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Salvar la navidad

Salvar 
la navidad

Salvar la navidad

Desde siempre me han encantado las navidades, esa época del año que cada vez empieza antes, con lo que al final se llega a la meta con bastante hartazgo y ganas de volver a la normalidad, pero esa es otra historia. Me encantan porque por unos días podemos olvidarnos de la contención y caer en el exceso (de ahí que su prolongación solo traiga aburrimiento y deseo de frugalidad), y porque es la excusa perfecta para ver a la familia, a los amigos, para lanzarse a la calle iluminada a comprar regalos, a comer o tomar una caña para celebrar que es invierno, sí, y que hace frío, pero que estamos vivos frente a todo. Y que la lorza puede expandirse hasta el infinito, sin remordimientos, que ya llegarán enero y sus estrecheces.

Me ha tocado muchas veces defender que las navidades me gustan frente a partidarios de la huida a otros países donde no se celebren estas fiestas, o de aislarse en casa hasta que se acabe el funfún de los villancicos. Yo sé que pueden resultar cansinos, sobre todo si tienes el altavoz debajo de tu casa, y también sé que hay circunstancias que impiden disfrutar a mucha gente. No hablo solo de razones económicas, dolorosas y terribles en su comparación, ni de enfermedades, pérdidas o ausencias, que yo también he sufrido. Hablo de rencores, egoísmos, o incluso de la incapacidad de algunas personas para ser felices. Lo que no imaginaba es que este año los partidarios de la navidad salieran de debajo de las piedras.

Cómo no voy a cenar con toda la familia, gritaba uno, justo ese que siempre ha despotricado de madres, suegras y tíos solteros. O cómo no voy a cenar con los amigos, también ese mismo que hace nada abominaba de las cenas en las que tenía que hablar con gente que no le importaba. O cómo no se va a celebrar la comida de empresa, esa que tanto criticaba por aburrida o por tener que hacer la pelota al jefe. Hay que salvar la navidad, dicen los políticos. Y yo me pregunto de qué navidad están hablando, por qué no son claros de una vez y nos dicen que este año, igual que no ha habido fiesta alguna, no podremos caer en el exceso ni de salidas ni de reuniones, si queremos mantenernos a salvo. Que no pasa nada. Que los partidarios de la navidad esperaremos la siguiente o nos reuniremos en febrero o marzo, cuando podamos, y lo disfrutaremos con independencia de la fecha que ponga el calendario. Y los detractores podrán descansar tranquilos. Que los niños son más listos que los adultos y no se morirán sin cabalgata. Que la ilusión no depende de cuántas luces se pongan en las calles o en las casas sino de cuántas luces se tengan en la cabeza.

Y yo me pregunto también por qué lo llaman navidad cuando quieren decir consumo, capitalismo y despilfarro, si todo es más sencillo cuando se llama a las cosas por su nombre y nos dejamos de mentiras, que ya hemos tenido bastantes.

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