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JOrge Dezcallar

Lo que no cambia el 3 de noviembre

Se atribuye a Einstein la frase de que «cuando te mueres no sabes que estás muerto, no sufres por ello, pero es duro para el resto. Y lo mismo pasa cuando eres imbécil». No sé si Einstein lo dijo pero me parece una gran verdad. A Bob Gates, que fue secretario de Defensa con Bush y con Obama se atribuye otra según la cual «hay cosas que sé que sé, cosas que sé que no sé, y otras que no sé que no sé». Tampoco se si es cierta pero también me parece muy buena porque es verdad y lo importante es darse cuenta de ello, cosa que no es fácil cuando uno está muerto o es imbécil.

Viene esto a cuento de que confieso mi crasa ignorancia en cuanto al resultado de las elecciones norteamericanas del martes. Sé lo que me gustaría y lo que las encuestas dan como más probable, que por fortuna coinciden, pero no me atrevería a poner la mano en el fuego porque Trump tiene una base muy sólida y también se le daba como perdedor en 2016 y acabó ganando. Y la ventaja global de Biden, hasta 9 y 10 puntos, se estrecha mucho en los estados cruciales como Wisconsin, Minnesota, Pennsylvania y es una moneda al aire en Iowa, Florida, Carolina del Norte, Arizona y alguno más. Además las encuestas se equivocan porque no son perfectas y porque los encuestados ocultan sus verdaderas intenciones. Así que todo puede pasar, desde un triunfo por goleada de Biden a otro por los pelos, sin descartar que Trump pueda revalidar la presidencia por remota que esa última hipótesis parezca a los politólogos, que también se equivocan con frecuencia. Lo que parece claro es que Biden tiene garantizado el voto popular... igual que lo tuvo Hillary Clinton, que acabo perdiendo. El refranero aconseja no vender la piel del oso antes de matarlo y es un consejo muy sabio.

Si gana Biden o si gana Trump cambiarán muchas cosas que afectarán en primer lugar a los norteamericanos y luengo al resto de habitantes del planeta, que por algo EE UU son la primera potencia mundial. La misma celebración de la fiesta de Halloween, tan alejada de nuestras costumbres, muestra el impacto global de su cultura. Porque ambos candidatos tienen formas diferentes de entender la lucha contra la pandemia, la gestión de la crisis económica, la política impositiva, las relaciones con otros países, los organismos y las alianzas internacionales; el cambio climático y el medio ambiente, la lucha contra la pobreza y las desigualdades crecientes, el uso de energías fósiles o renovables, la gestión de las corrientes migratorias, el comercio internacional y las relaciones con China, el futuro del multilateralismo eficaz o las cuestiones raciales, entre otros muchos asuntos.

Pero siendo cierto todo lo anterior hay cosas que no cambiarán de la noche a la mañana gane quién gane el 3 de noviembre. Me refiero al populismo y su corolario de crispación y polarización social y política que son grandes males de nuestra época. No sólo en EE UU, sino también en España y en otros lugares. Como ejemplo, la nueva juez del Tribunal Supremo (TS), Amy Coney Barrett, ha sido elegida por 52 votos a 48, sin un solo voto del partido minoritario y eso es la primera vez que ocurre en los 231 años de historia del TS. PeroTrump no es la causa sino la consecuencia de factores previos que motivan esa radicalización indeseable de la que también son muestra Iglesias y Abascal, Le Pen y Salvini o, llevadas las cosas al límite, Amanecer Dorado en Grecia. Y esa mala copia trumpiana que es Boris Johnson. Por no hablar de los Orban, Kaczynski, Erdogan y tantos otros. Sobran populistas como sobran nacionalistas, son peores aún cuando coinciden o se alían, y la paradoja es que ambos tienen el mismo origen.

La culpa la tiene un sistema capitalista desregulado y excesivo que no ha sido capaz de acompañar el crecimiento económico de los últimos años con una distribución equitativa de los beneficios, de manera que se ha roto la relación que existió después de la Segunda Guerra Mundial entre el crecimiento de la economía y el crecimiento de los salarios. El sistema, enfrascado en ganar más cada día de la forma que fuera, no percibió que la globalización (que tiene muchos aspectos positivos) provocaba indeseables dislocaciones empresariales que con sus sueldos de miseria tampoco beneficiaban a los paises de acogida. Peor aún, porque ese capitalismo rapaz e inhumano tampoco fue capaz de prever las innovaciones tecnológicas que se suceden a ritmo exponencial y que, al menos a corto plazo, provocan desempleo. La consecuencia es más pobreza, más desigualdades entre países y dentro de ellos, más angustia y más incertidumbre que se agrava con la llegada de la crisis económica y social provocada el Covid-19 cuando aún no han acabado de cicatrizar las heridas de la de 2008. En estas condiciones, ¿a alguien puede extrañarles que haya populistas que quieran derribar el sistema tal como está concebido, o que haya nacionalistas aldeanos que quieran levantar un muro porque piensan que ellos lo harían mejor? Su problema es que aciertan con el diagnóstico pero yerran con la medicación porque no es derribando como se construye ni alzando muros como se crea riqueza. Biden ha prometido que si gana tratará de unir y gobernar para todos los americanos y eso ya será por sí sólo un gran cambio . Pero estas sociedades fracturadas no se curarán el 3 de noviembre, igual que se mantendrá la competencia hegemónica entre las grandes potencias.

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