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Diario de Mallorca

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Mercè  Marrero

La clase política como musa

Una senadora cuestionando la relación de pareja de una ministra, una ministra comentando su vida sexual, una regidora relacionando el tamaño de los genitales masculinos con el carácter y varios diputados aceptando que no se justifiquen sobresueldos. Triste, pero quizás lo merezcamos

Hay dos situaciones en las que me siento especialmente vulnerable: en la silla del dentista y en la camilla de la ginecóloga. Ambos, además de ser mis profesionales de referencia, son mis amigos, pero encontrarme en la tesitura en la que tendría dificultades para salir huyendo si fuera necesario, me inquieta. Por cortesía de la covid, mi dentista me recuerda a Neil Armstrong transitando por la Luna. La suerte es que tiene unos ojos que siempre sonríen y eso, para alguien que solo piensa en huir, es tranquilizador. Bueno, y que es un profesional maravilloso. Un día me preguntó por qué escribía tan poco sobre la clase política y, tras meditarlo, he llegado a dos conclusiones. La primera es que lo cotidiano, lo que le pasa a mi vecina, a una amiga o a un compañero me interesa mucho. Puede que un poco más que lo que sucede en el Parlamento. La segunda es que hablar de determinada clase política es hablar de nuestro fracaso como ciudadanos responsables y capaces de elegir a quienes deben trabajar por el bien común. Es fácil echar balones fuera y criticar a Menganito o Zutanito, pero la cruda realidad es que ahí están porque los hemos elegido. Así que, algo de responsabilidad tendremos.

Donald Trump, un ricachón como la copa de un pino, a la par que un impresentable, paga 750 euros de impuestos a la Agencia Tributaria estadounidense y le sigue votando medio país. Un poco más cerca, una senadora se atreve a faltar al respeto a una ministra preguntándole si no siente vergüenza por compartir su vida con un machista y estar bajo el mando de un macho alfa. Me cuesta comprender que haya votantes del partido al que pertenece esa senadora que no consideren ese comentario un exabrupto fuera de lugar. Y me cuesta muchísimo más aceptar la respuesta de la ministra increpada, que declaró que ella se mete en la cama con quien le da la gana y que ya les gustaría a las del partido de la senadora poder decirles a las mujeres con quien tienen que acostarse. Si tú eres ordinaria y hortera, yo más. Deberíamos analizar por qué permitimos que una conversación de barra de bar se convierta en un tema a tratar en el Senado.

En el ayuntamiento de Palma, una mujer que representa los intereses de muchos hace psicología genital y se atreve a considerar, en público, que los hombres con penes pequeños son más violentos. Siempre me ha chirriado la crítica gratuita, máxime si es a un atributo físico innato, por no hablar de la aparente falta de detección de dónde están las verdaderas necesidades de los habitantes de Ciutat. Me pregunto por qué no ponemos el grito en el cielo al conocer que hay políticos que defienden, en contra del criterio de los especialistas de la Oficina Anticorrupción, que un representante público que vive fuera de la isla tenga que cobrar 22.000 euros de sobresueldo y no tenga obligación de justificar sus gastos. Si nosotros, a quienes se nos exige que justifiquemos hasta la última coma, no nos creemos merecedores de la decencia y honestidad, ¿para qué reclamarla?

Así que, hablar de la clase política es hablar, en el fondo, de nosotros mismos. Y no sé si estamos preparados para ello.

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