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Mercè  Marrero

La suerte de besar

Mercè Marrero Fuster

Convenciones

Nos han vendido la moto de que hay que estar siempre contentos y la realidad es que no siempre es así. Convivimos con otras emociones menos amables. A veces, la convivencia es temporal y otras, estable

Ilustración

Ilustración

Mis hijos participan en un juego en el que deben pasarse códigos alfabéticos. Les oigo decir que tienen que teclear la «i» de iglú, la «ese» de simio o la «be» de boca. En cuanto empiezas a deletrear usando referencias de ciudades españolas, «eme» de Madrid o «ese» de Salamanca, es que has comenzado a hacerte mayor. Te haces adulta a medida que asumes ciertas costumbres y convenciones, sin plantearte si tienen mucha o poca importancia para ti. Comer los domingos con la familia te convierte en buena hija, ir vestida formalmente al trabajo en alguien de fiar y un título universitario en buena profesional. Si tienes una familia al uso eres un tipa seria y formal y si tienes una edad y estás sin pareja estable eres sospechosa de algo. Hay que dosificar la expresión de emociones y aparentar felicidad porque estar tristes es de débiles. ¿A estas alturas? Parece que sí.

Me gustaría estar siempre contenta, pero no lo estoy. Conozco a pocos que disfruten de ese estado permanente. La mayoría convivimos con la tristeza, la preocupación o el malhumor. En alguna ocasión, esa convivencia pasa de ser temporal a estable. Y es posible que, incluso, llegue a anclarse en nuestra barriga y pese. Comienza de forma ligera y acaba siendo una losa. La sientes a ratos, a primera hora de la mañana, a última de la tarde, un día hace su aparición por la noche y, de repente, te das cuenta de que hace mucho que convives con ella y de que te cuesta caminar arrastrando esa bola de hierro. Es una sensación que aparece y se manifiesta de múltiples formas. Una de ellas es que te cuesta respirar. Lo intentas una y otra vez, pero no llenas los pulmones. El aire no es suficiente, la garganta quema, el estómago hierve, crees que pierdes el control, sudas y la cabeza se convierte en una centrifugadora de pensamientos. Y no, no piensas en unicornios voladores, piensas en el fin del mundo. De tu mundo. Algún día acabas en urgencias y un médico estupendo te da una pastillita y otro día, como ya tienes experiencia, te la tomas directamente. Duermes y vuelta a empezar. Pocas veces hablas de ello. Pocas personas lo entenderían. O eso crees. La educación y normas sociales te han vendido la moto de que contar que tienes crisis de angustia, ataques de pánico, depresión o lo que quiera que esto sea implica mostrar tu vulnerabilidad. Otra convención más. Y ésta, en concreto, profundamente dañina.

La semana pasada se celebró el Día Mundial de la Salud Mental y algunos periódicos recogieron cartas y testimonios de personas sensibles y conocedoras del tema. La mayoría compartía su profunda soledad, negaban ser víctimas de una enfermedad y sí de una estigmatización. Alguien afirmaba que sentía miedo a ser invalidada por su entorno, otra admitía hartazgo por ser el blanco de miradas de pena y una mujer se avergonzaba cada vez que un conocido se enteraba de lo que le pasaba. La realidad es que alguien a quien queremos tiene, ha tenido o tendrá algún desorden mental y lo pasará mal. Así que en nuestras manos está ayudarle. Dejar que entre luz en su oscuridad. «Ele» de Lola, «U» de «unga, unga» y «zeta» de zapato. Luz. Y cuestionarse ciertas convenciones.

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