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Diario de Mallorca

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La caja de cristal de los franciscanos

Había una vez un hombre que, sin saber que sería la última, pensaba que aquella cajita de luz sería su obra maestra. Corrían los años sesenta y él ya lo había proyectado todo y todo en demasía: casas, chalets y apartamentos, iglesias y colegios, planes urbanísticos y mobiliario, restaurantes y hoteles; bancos, cruces, sagrarios, y hasta un corbatero o un mueble para tocadiscos. No se le resistía ni una tela ni una casulla ni un incensario ni una lámpara ni un pavimento ni una baldosa. Su infinita mente creadora tenía recursos para diseñarlo absolutamente todo.

Su pensamiento volaba por los caminos de un progreso que, tantas veces, se le vedaba. Por las autovías de su cerebro viajaba a través de otros mundos, tan cerca como se los traían las revistas que coleccionaba, tan lejos como se encontraban al otro lado de todos los mares. Quería traer los aires de la arquitectura moderna a Balears y, aunque no le aprobaban los proyectos, él consiguió traerlos.

El hombre, cineasta y melómano, que amaba la película del niño del globo rojo (Le ballon rouge, de Albert Lamorisse, 1956), sufría en silencio la incomprensión de un mundo al que, sin duda, le venía grande. Él al mundo. Pero se refugiaba entre lápices y planos dibujando vidrieras de colores y encontrando el eco de su ingenio, quién lo iba a decir, en la comprensión de los frailes, en cuyas obras le dejaban ser libre.

Un día desapareció, así de repente. Así, de todo. Y se creó el silencio. Ya nadie sabe quién era, ya nadie conoce sus más de dos mil expedientes. Y, sin embargo, con su porte y con su clase, con su saber y elegancia, discreto, como fue siempre, camina a nuestro lado cada día, cada instante.

Da igual si estamos en Palma o si nos vamos a Lluc; si paseamos por Pollença o admiramos desde allí en lo alto la belleza del monasterio de Cura (del que hizo todo menos la iglesia y el aula de Gramática); si callejeamos o si rezamos; si disfrutamos de un hotel o si estudiamos. Desde el camarín de la Virgen a la capilla del Calvari; desde el edificio Primavera de Palma hasta la base de Na Burguesa se extiende la huella de nuestro arquitecto.

Y es que cuando miremos, en un día soleado, el agua del lago Esperanza en Alcúdia veremos el reflejo de sus impresionantes cajas de escaleras: las del edificio en el que, por primera vez en Balears, se utilizó el hormigón armado. Mientras nos tomamos un café en la plaza de Santa Eulàlia, cuando fijemos nuestra mirada en aquel edificio que nos rodea, allí está él, como lo está también de un extremo al otro de Jaume III.

Aquella casa con azulejos verdes, tan peculiares, de la calle Jaume de Santacília, sí, esa, seguro la has visto, es suya. Y, tú que vives por Palmanova, tal vez si le preguntas a tus abuelos recuerden aún el bar Morocco y aquellos preciosos chalets que se destruyeron para dejar su puesto a los hoteles… Y es que, cuando no se sabe cuánto valen las cosas, difícil es conservarlas.

Llevas los niños al colegio de San Francesc y no sabes que fue él su autor; pasas por el Colegio Oficial de Farmacéuticos y desconoces que sus alzados llevan su nombre; rezas en la iglesia de San Agustín o en la de San Alonso Rodríguez o en la del puerto de Alcúdia, pero no sabes que las proyectó él. Un día te paseas por Maó y te fijas en la mole de la fábrica de gas y electricidad, ni que decir tengo que también es obra suya. Como también lo es el poblado de la Aucanada, único en el archipiélago. Su firma está en cada rincón de estas tierras y, allende los mares, en Madrid o Barcelona, Valencia y hasta en México o Perú.

Amaba Palma y le enseñó el lenguaje de la arquitectura moderna. Tal vez, si lo supiéramos, entenderíamos la importancia de esa otra caja, majestuosa, de cristal marrón tostado, como la piedra de los edificios antiguos más próximos (la muralla, la catedral, la Almudaina…), que nos recibe a la orilla del mar y cambia de color en cada hora del día según esté despejado o nublado el cielo, según sea de día o de noche: el soberbio edificio de estilo internacional de GESA.

Y amaba profundamente, en general, estas tierras baleáricas. Buscaba la inspiración en la arquitectura tradicional, una inspiración que supo fusionar magistralmente en el complejo de la Porciúncula: marés y sobriedad en los edificios de trabajo y estudio: la escuela, la casa de la comunidad, el seminario. Hormigón armado a vista en la caja de cristal, esa que da título a estas líneas, esa Sainte-Chapelle reinventada: la iglesia, en la que se unen estructuras del siglo XX con lenguajes medievales condensados en vidrieras de colores que emocionan a quien las mira. El ayer y el hoy viviendo juntos una historia de amor en el mismo complejo.

Para él mi admiración y mi recuerdo.

Era doctor en Arquitectura. Se llamaba José Ferragut Pou.

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