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Alex Volney

Largos naufragios

Danielle Mitterrand con el subcomandante Marcos, en Chiapas en los 90.

Danielle Mitterrand con el subcomandante Marcos, en Chiapas en los 90.

Vanessa Springora una noche acompaña a su madre a una interesada reunión de amigos escritores y editores, una suerte de gauche divine con un presunto bohemio de polizón. Ella es todavía una niña de trece que acusa la ausencia del padre y lo suma al duro contencioso con su madre. Parece ser que en la fatídica reunión, el depredador (que pasa los cincuenta) cierne su sombra sobre la criatura, hoy editora de prestigio que además ha sido premiada con el Jean-Jacques Rousseau de autobiografía.

Con su Le consentement que ha sido tildado de “bomba” en el mundo literario o “terremoto” en lo cultural, y que también se ha calificado de “ajuste de cuentas con el pedófilo”, Vanessa Springora despliega una obra en la distancia con los hechos que se aprecia en lo cronológico pero no tanto en lo emocional, jugando a la suerte en su justo ataque ante un público que ya ha visto en las solapas de la novedad unos calificativos que en el país del Marqués de Sade resultan un tanto grotescos por la gravedad del tema y por los personajes que transitan sus páginas. Son los mismos años que en el estado español, y en su fabulosa hemeroteca, Interviú cada semana recuerda que para ser de izquierdas hay que ir de putas o salir en pelotas en portada. El mismo Marsillach en sus páginas, o cualquier otro intelectual del momento, son prueba de ello en un país que durante la represión franquista fue cogiendo en algunos momentos un tinte de gran prostíbulo. Mientras la ibérica se hace “progre”, la gran France ríe las gracias a un Gabriel Matzneff en hora punta, y en directo en Apostrophes de Bernard Pivot, sí , el mismo a quien Bukowski se la lía y terminan cortando. A Pivot no le gustó nada que le diesen la misma medicina, de igual a igual, y en directo, cuando el viejo Hank le soltó cuatro frescas. Pivot, el mismo que ríe las gracias al pederasta mientras solo una periodista quebequesa plantaba cara, la admirable Denise Bombardier: «Los señores mayores atraen a los niños a la puerta de los colegios ofreciéndoles caramelos. Usted lo hace con su reputación. En América estaría usted en la cárcel». Matzneff desconcertado e indignado replica que no tiene derecho a recibir un juicio moral, exactamente en la misma línea de juicio al que se opuso liderando un manifiesto (1977) que en su momento firmaron Simone de Beauvoir, J.P.Sartre, Barthes o Deleuze, entre otros, por aquello de “destruir viejos tópicos de moralidad” que es donde siempre se esconde y refugia la falsa izquierda.  Defendían a tres acusados por relación con menores que consideraban tan aconsejable.  

Vanessa Springora en su novela El consentimiento lleva a cabo un ejercicio de virtuosismo, no se recrea en su venganza, es concisa y demuestra un gran estilo y erudición pero puede que caiga, en algún momento, en su propio fuego amigo. Matzneff, que prácticamente no ha sido traducido ni al castellano, ni al catalán, más conocido en Francia que en el resto de Europa, es un siniestro personaje que ante su aureola intelectual, libro tras libro, fue blanqueando sus apologías de la pederastia en sus exitosos viajes, o sus más míseras salidas a la calle, arropado por una parte de la intelectualidad. Discípulo de Henri Montherlant, de origen ruso, y sobre todo amigo íntimo de Mitterrand era aceptado en un mundo literario francés con diversas «sorpresas» sobre el sombrío paisaje de esta historia. Impresiona mucho el recurso (¿literario?) de la autora cuando con catorce años pide auxilio al Sr. Cioran y toca a su puerta. Conmueve el oportunismo de la amistad del filósofo con el monstruo a quien la madre de la autora consiente que cohabite con su hija. Choca la respuesta de Cioran, como la serie de ilustres que van desfilando. Madre e hija conocían lo que se decía, y habían leído lo que buscaba en países exóticos ese maldito personaje, hasta que el punto de inflexión aparece y no en la forma de responsabilidad maternal, precisamente. La autora pide no censuren sus libros y se queja solo de que él se haya negado a leer esta novela. Aclara que entre los 60´s y los 90´s se toleraba la pederastia. Servidor añadiría que en Francia, y en muchos otros países hoy está totalmente institucionalizada. 

Definitivamente... ¿se hunde, por fin, el mayo francés? Mientras, se le han retirado sueldos, Gallimard parado sus ediciones y ha huido a la Riviera italiana, la famosa gauche divine es acosada por la lucha política de las mujeres y la valentía de esta autora, pero puede que, con todo el respeto, la sra. Springora se traicione a sí misma y el tiro de gracia no sea del todo certero. Cuando desenlaza el texto al «descubrir que había sido utilizada» y que «era una más en la lista de amantes del depredador». Cuánta injusticia y cuánto sufrimiento. ¿Puede la vulneración de los derechos humanos y sobre todo la vulneración de los derechos de los menores albergar, ni que sea a medias, algo tan moldeable como los celos? Gran valor. Gran libro. Gran estilo. Una ligera ambigüedad de fondo. Les ruego disculpen. Lean y juzguen.  

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