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El otro virus

Hace unos días me enteré de que durante la pandemia ha habido una gran escuela abierta las 24 horas del día, los siete días de la semana. Una escuela con muchas clases y muchos profesores. Una escuela para adultos y sí, claro, también para niños: la escuela del porno.

Este dato y los que contiene este artículo están extraídos del libro PornoXplotación (ed. Alrevés), escrito por Mabel Lozano y Pablo J. Conellie. La publicación te deja sin aire, entre capítulo y capítulo, y te obliga a respirar profundamente al ponerle fin. Te urge a leer casi del tirón las experiencias de protagonistas que están en un lado o el otro de la actividad porno: modelos, actrices, productores, directores y visualizadores, muchos de ellos enganchados como a una droga. Y lo hace sin quitar ni poner nada al testimonio de mujeres y hombres que han caído en sus redes. Como un documental narrado; hablan ellas y ellos, y en sus historias se posa la prosa.

Y cuando acabas, constatas que la pornografía no es inofensiva (en mi caso, lo sabía antes de abrir el libro, por los años que llevo escuchando a Mabel y tejiendo con ella complicidades). No lo es para sus protagonistas. Ni para sus «disfrutadores». Las y los primeros no suelen serlo por voluntad propia. En ocasiones acceden bajo engaños, similares a los que se producen en la trata con fines de explotación sexual; mujeres estafadas por novios que acaban destapándose como proxenetas; mujeres decididas a ser modelos, en realidad contratadas para escenas porno o, lo que es lo mismo, prostitución 2.0; jóvenes que caen en la trampa de un supuesto enriquecimiento, grabando escenas que permanecen on line de por vida, intimidades violadas que ellas piensan millonarias y que con un poco de suerte se resuelven en un mes; chicas y chicos, a los que prometen, por ejemplo, cinco escenas mensuales, pagadas a 200 euros cada una y que imaginan que ganarán ingentes cantidades, cuando podrían acabar en la indigencia, de mantenerse en este supuesta ocupación que es real explotación.

Y desde luego no salen indemnes los espectadores.En el libro quedan claras las secuelas de quienes se enganchan al porno, terribles secuelas psicológicas con desgraciadas derivadas familiares. Pero además hay que destacar la imagen que la pornografía ofrece de las relaciones sexuales, desiguales, perversas en sus actos y en su irrealidad, dejando una idea demoledora de la mujer en ese porno-imaginario colectivo: sumisa, con relaciones violentas, víctima de sexo grupal, de violaciones… Ni esos comportamientos, ni esas mujeres ni esos hombres existen y su emulación genera frustración o en el peor de los casos conduce al maltrato. Esto que es grave en la edad adulta puede ser letal si se consume durante la infancia, es decir si la pornografía se convierte en la escuela de la sexualidad, y no, no exagero…, la edad media de iniciación a su consumo está hoy en los 11 años. Que cómo llegan, pues entrando en portales que no piden documentación ni tienen filtro alguno y en los que la edad no importa, solo la audiencia generada. Por poner un ejemplo, en los meses de confinamiento producido por causa de la covid-19, el portal pornhub aumentó un 61% su consumo medio. Según se cuenta en el libro, «esto supuso el mayor crecimiento mundial de visitas a esa web, solo por detrás de la India, que llegó a experimentar un crecimiento superior al 90%».

Estas enseñanzas podrían explicar en parte que en pleno siglo XXI haya jóvenes prostituidores, que buscan en el sexo bajo pago lo aprendido en el porno, que es igualmente sexo bajo pago. Prostitución 2.0, el último grito donde el vocabulario también ha cambiado. Ahora se habla de webcam, sexcam o camgirls. Pero, por más que se modernice, el fondo es el mismo: mujeres prostituidas, mujeres explotadas, eso sí, con carácter internacional. Da igual que un vídeo se grabe en Polonia, Barcelona o Colombia. Tres uves dobles facilitan su visión en Singapur, Santiago de Chile o Sudáfrica. La visión de actos sexuales abusivos. El espectro se ha ampliado. El de prostituidas, aunque muchas son las mismas. El de prostituidores, aunque muchos son los mismos, y las autopistas cibernéticas permiten que se unan otros que ni siquiera deben recorrer las calles en busca de carne fresca. El de proxenetas, aunque muchos son los mismos y pertenecen a las mismas mafias, eso sí modernizadas. Ciberprostitución.

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