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Matías Vallés

Presumir de recuperados

En el peor momento de la pandemia, se debería reservar algún hueco a la peripecia de más de treinta millones de personas curadas

Si se anuncia la publicación en estas líneas de una cifra global sobre el coronavirus, la lectora aguarda la constatación de los 45 millones de casos registrados en todo el planeta, muy por debajo de los reales. O para empeorar los augurios, la constatación de que 1,2 millones de enfermos han fallecido hasta la fecha, también oficialmente. Son datos irrebatibles aunque, en el peor momento de la pandemia, se debería reservar algún hueco a la peripecia de más de treinta millones de personas curadas en todo el planeta.

Ajustando el dato oficial a los contagios nunca detectados, al menos cien millones de seres humanos forman un batallón de vencedores de la enfermedad, probablemente inmunizados durante una larga temporada porque las cifras de reinfectados son discretas. Sin incurrir en la candidez del mejor de los mundos, la insistencia realista en que España es el país más castigado de Europa debería conceder unos minutos de telediario a que también es el Estado con más curados de los contornos.

No puede olvidarse que un porcentaje importante de los recuperados arrastran secuelas debilitantes, pero sobran los artículos que hacen hincapié en los datos desasosegantes. Si el discurso se centra en la situación vigente, la constatación de once millones de casos activos conlleva una reacción parecida al pánico. Por eso mismo, habría que introducir entre paréntesis la constatación de que la inmensa mayoría de los hoy afectados presentan síntomas leves o se encuadran entre los ya célebres asintomáticos, que atraviesan una enfermedad sin padecerla.

La proporción de pacientes contagiados en estado grave o crítico es la más baja desde marzo, menos de un uno por ciento de los casos totales y muy por debajo de las noventa mil personas en todo el mundo. En primavera se aproximó al diez por ciento. Las cifras son más reversibles que las palabras, por lo que extendiendo la situación preocupante al 0,8 por ciento de la población del planeta en los márgenes ahora imperantes, se alcanzan los sesenta millones de personas. El riesgo real de los nuevos contagios, o de la incidencia de PCR positivas sobre las efectuadas, no se halla tanto en la población afectada como en el riesgo de saturación hospitalaria.

La imagen de película de catástrofes de las UCI desbordadas figura con todo lujo de detalles y una cierta propensión al dramatismo en el texto legal de la declaración del estado de alarma, publicada en el Boletín Oficial. Se habla allí de “tensionar”, se alude incluso al riesgo real de “colapso” sanitario. Sin embargo, la referencia a este panorama desolador estuvo ausente de la intervención de Pedro Sánchez celebrada el pasado domingo. El presidente del Gobierno motivó la drástica medida en incidencias peregrinas como “la bajada de temperaturas”, que propiciaría una escalada de rebrotes.

A Sánchez le cuesta vincular la necesidad del estado de alarma con las limitaciones de la planta hospitalaria, porque corría el riesgo de que la medida se asociara a una consecuencia negativa de su gestión. La ocultación de las decenas de millones de enfermos curados en el saldo del coronavirus corre paralela al silencio sobre las carencias estructurales de la prepotente sanidad occidental. Francia entró en shock al constatar que carecía de una mascarilla para cada ciudadano, estas contradicciones se asumen en España con mayor naturalidad.

Una cosa es protestar por las colas en el centro de salud o las listas de espera, y muy otra darse cuenta de que un país occidental no puede asumir la realización de test PCR a todos sus ciudadanos. De hecho, una parte importante de los enfermos recuperados no se sometieron a esa prueba científica para corroborar su curación. La ausencia de síntomas durante un periodo razonable se consideraba un salvoconducto suficiente.

El presente no admite comparaciones históricas, siempre es a la vez “el mejor de los tiempos y el peor de los tiempos” dickensiano. Con esta salvedad, no se necesita ser pesimista para concluir que Europa vive un periodo negro de su historia, donde el empeoramiento inminente parece más seguro que la recuperación a medio plazo. De ahí la importancia de recordar que la inmensa mayoría de enfermos del coronavirus superan la prueba, aunque sea con un sufrimiento acentuado por la expectación planetaria depositada sobre la enfermedad. Pese a las angustias sanitarias, una proporción abrumadora de los afectados se han reincorporado a la vida cotidiana sin ingresar en un hospital. Más aun, se han curado sin ver a un médico, lo cual da idea de la extremada precisión de los facultativos o de su papel relativo en la mejoría, según el color del cristal.

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