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José Carlos Llop

‘Fer els comptes’

De 1984, de Orwell, a Minority report, de Philip K. Dick, la tentación viene de lejos pero el monstruo vive entre nosotros. Y lleva tiempo pero ahora acelera y se reproduce tentacularmente. Empezaron las cámaras de cajas y bancos, que no filmaban sólo el cubículo del cajero sino la calle al otro lado de las vidrieras. Escribí algún artículo en estas mismas páginas avisando del peligro: paparruchas de idiota melindroso. Después vinieron las cámaras municipales para controlar el fluido automovilístico en los semáforos. También avisé; esta vez por puro deporte: la cosa ya era imparable, la sociedad como edificio de cristal transparente y esas posmodernidades filosóficas. Al mismo tiempo en los grandes almacenes pedían el carnet de identidad al ir a pagar y como quien no quiere la cosa, otros datos para una ficha que no sabíamos, ni sabremos nunca, adonde iba e irá a parar. Mis hijos –que entonces eran pequeños– pasaron más de un mal rato, avergonzados por los comentarios de su padre sobre si un comercio era una comisaría o un juzgado, después de negarme a entregar lo que se me pedía. Chaladuras de artista chiflado. También escribí sobre el asunto, pero debía ser porque aquella semana no sabía sobre qué hacerlo. Efecto nulo, como es habitual y así enloqueció don Alonso Quijano frente a los molinos. Después se supo que las grandes compañías vendían nuestros datos que con todo el cinismo consideraban suyos, y salvo aspavientos, no se hizo nada. En paralelo, los departamentos de Personal de las empresas pasaron a llamarse de Recursos Humanos: es sabido que del cerdo se aprovecha todo y si hay recursos hídricos y minerales, por qué no humanos, que además se mueren y desaparecen. Hoy en día el término Recursos Humanos –camuflado de esta forma: RR HH– apenas hay nadie que lo encuentre anormal. Y vaya si lo es, anormal. Yo diría que monstruoso, pero en fin.

Cuando cayó el Muro y el capitalismo quedó huérfano de rival, al hundirse el comunismo, se produjo una rara metamorfosis en el sistema triunfador: mientras las leyes de mercado disfrutaban de su apoteosis, las instituciones –es decir, los gobiernos– fueron adoptando medidas administrativas –desde entonces no han parado– cada vez más engorrosas, controladoras y atenazadoras para el ciudadano. Diríamos que la burocracia comunista y sus consecuencias en cuanto a la merma de libertad del ciudadano se han ido imponiendo en la sociedad capitalista vía estatal, municipal y autonómica. Pronto no se podrá respirar sin un papel –qué digo pronto, ya mismo– y muy pronto la propia casa dejará de serlo para compartirse con cualquier institución pública. No exagero y ya está ocurriendo: por eso he citado al principio 1984 y Minority report. Los controles aeroportuarios a partir del 11-S, el control informático de los movimientos personales a través de cámaras, teléfonos móviles y tarjetas de crédito, la exigencia de papeleo para pescar con caña desde la orilla, fichar en los trabajos con el dedo –una resurrección de los modos de la esclavitud–… O las muy recientes medidas solicitadas por el ministerio de Hacienda para poder entrar en todas las casas… O la sustitución del juez por el fiscal en la instrucción penal… O la compra de drones por parte del Consell para vigilar la propiedad privada (si toman ustedes el sol en pelotas, dispóngase a aparecer tal cual donde menos se lo esperan)… O la posibilidad de que en bares y restaurantes te demanden el DNI y formes a pasar parte de una lista inquietante, por si algún cliente enferma de covid… Por no hablar de la adquisición de armamento cada vez más sofisticado para las fuerzas policiales (los mossos d’esquadra se llevan la palma)… En fin, podríamos seguir y no bastaría el espacio de este artículo. Se ha instaurado la insana costumbre de «fer els comptes» a los demás en todos los frentes, de la que sólo te puedes salvar –y aún así– si formas parte de la cúpula del establishment. A la ciudadanía que la bomben a base de decretos, cámaras, controles, drones, listas, satélites espía y lo que haga falta. El concepto de libertad unido a la presunción de inocencia del ciudadano –que una democracia sana debería defender con todos sus medios– se ha ido a freír espárragos. Todos somos culpables o cuando menos sospechosos: hay que vigilarnos.

Recuerdo que cuando cayó el Muro, el gran poeta Czeslaw Milosz dijo que del Este llegaría a Occidente una corriente de espiritualidad que compensaría la concepción materialista y consumista y algún motivo tenía para pensarlo. El sentimiento religioso, la fe, la poesía, el arte –pienso ahora en la extraordinaria Faraón de Kawalerowicz– habían sido allí modos de fortificación y resistencia frente al poder omnímodo del Estado totalitario. Y aunque nos llegaron traducciones de excelentes poetas del Este –pienso ahora en Adam Zagajewski o en Wislawa Szymborska pero hay más– esa corriente de espiritualidad en la sociedad quedó en muy poco. Milosz se equivocó. Y sería bueno preguntarse por qué la poesía no está presente en la mayoría de políticos occidentales. Obama, el republicano McCain, o Joe Biden han leído versos en sus campañas electorales o al asumir la presidencia y los han leído bien. No me refiero a dicción sino a fe en lo que estaban leyendo y muy poca o nula hipocresía o cinismo –que sería lo habitual hoy día– en el acto de hacerse suyo un poema. La última foto de Biden antes de la jornada electoral fue ante un poema del poeta irlandés Seamus Heaney y eso, digamos que tiene un aire esperanzador. Pero en Europa el último presidente que conoció el verdadero valor de la poesía fue Georges Pompidou, que hasta publicó una impecable antología de la poesía francesa. Y sigo refiriéndome no al marketing sino al sentido espiritual –que también es libertad– invocado por Milosz. Esa libertad que primero con la excusa de cambiar libertad por seguridad a raíz de los atentados islamistas y ahora con el temblor general ante el coronavirus, se está mermando, digamos que con bastante entusiasmo. Hemos regresado a la murmuración de mesa-camilla, a escudriñar tras las persianas y a castigar por adúltero al vecino –o peor, a tildarlo de racista– y acusar de brujería a la vecina. A fer els comptes en els altres, vamos. Con la modernidad del dron y la alevosía de siempre, que alguna vez –empieza a parecer lejana– deseamos olvidada también para siempre.

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