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Bernat Jofre

Corona, ¿activo amortizado?

La presunta fortuna del emérito no se ha gestado en cuatro años. Los muy versados en habitar cerca de la potestad efectiva de España hablan de una presunta actividad mercantil prolongada en el tiempo

«Intranquila yace la cabeza

que lleva una corona»

William Shakespeare: Enrique IV

Parte 2, Acto III, Escena I

Estando casi moribundo el dictador, se planteó una cuestión no menor en ciertos privilegiados salones de Madrid. Qué tipo de primera familia deberían representar Juan Carlos I y su esposa, Sofía de Grecia. Se decidió que el recién recuperado clan regio debía adoptar un perfil más bien bajo en cuanto a exposición pública de sus amistades. Un reino sin Corte. Pero no sin favores: no se renunció al «borboneo», ese elegante apoyo a según qué intereses por encima de otros. En silencio y normalmente por medio de personas interpuestas. Testigo de ello fue el equipo de nuestra Carta Magna, sin ir más lejos. Durante muchos años, dichas prácticas fueron toleradas por los sucesivos presidentes de Gobierno. Las aquiescencias y sobreentendidos han presuntamente funcionado entre los jefes del Estado y del Ejecutivo. La sensación de impunidad se fue apoderando de ciertos actores de esta historia. No deberían pues sentirse sorprendidos los partidos políticos por las revelaciones de Jersey, Ginebra o Panamá. No fueron pocas las reprimendas que se llevó el difunto Antonio Asensio Pizarro desde el entorno de Ferraz o Génova cuando alguna de sus revistas intentaba colar una noticia un tanto comprometedora sobre la doble moral de La Zarzuela. De hecho, no ha sido hasta que la prensa internacional los ha sacado a la luz que se van sabiendo determinados flecos privados de la Familia Real española. Algunos, pública chanza y comentario por parte de la población. En cambio otros –negocios, cuentas corrientes, viajes de placer «estando en Madrid»– sí han causado disgusto y desazón en el común de la ciudadanía.

Corona, ¿activo amortizado?

Es obvio que la presunta fortuna del emérito –oficialmente, aún no se sabe su alcance exacto– no se ha gestado en cuatro años. Ni en veinte. Los muy versados en habitar cerca de la potestad efectiva de España –que no debe confundirse necesariamente con su Gobierno– hablan de una presunta actividad mercantil prolongada en el tiempo. Tanto en Mallorca como en Madrid se sabe algo de eso. Urbanizaciones, promociones, concesiones de gasolineras, puertos deportivos o recalificaciones urbanísticas... No fueron pocas las iniciativas económicas que presuntamente llevaron el áurea del entonces Príncipe de España. El estigma de la ruina familiar en la persona de su padre , el Conde de Barcelona, debió pesar en la decisión de no perder el tiempo. Y –siempre en el terreno de la más estricta pero bien fundamentada suposición– empezar a facturar cuanto antes: Tempus fugit, escribió el poeta Virgilio en sus Geórgicas.

La impresión de que los mismos que lo auparon y consintieron ciertas actitudes han sido los primeros que han dejado al monarca emérito de lado no es conspiranoica, sino bastante cierta. No han sido pocos miembros con apellidos ilustres y poco dinero en el banco los que han vivido un nuevo ascenso social y económico gracias a su real amistad. Especialmente doloroso para el protagonista parecen haber sido algunos casos, amigos de infancia y juventud. Quienes pueden apartado ahora y –muestra de la endeblez del personaje– no sin antes asegurarse los suficientes secretos sobre su persona como para tejerse un cierto blindaje.

La impresión de que los mismos que consintieron ciertas actitudes han sido los primeros que han dejado al emérito de lado no es conspiranoica

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Porque parece que alguien, siempre desde la sombra, supuestamente ha ido tomando nota durante todos estos años: citas, comisiones, viajes, bancos, mujeres, transferencias... para llegado el caso, tener una serie de salvoconductos. Los suficientes para continuar cerca del poder. Es obvio que quien tomó cartas en el asunto en mayo del 2015 contaba con mucho material comprometedor. Muy pocas personas en el país cuentan con el suficiente crédito personal para llegar a según qué agendas sin problemas y pedir según qué documentación. De depredador a presa. De cazador a deseado trofeo, cual cornamenta de diecisiete puntas.

Dicha opinión –la del complot– es compartida no ya en círculos realistas y monárquicos, sino en clubes de pensamiento político o de debate capitalinos. Tertulias más o menos próximas al poder establecido. Grupos de presión intelectuales nada sospechosos de ser brazos articulados de La Zarzuela, sino más bien todo lo contrario. Pues bien, es en estos foros donde la teoría de la maquinación para acabar con la monarquía de una manera lenta y segura –antaño denostada por demencial– empieza a ganar adeptos. Se reafirman en un dato: todas las malas noticias sobre La Zarzuela se han desvelado en un contexto de crisis aguda y gran tasa de desempleo. Pero no con el país creciendo en positivo, creando empleo de calidad y contando con temporadas turísticas de diez u once meses.

Hará muy bien don Felipe en resarcir de alguna manera a la ciudadanía del halo de supuesta corrupción que podría rodear a su entorno

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Sea como sea, hará muy bien don Felipe en resarcir de alguna manera a la ciudadanía del halo de supuesta corrupción que podría rodear a su entorno. Máxime cuando en el espinoso tema de las tarjetas opacas, hasta su gabinete de prensa reconoce veladamente la trama. Cito textualmente: «Las tarjetas de SS MM la Princesa de Asturias y la infanta Sofía no fueron utilizadas en ningún momento». Por tanto, si de verdad en palacio se era sabedor de la existencia de los plásticos, ¿por qué nadie denunció su existencia a la Fiscalía? Cuestión incómoda, ciertamente. Que enfrenta al actual monarca con el fantasma de la connivencia con su padre. Asunto que puede provocar no pocos dolores de cabeza en La Zarzuela si el fiscal ginebrino Yves Bertossa sigue investigando en las redes de lavado de dinero negro internacionales. Tal como hiciera su padre, Bernard, mítico fiscal suizo y autor del “Appel de Genève”, el primer llamamiento serio de la justicia suiza para anular el secreto bancario helvético.

Y es que la herencia de don Juan Carlos cuando éste finalmente traspase quizás no haga más que rematar a la institución como tal. Pues parece harto improbable que las Infantas procedan a renunciar a su herencia paterna, tenga el origen que tenga. Si tal aconteciera, no sería extraño que la ciudadanía en bloque exigiera algo más que una disculpa. Sino que serían muy probables otras exigencias, de mayor calado y trascendencia. Que permitirían a don Felipe y las infantas reunirse en el AVE a la Meca. Porque como Messi en el Barcelona, quizás todos ellos podrían mutar de condición: de necesarios a –acaso– activos amortizados.

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