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JOrge Dezcallar

Biden y Europa

Ahora que la elección ya ha pasado aunque Donald Trump se comporte como el líder bielorruso Lukashenko que también se niega a aceptar unos resultados desfavorables, cabe preguntarse cómo es previsible que sea la relación con Europa del presidente electo Joe Biden, porque no se debe olvidar que hasta el 20 de enero el único presidente que hay en los Estados Unidos sigue siendo Trump, al que en consecuencia aún le quedan setenta días en la Casa Blanca y esos son muchos días. De momento acaba de despedir al secretario de Defensa Mark Esper y se especula sobre si lo ha hecho porque es incompetente y ha metido la pata, si es por venganza porque se negó a sacar las tropas a la calle para contener los disturbios raciales o, y esta es la hipótesis más preocupante, porque está planeando algo y no quiere estorbos. Pronto lo sabremos.

La imagen de EE UU en Europa se ha desmoronado durante los años de Donald Trump y hoy solo uno de cada tres europeos tiene una buena opinión del país, un porcentaje absurdamente similar a lo que piensan de Rusia o China. Como consecuencia el «poder blando» de Washington está por los suelos y ciertamente que no mejorará con lo que está pasando tras las elecciones. Trump ha destruido la confianza en los Estados Unidos como garante último de nuestra seguridad, como lo fuera en las dos guerras mundiales, y eso ha tenido la virtud de animarnos a seguir lo que se ha dado en llamar la “Doctrina Sinatra” por su éxito My Way («Mi camino») en la búsqueda de autonomía estratégica y de una postura propia con respecto de China. Por eso dice Borrell que Europa debe acostumbrarse a utilizar «el lenguaje del poder» y a hacer los cambios necesarios que lo hagan posible, como es el voto por mayoría y no por unanimidad en las cuestiones de política exterior.

Con Biden la UE y Estados Unidos parecen dispuestos a un nuevo comienzo ilusionante porque nuestra comunidad de valores democráticos nos debe permitir cooperar en un sinfín de asuntos de la agenda internacional como el cambio climático, la pandemia y los Derechos Humanos, la seguridad, la OTAN, la relación con Rusia o con China, el regreso al pacto nuclear con Irán, Ucrania, Bielorrusia, Oriente Medio... Aspecto importante es que su llegada debilita la postura de Boris Johnson sobre el Brexit.

Pero al mismo tiempo no hay que hacerse excesivas ilusiones porque persistirán problemas que complican la relación: en primer lugar porque la prioridad de Biden no será la política exterior sino la doméstica y llega a la presidencia cambiando el eslogan de «America First» por el de «Made in America», en una clara voluntad de apoyo a las clases medias más afectadas por la crisis que ha desencadenado la pandemia, y por eso quiere primar las compras de productos americanos por valor de 400.000 millones de dólares más otros 300.000 para fomentar el I+D, y hasta 2,2 billones para ayudas a desempleados y negocios en peligro de cierre. Ese proteccionismo afectará sin duda a nuestras exportaciones y a los litigios existentes sobre el acero, aluminio o coches europeos que actualmente son objeto de fuertes aranceles, así como a nuestros vinos, aceites, quesos, etc., también gravados, esta vez con permiso de la OMC, como consecuencia de la disputa entre Boeing y EADS (Airbus), y a los que la UE responde esta misma semana gravando 4.000 millones de dólares de productos americanos. Tampoco decaerá la oposición norteamericana al gasoducto Nordstream II que llevará gas ruso a Alemania ni, por nuestra parte, la pretensión de que las grandes multinacionales como Amazon y Google paguen impuestos en el viejo continente. Lo que si cambiará y sin duda afectará a estos contenciosos es el ambiente, porque habrá menos amenazas y más voluntad de encontrar terrenos de entendimiento. Sin olvidar nunca que Biden es más defensor de lo que llama «Fair Trade» («comercio justo») que del «free trade» («comercio libre»).

Además Biden tratará de llevarnos a su terreno en las relaciones con China, por más que lo haga con modos más amables que Trump. Las malas relaciones entre ambas superpotencias no mejorarán con Biden porque EE UU ven en China una amenaza a su hegemonía y a su dominio tecnológico, mientras que China está convencida de que EE UU hacen cuanto pueden para frustrar su desarrollo y su conversión en superpotencia. Biden será muy firme en cuestiones de Derechos Humanos, ambiciones territoriales de Beijing (especialmente en Taiwan), y prácticas irregulares en cuestiones comerciales como acceso a mercados, temas regulatorios, propiedad intelectual, redes 5G, etc. Pero al mismo tiempo buscará un diálogo a alto nivel que permita a ambos países cooperar en asuntos de interés común como el clima, la pandemia o la proliferación nuclear. Veremos si es posible.

Europa debe defender sus intereses. No podemos ser equidistantes entre EE UU y China porque no tendría sentido, pero tampoco debemos seguir mansamente los intereses de Washington porque no siempre coinciden con los nuestros. Y seguir esta línea era más fácil ante los gritos y destemplanzas de Trump que lo será ante las formas más amables de Biden.

Europa y los Estados Unidos nos necesitamos mutuamente en un mundo que no comparte nuestros valores y cuyo centro económico se desplaza con rapidez hacia el Estrecho de Malaca. Por eso nos interesa a ambos revitalizar la relación trasatlántica y apoyar el multilateralismo entendido como un mundo que funcione con normas conocidas e iguales para todos. El reto es lograrlo sin renunciar a lo que somos, a nuestros intereses y a nuestra naciente autonomía estratégica.

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