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Pilar Garcés

Presidenta, que mañana madrugas

Cabe preguntarse a tenor de su cena que acabó en un bar de copas al que acudió la policía por exceder el horario sanitario si Francina Armengol ha dañado la conexión que tenía con la mayoría de nosotros

Ilustración

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De la aciaga salida nocturna que la presidenta de Balears alargó por encima de nuestras posibilidades me quedo con la tremenda distancia que percibo entre su vida y la mía. O la nuestra. Creo que una de las cualidades mejores de un gobernante consiste en la capacidad de conectar. Puede ser más o menos inteligente, elocuente, simpático, preparado, trabajador, valiente, buen gestor, pero si no emite en una longitud de onda que captemos la mayoría estará en desventaja y más ahora en tiempos de penurias, cuando los esfuerzos han de ser colectivos para fructificar. Francina Armengol había logrado muchos consensos, incluso con gente en sus antípodas ideológicas por la solvencia que exhibe, pero también por su cercanía. Lamentablemente, ha resultado un miembro ilustre del establishment que se libra de los sacrificios que inflige a los demás.

Cualquier conexión con Armengol se ha cortado. Lo que acontece un miércoles pasada la una de la madrugada en la puerta de un tugurio no me incumbe ni me puede incumbir. No estoy haciendo un juicio moral, solo describo una realidad: ahora mismo, su peripecia me resulta tan lejana como un accidente hípico en Mongolia. Es verdad que ningún gobernante puede ser todas las personas, empatizar con la comunidad entera. Para eso cuenta con consejeros, ayudantes, asesores o compañeros de partido cuya obligación es servirle de espejo social, mostrándole una imagen lo más completa y afinada posible. Como el siervo que seguía al general romano en su desfile triunfal para recordarle que era mortal, tal vez la presidenta precise a su lado una madre agotada que le diga «vete a la cama, que mañana madrugas», un parado que le recuerde que «el subsidio no ha llegado y no tengo para ese recibo de la luz que no deja de subir», un profesor que le relate «aprovecho el rato de la merienda para verles las caras, y adivinar cómo se sienten». Esto se está alargando mucho para todos y continuamente nos afean que bajemos la guardia. No resulta fácil seguir la cantidad de preceptos sanitarios que nos endilgan cada semana, con cierta fruición por responsabilizarnos del avance del virus y hablarnos con altanería y condescendencia. Tratados como sospechosos habituales, qué menos que pedir disculpas por ser ella el peor ejemplo posible para nosotros.

Tampoco el toque de queda me preocupa, salvo en la natural resistencia a perder otro tramo de libertad a manos de gentes que hoy te lo imponen seis meses y mañana ocho semanas, sin más criterio que su conveniencia política. Aprovechando esta nueva restricción y el reciente adelanto del reloj, tal vez podríamos abrir de una vez el melón de la racionalización horaria. Ya saben, casi todos los europeos acaban su jornada laboral antes de las cinco de la tarde, disfrutan de sus aficiones, hacen deporte, cenan con sus familias a las siete, ven las noticias y se van a la cama a las diez de la noche. Se llama conciliación, y aseguran que es tan buena para la vida personal como para la productividad económica. No me imagino a Armengol abordando este tema capital con su equipo, en su famosa cena de trabajo de madrugada.

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