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Dos estados (des)unidos en lucha

Tras dos encarnizados debates electorales televisados, transmitidos en directo a todo el planeta, la conclusión es clara: los septuagenarios Donald Trump (nacido en 1946) y Joe Biden (nacido en 1942) representan algo más que una ordinaria lucha para alcanzar el poder. Ambos candidatos son la punta de lanza de dos sociedades muy distintas que anidan en el seno de Estados Unidos. Trump y Biden son los representantes políticos de una Norteamérica tremendamente dividida, tras años de agrandamiento de las desigualdades económicas (pobres contra ricos), étnicas (minorías hispanas y afroamericanas frente a la población blanca), geográficas (mundo rural enfrentado al mundo urbano) y demográficas (jóvenes frente a mayores).

Así, por un lado, Donald Trump ha desplegado una campaña electoral que ha ahondado en su permanente discurso populista, dirigido principalmente al trabajador blanco y varón norteamericano, radicado fundamentalmente en el ámbito rural, que no aprecia la inmigración, que reivindica una presunta pureza original de los valores fundacionales de la nación y que reclama una mítica (e inexistente) Norteamérica cerrada sobre sí misma para defenderse de los (imaginarios o reales) enemigos que la acechan. El objetivo: activar emocionalmente a los sectores más desencantados con el sistema político y económico y convencerles de que deben acudir a las urnas porque Trump necesita cuatro años más para completar el proyecto de «hacer América grande de nuevo».

Por otro lado, Joe Biden ha articulado su campaña sobre el relato de reducir la polarización social y de recuperar parte del espíritu de los dos mandatos de Barak Obama. De esta manera, los estrategas de Biden han focalizado sus ejes discursivos en demostrar que quiere ampliar la protección social sobre los más desfavorecidos, proteger el medio ambiente (lucha contra la crisis climática), reducir la agresividad internacional desplegada por la administración Trump y trabajar de manera muy especial para los jóvenes y para las mujeres (no es casual que la elegida para ser vicepresidenta, en caso de ganar las elecciones, sea la carismática Kamala Harris, nacida 1964, una brillante abogada, ex senadora por California y ex candidata a presidenta del país por el Partido Demócrata). El propósito: ampliar la base de simpatizantes demócratas que en 2016 se quedó desmotivado en casa, y atraer a los indecisos y a los votantes moderados del Partido Republicano que puedan estar hartos de los exabruptos verbales y políticos de Trump.

Ambas estrategias tienen riesgos. La de Trump, porque ahonda en una maniobra que pudo funcionar en el contexto de 2016 (ataque frontal a la clase política y a lo extranjero), pero que puede fallarle cuatro años después ya que, a pesar de su notable popularidad (sólo está ocho puntos por debajo de Biden en intención de voto), pesan sobre él una pésima gestión de la crisis sanitaria, económica y social derivada de la epidemia del coronavirus y un balance de un mandato más bien caótico (pocas de sus promesas iniciales se han cumplido, incluyendo el famoso muro de separación entre México y Estados Unidos, que llegó a convertirlo en el símbolo de su primera campaña electoral).

La estrategia de Biden también comporta peligros, ya que fue el vicepresidente de Obama, a quien los sectores más conservadores de la sociedad estadounidense achacan el agrandamiento de las grietas políticas que hoy se han convertido en polarización social. Biden reivindica un legado que tiene ecos de un izquierdismo poco o nada apreciado por quienes más acuden a las urnas en ese país: los blancos mayores de 50 años, un auténtico y disciplinado ejército de votantes que es conocido como «el poder gris» (por las canas que peinan).

Todo apunta a que los resultados de estas elecciones serán decididos por los jóvenes y por las mujeres. Y muy especialmente por estas últimas. De hecho, la cuestión de género será un factor clave. Tal y como ha puntualizado el politólogo Lluis Orriols, tanto la participación electoral femenina como el sesgo prodemócrata entre las mujeres podría alcanzar récords históricos en Estados Unidos.

Existe, además, otro elemento a tener muy en cuenta: el voto anticipado y el voto por correo que ha propiciado la pandemia del coronavirus. Este hecho ha obligado a muchos estados a flexibilizar los requisitos para votar por correo, o de forma anticipada, con la finalidad de evitar aglomeraciones en los colegios electorales. Así, ha aumentado considerablemente la participación anticipada: en 2016 hubo aproximadamente 33 millones de votos por correo. Y este año se espera que el recuento supere con creces los 80 millones de votos remitidos postalmente o de forma anticipada, según el Southern Poverty Law Center.

El fenómeno predice una alta participación, y un posible retraso del recuento. De ser así, es factible que los estadounidenses se vayan a la cama el 3 de noviembre sin saber quién entrará oficialmente en la Casa Blanca el 20 de enero de 2021 (cuando se celebra la toma de posesión). La incertidumbre es material explosivo en un Estados Unidos tan crispado y con un presidente que azuza, sin base alguna, el fantasma del fraude con el objetivo de deslegitimar los resultados si le fueran adversos.

Se trata, en definitiva, de la pugna de dos relatos, de dos narrativas, que a pocos días de la cita electoral, se han intensificado. Los asesores de Trump y de Biden se están empleando a fondo para lograr colocar sus mensajes en todos los medios de comunicación y, por supuesto, en las redes sociales. Es la lucha de dos Estados Unidos. Una lucha de la que saldrá un único Comandante en Jefe hasta 2024.

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