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La queja de la inmensa mayoría de la población, en España en particular, contra la manera como los políticos han gestionado (¿) la pandemia lleva casi siempre a reclamar a nuestras autoridades que hagan caso a los expertos. Pero ¿a cuáles? ¿A los epidemiólogos que sostienen que el confinamiento total y prolongado es la única solución definitiva? ¿A quienes aventuran fechas en las que dispondremos de la vacuna y no coinciden ni en mes sin en año? ¿A los que optan por la inmunidad de rebaño —a contagiarse y sálvese quien pueda? ¿A los más apocalípticos de todos, que advierten de la necesidad de convivir con el coronavirus prolongando la situación actual hasta el final de los tiempos?

Si es verdad que los políticos no saben qué hacer —y algunos de ellos ni siquiera lo disimulan— no lo es menos que nadie tiene ni la menor idea acerca de cómo lidiar con ambas crisis, la sanitaria y la económica a la vez, porque lo que se hace para contener una agrava la situación de la otra. Con lo que estamos entrando en una situación peligrosísima: la de que ante la falta de evidencia alguna optemos por el manfutismo absoluto. En realidad fue el principio de que a la gran mayoría le diese todo igual el que llevó a la aparición de los partidos más radicales, Podemos y Vox, cosa que condujo de inmediato al despropósito en las formaciones digamos históricas, en el Partido Popular y el PSOE. Viendo cómo abordan el día a día los líderes de socialistas y populares cabe pensar que les gusta tentar el suicidio. Sólo faltaba la moción de censura de Vox para conducirnos de cabeza al caos.

La duda ya enquistada a la que nos llevan todos los expertos, los políticos, los sanitarios y los económicos, recuerda la época que se estudiaba en historia de la filosofía al llegar a los sofistas. Reyes de la palabra inútil, del argumento ingenioso que se aferra a la nada y de la ausencia absoluta de soluciones que sirvan de algo, el nuevo sofismo parece buscar sólo el minuto de gloria de quien se ofrece como experto en cualquier campo. Con la diferencia de que los sofistas se limitaban a enredar el terreno filosófico mientras que sus equivalentes de hoy nos ayudan a caer en el abismo de forma acelerada. Cómo estarán los ánimos que ni siquiera el soberanismo catalán o el disparate al que Boris Johnson ha llevado al Brexit por las bravas nos preocupa más allá de la atención que se presta a un suceso lejano y trivial. ¿Cómo habríamos de temer a esos lances que cada vez se antojan más lejos de la realidad cuando ésta afecta a lo que nos va a suceder a nosotros, y más aun a nuestros hijos y nietos, por culpa de un virus ante el que nadie sabe qué hacer. Desaparecidos del capítulo de las soluciones los expertos y las autoridades que da lo mismo que les escuchen o que no, lo que queda es un desierto en el que tenemos que adentrarnos, encima, sin compañía. Como para ponerse ahora a votar.

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