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Jose Jaume

Desde el siglo XX

José Jaume

El frente popular mantiene estable las constantes vitales

Rondando 190 diputados sobre 350 el Gobierno aprueba los Presupuestos Generales del Estado, apuntala legislatura que se presume larga y deja a la derecha en busca del tiempo perdido

Sánchez e Iglesias.

Sánchez e Iglesias. EFE

Le daba por muerto en abril al Gobierno «socialcomunista» y hete aquí que en diciembre están a tiro de piedra los Presupuestos Generales del Estado, no se vislumbra que la legislatura vaya a quebrar, sino más bien lo contrario: se anticipa duradera; además, la derecha ha entrado en abierta confrontación para saber quién es quién en su seno. En las postrimerías de un 2020 en el que todo ha mudado cabalgando sobre la pandemia puede decirse que el Frente Popular que gobierna las Españas por primera vez desde aquel lejano trágico 1936 mantiene razonablemente estables las constantes vitales, que, con los respaldos, hoy como en el pretérito pasado, de las fuerzas políticas nacionalistas, que van atemperando sus ínfulas independentistas, parece disponerse a cambiar también muchas de las cosas que se quiso atadas en 1978, al aprobarse la vigente Constitución. Chocante que haya sido la pandemia quien desbroce el camino para que los Presupuestos sean alumbrados, para que Bruselas envíe al cuarto oscuro las ortodoxias económicas ultraliberales, para que se entreabra la puerta de un cambio de paradigma político-institucional que tan solo empieza a vislumbrarse, pero que no frenarán las derechas electoralmente (ahora) impotentes ni la pretendida izquierda socialdemócrata que en 1974, también ya tan añejo, dirigido por el gran estadista que fue Felipe González, arrumbó sin contemplaciones, en el exilio francés de Suresnes, al socialismo republicano que seguía rumiando la derrota en la Guerra de España.

La insolvencia electoral de la derecha queda plasmada en la afirmación que hizo días atrás el portavoz del PP en el Senado Javier Maroto: «Con Vox Pedro Sánchez seguirá en Moncloa». Por ahí pena el PP, buscando cómo acabar con la excrecencia que le ha brotado desde su seno, purulencia que se mantiene fuerte, sin visos de ser reabsorbida por el partido que fundó Manuel Fraga, refundó José María Aznar, el que Pablo Casado quiere encauzar por el camino infinito que conduce al centro, esa entelequia que el PP nunca alcanza. La Cataluña del 14 de febrero será test importante: Vox puede empatar e incluso sobrepasar al PP. De suceder, el cataclismo en la derecha será espectacular. De Ciudadanos mejor no ocuparse: agoniza adecuadamente.

Los medios de la derecha madrileña, siempre recalentados, a punto de ebullición, andan soliviantados; consideran, aparte de la traición de lesa patria que supone contar con los votos de Bildu, que también repugnan a Felipe González y a los que en el PSOE todavía penan por glorias esfumadas, que quien manda en el Gobierno es Pablo Iglesias, que somete a sus dictados al presidente Sánchez. Se debería enfocar correctamente, hilar más fino, más que nada por no desmerecer de la categórica sentencia evangélica de que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Es Sánchez quien ordena, es el presidente el que decide, es él quien reparte juego, el que da cuerda a Iglesias, pero solo la que estima conveniente. La batuta la sostiene Pedro Sánchez, sobradamente acostumbrado a ser osado, a jugarse la partida teniendo mano perdedora: lo demostró cuando puso patas arriba al PSOE al derrotar a Susana Díaz, la vicaria de Felipe González y el desaparecido Pérez Rubalcaba. Es Sánchez quien marca las pautas. Se estrella o gana. Con él no hay componendas al viejo estilo. Es eso, un osado, para ciertos augures suicida megalómano que quiere acabar con la nación. Veamos cómo aprueba los Presupuestos: suma a Esquerra, ensancha el campo de juego a su favor. Deja a Iglesias vanagloriarse de haber sido el muñidor. Lamenta no haber incorporado al Ciudadanos de Arrimadas, a la que que falta osadía que a Sánchez sobra. Divide más al independentismo catalán, que seguirá ganando elecciones. Incorpora a Bildu al perímetro institucional incomodando al PNV. No es poco en diciembre de 2020.

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