiando. Imaginamos donde hubiera querido llegar de hacerse con el poder absoluto. El sistema democrático le paró los pies y su sucesor tiene por lo menos cuatro años para arreglar el estropicio.

Se trata de aguantar cuatro años, como han aguantado los norteamericanos, como aguantaron aquí los que están ahora en el gobierno mientras estaban en la oposición, como se aguanta en todas las democracias de hoy. Y de trabajar para convencer al ciudadano y desbancar con los votos al que piensa y actúa diferente. Con los votos.

Tan sencillo cómo que 2+2 es 4. Lo entendería un niño de primaria.

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