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Marga Vives

Por cuenta propia

Marga Vives

Cambiar de estrategia

La prostitución mueve al año en Balears más 70 millones de euros, un yacimiento de capital subterráneo que no aparece en ningún libro contable ni computa en el PIB ni mejora la vida de quienes ejercen esta actividad. El dato lo aporta un estudio de la UIB, que cuantifica en unos 90.000 el número de clientes de este tipo de transacciones –no sé a ustedes, pero a mí me parece una cifra tremenda–. Si aproximadamente la mitad de los habitantes de las islas son hombres, esto equivaldría a decir que un 15% consumen sexo pagado y que destinan un presupuesto de unos 800 euros anuales. Son números que afloran uno de los ámbitos en los que la desigualdad acecha con más crudeza; que se mueve por los canales de la exclusión, según los expertos. La razón es que 9 de cada 10 prostitutas preferirían no serlo, así que resulta fácil deducir que en el siglo XXI la esclavitud circula libremente bajo la pátina de normalidad con la que vendemos la imagen de nuestra sociedad moderna, y en el interior de los pisos donde muchos intercambios de intimidad comprada a bajo precio acaban con maltrato o vejación.

Esta realidad es el extremo de unos estereotipos que siguen arraigados en nuestra cultura, donde 4 de cada diez puteros todavía se piensan –o eso dicen– que quienes les venden su cuerpo lo hacen por placer, cuando lo cierto es que están contribuyendo a que la pobreza, cada vez más, tenga género femenino, a través del engaño, la explotación o la extorsión, muy presentes en las redes de este negocio que convierte en millonarios a sus proxenetas gracias a la clandestinidad en la que se mueve.

Por otra parte el sentido del disfrute sexual sigue mediatizado por la pornografía, que perpetúa mitos como este, especialmente entre los adolescentes –diversos informes alertan de su perniciosa influencia–, y desarrolla relaciones de poder que explican que la violencia machista siga siendo uno de los males endémicos del planeta; cada mujer asesinada es la constatación de muchas otras que soportan en silencio abusos, discriminación, desigualdad o acoso. El sistema trata de protegerlas, pero crece con fuerza la necesidad de intervenir sobre la causa y no solo procurar el amparo cuando ya se han producido las consecuencias.

A raíz del último crimen machista, el tercero en Balears en este año, los psicólogos han alertado de que es necesario revisar protocolos, actuar sobre los clichés que anidan con toda naturalidad en las relaciones, en la presencia pública, en la corrección política, en la expresión de nuestros afectos, porque de nada sirve inhibir impulsos malditos con reglas que siempre es posible transgredir, y arrepentirse –o no– después, cuando la víctima ya lo es definitivamente. Hace falta una nueva mentalidad; el tráfico de personas –en especial, mujeres y niñas– sigue siendo una de las principales fuentes de dinero ilícito en el mundo actual, después del narcotráfico y la falsificación, y lo es porque tiene demanda. Puede que muchos se sientan libres de culpa por no formar parte directa de eso, pero deben saber que la depreciación del trabajo de las cuidadoras, la revictimización de las mujeres violadas, la feminización de la pobreza, la discriminación laboral o el lenguaje sexista –vicios propiciados por una amplia mayoría de la población, según las estadísticas– son el camino por el que se transita hacia un machismo radical y son, también, indicadores claros y visibles de que la estrategia no está funcionando y de que urge cambiarla.

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