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Daniel Capó

Las cuentas de la vida

Daniel Capó

Celaá contra el conocimiento

Lo único que logrará la ley Celaá será dividir aún más el espacio social del conocimiento

Shakespeare, en su Timón de Atenas, hace decir a uno de los protagonistas que el mundo se gasta “a medida que marcha”. Al final del camino de las ideas, la historia es la crónica de un deterioro. Muere lo viejo y lo nuevo nace entre las ruinas del pasado. Nuestra escuela, que surgió del pensamiento republicano y de la Ilustración, y –mucho antes– del amor por la lectura de los luteranos y de la visión renacentista que situaba al ser humano en el centro de la creación, se deshace como una realidad ya añeja y estéril, envejecida y agotada. Era una educación centrada en la memoria; es decir, literaria, poblada de palabras: las mismas que ahora se pretenden silenciar porque ya no significan nada ni brillan en el mundo de las imágenes. La memoria era la sustancia del hombre decimonónico, como también del hombre moderno y, antes, del hombre que se educó en las religiones del libro. Esa escuela –que ya sólo conocí tangencialmente– se despide, quizás para siempre. No porque otra reforma educativa no pueda intentar retrasar una vez más las manecillas del reloj, sino porque el hombre que la hizo posible ya no existe: se ha gastado, ha llegado a su fin. Queda la nostalgia, en efecto, y quizás una idealización, pero no la realidad. El mundo actual viene determinado por la tecnología –con su lógica particular– y no por los grandes libros, ni por la acumulación de conocimientos.

¿Qué tipo de ciudadano, de sociedad y de universo político saldrá de esa nueva escuela que responde básicamente a un modelo occidental? No lo sabemos, aunque hay indicios. El primero es la sustitución de los conocimientos por las emociones. Los alumnos no tendrán otro pasado que el que dicte el juicio implacable de las emociones. El resto no importa ni interesa. El motor no es por tanto un anhelo de conocer la verdad, sino el deseo de hacer justicia y, para ello, molestan los matices, la complejidad. El segundo es la potenciación de los marcos identitarios y no de los espacios comunes. Lo diferencial siempre es preferible a lo compartido, porque nos singulariza más aún a costa de tribalizarnos. Si la naturaleza humana es un constructo sociocultural, entonces el relativismo adquiere toda su fuerza poniendo en duda cualquier convicción firme. Por supuesto, el peso omnipresente de la tecnología explota todos los puntos débiles de la democracia sentimental, que es el futuro al cual nos encaminamos más o menos teledirigidos. Sospecho que la gran clave del futuro van a ser menos las instituciones democráticas que el uso –y el abuso– político de la tecnología. Estamos en ello: en Asia de forma aun más descarada que en Europa.

La ley Celaá aborda todas estas discusiones de la forma más endeble posible, casi sin debate, sólo a partir de los tópicos de la corrección política. Asegura que apuesta por la equidad frente a la meritocracia, pero lo único que va a conseguir será dividir aún más el espacio social del conocimiento. Unos pocos optarán por el capitalismo cognitivo y la mayoría se conformará con unos estándares definidos por la psicología más banal. La fractura está servida. Porque, aunque la educación burguesa e ilustrada haya llegado a su fin, el conocimiento fuerte sigue rigiendo más que nunca. Una nueva alfabetización –en programación, en inglés, en matemáticas– está en marcha y esos lenguajes no conocen la equidad. Miran hacia arriba y no hacia abajo. Nos guste o no.

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