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La plaza de España de Palma, ayer al inicio del cierre nocturno con algunos ciudadanos esperando el bus.

La plaza de España de Palma, ayer al inicio del cierre nocturno con algunos ciudadanos esperando el bus.

Como en el juego de la oca, hemos caído en el pozo y volvemos a estar en la casilla de salida. De nuevo estado de alarma, de nuevo imposiciones con mayores o menores oportunidades, ya veremos, para burlar las normas. Eso de saltarnos las reglas a la torera debe ser algo a lo que los españoles creemos tener derecho, en especial cuando una autoridad sanitaria va y dice que, en su tiempo libre, cada uno hace lo que le da la gana.

Siendo así, las dudas se van convirtiendo en certezas. Dudábamos, y mucho, acerca de si había algún presidente, ministro, consejero, gabinete o gobierno que supiese en realidad cómo combatir la pandemia; ahora sabemos que en el fondo, si alguien lo supiese tampoco serviría de mucho porque la edición, digital o en papel, de los boletines oficiales tienen poco efecto directo contra el Covid-19. La certeza afecta, pues, a que sabemos que estamos perdidos porque volvemos al mes de marzo con la misma perspectiva de entonces por delante. No han servido de nada ni la reclusión, ni la retahíla de estudios y artículos que han analizado la pandemia, ni el abanico de remedios, todos distintos, todos caseros, que se ha ido probando en la Europa de las naciones y la España de las autonomías.

Al cabo la cuestión se reduce a que la zanahoria es inútil y hay que volver al palo. Un palo blando, en este caso, porque las nuevas prohibiciones se dejan, para su puesta en marcha, en manos de las autonomías y porque se refieren sobre todo al toque de queda. Algo en verdad imprescindible a la luz de cómo nos comportamos. La noche anterior a que se reuniese el Consejo de ministros en sesión dominical para imponer el nuevo estado de alarma, dando una vuelta por la ciudad –cualquiera vale– se podían ver los bares y restaurantes repletos, con los clientes codo con codo pese a las normas en teoría obligatorias que limitaban aforo y distancia. Si en un establecimiento había, pongamos, cien clientes y uno de ellos estaba infectado iba a ser bien difícil que no contagiase a los otros noventa y nueve y a los camareros de paso. La verdad, pues, es que hemos salido del estado de alarma anterior como si ya no existiese virus alguno. Pero lo hay. De recorrido doble, porque la crisis económica va de lo mismo y es igual de mortífera.

Siendo así estamos jugando a la oca pero en la versión ruleta rusa, cuando el empeño por no obedecer norma alguna nos lleva a que la pandemia repunte en cuanto los controles aflojan. Dicen los expertos que la razón por la que los países asiáticos han controlado mejor los rebrotes es porque sus ciudadanos obedecen las reglas que aprueban los gobiernos. Así que me gustaría saber qué mecanismos de control van a proteger este nuevo estado de alarma. Menos impuestos y muchas más multas igual nos servían para poder jugar a otra cosa.

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