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Diario de Mallorca

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Francisco Capacete

Francisco Capacete González

Escritor y abogado

Un universo en la mirada

En el Día Mundial de la Filosofía

La filosofía, desde la más remota antigüedad, ha constituido una búsqueda esforzada, un observar para desvelar la naturaleza de las cosas que, al decir de Heráclito, le gusta tanto esconderse. Los griegos designaban con la palabra aletheia «la verdad que se había conseguido desenterrar del olvido». Recordar lo que verdaderamente son las cosas y somos nosotros mismos mediante la intuición. «Intuir» que proviene del in-tueri de los latinos, expresa el hecho de fijar la vista sobre algo, de contemplarlo para conocerlo de verdad.

Este ejercicio profundo y comprometido de los filósofos griegos les permitió dar a luz a una filosofía grande, profunda y de altura, características que fue perdiendo durante los dos milenios siguientes. Dice Francis Cornford que, en los inicios de la actividad filosófica entre los griegos antiguos, la filosofía pudo asimilar una espiritualidad no adscrita a dogmas religiosos o eclesiásticos. Los filósofos griegos no estuvieron trabados por los prejuicios dogmáticos y no sufrieron la persecución de los sacerdotes. Por estas razones pudieron centrar sus investigaciones en tres temas fundamentales: la naturaleza, lo divino y el alma. La filosofía nace grande en Grecia y ya nunca más pudo alcanzar las cimas conquistadas por presocráticos, Platón y Aristóteles.

Convendría aprender de aquellos grandes y reconocer que la filosofía sin espiritualidad es mero ejercicio racional y especulativo, que ningún bien hace a la sociedad ni al hombre. Es cierto que la liberación del dogma religioso fue un paso decisivo. El problema vino cuando se identificó toda la espiritualidad con lo religioso y se proscribió la indagación en las dimensiones internas como fútil creencia irracional. La relación entre lo religioso y lo espiritual es una relación de parte con el todo. No todo lo espiritual es religión, como no todo lo sagrado es dogmático. El «ser» de Parménides es espiritual. El «alma del universo» de Platón es espiritual. El «uno» de Plotino es espiritual. Ser, alma y uno no pertenecen a ninguna religión ni creencia pues son esencialmente esotéricos.

Lo espiritual es fundamento, principio y finalidad permanentes. Lo espiritual es principio y fin de todas las cosas y no hace falta creer en ninguna religión para plantearse la búsqueda de esta realidad última. Antes de la primera expansión cósmica (Big Bang), ¿qué había? Algo espiritual. ¿El qué? Un principio, una causa invisible. ¿Cómo podemos llegar a conocer esos principios? Evidentemente, con el método empírico no, pero con la indagación interna sí. La evidencia interior, método usado en India desde hace milenios para investigar las leyes de los mundos internos y por los grandes de la filosofía moderna como Kant o Descartes, nos depara magníficos descubrimientos. Entre ellos, los fundamentos de la ética, los fines de la política y el sentido de todas las cosas. Todo ello se encuentra en la frontera entre lo conocido y el misterio.

La inteligencia no puede controlar el misterio, pero sí puede construir los caminos que conducen al misterio, que suben hasta él, y que desde él vuelven a bajar. Cuando Bergson explicaba que «la inteligencia se caracteriza por una incomprensión radical de la vida», se refería a que el camino no puede contener en sí la totalidad (el misterio), pero sí aproximarse y llevarnos a ella. La totalidad es de la misma naturaleza que lo espiritual. Lo espiritual es lo mismo que vida completa, sagrada, digna. Y esta realidad no debe permanecer ajena a los esfuerzos de la filosofía.

En el Día Mundial de la Filosofía, que se celebra pasado mañana, el tercer jueves de cada mes de noviembre desde que la UNESCO lo declaró en 2002 (resolución 33C/45), reivindicamos la faceta espiritual de la filosofía. De este modo, podemos hacerla amiga y compañera de las religiones, de las tradiciones espirituales de los pueblos, de lo mitológico, de lo insondable, en fin, compañera del misterio. Y sin dejar de lado la razón, el método ni los aportes de la ciencia, la filosofía puede volver a ser aquello para lo que nació, la magna ciencia, el eje en el que encuentren fundamento las ciencias, las artes, las religiones y las políticas.

Cuando un artista, un político, un místico o un científico profundizan en lo que buscan, se hacen filósofos. Una obra de arte es, fundamentalmente, una invitación a la contemplación del alma de las cosas. Gobernar un pueblo es, esencialmente, un acto de amor y justicia. La búsqueda de Dios en todas las cosas es una fuente de bondad. Y la actividad científica se basa en el descubrimiento o desvelamiento de la verdad. Todos hacemos filosofía cuando indagamos más allá de los fenómenos. Así se hizo grande la filosofía griega y así podemos hacer grande la vida del hombre y del mundo. Grande como sinónimo de digno, sagrado, auténtico.

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