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Pilar Ruiz Costa

La cueva de ladrones

Crecí con un crucifijo en el cabecero de la cama. Me horrorizaba. Pero ni mis argumentos ni súplicas por quitarlo lograron dirimir el «porque lo digo yo y punto » y en los resquicios de aquel acuerdo unilateral solo logré que compartiera espacio en la pared con un póster de los Hombres G. La sonrisa de los mozuelos del jersey a rayas apenas amortiguaba aquella combinación atroz de dolor, sangre y espinas que era lo último que me encontraba al irme a dormir y lo primero al levantarme.

Las leyendas que acompañaban la vida de aquel Jesús crucificado y que debían servirme para dar origen y sentido a la nuestra, sin Desmond Morris, sin Mendel, sin dinosaurios, tampoco ayudaban a la fe. Creíamos «porque lo decía alguien y punto», que es lo más parecido a no creer. Pero, a fin de cuentas, encontrar el sentido de la vida, quizá es lo mismo que recorrer ese largo camino de ser quien le dicen a uno que es, a descubrir quién es en realidad.

Asumir que la Semana Santa era ayuno carnal para todos menos para quienes pagaban la bula; que el matrimonio a los ojos de Dios era para siempre, excepto si pagabas la nulidad, en que no es que ya no lo estuvieras más ¡sino que nunca lo habías estado! –como ansía todo divorciado: borrón y cuenta nueva– o que pagando la indulgencia te garantizabas «la remisión ante Dios de la pena por los pecados ya perdonados por mediación de la Iglesia», para ti o para otros que, aunque difuntos, bien podías comprar librarlos del purgatorio –«Tan pronto caiga la moneda a la cajuela, el alma del difunto al cielo vuela» (Fray Johann Tetzel)–. Así que no, no diré que no hubiera personas buenas, pero aquel día a día tan falto de milagros como lleno de evidencias de una versión gratuita y otra premium de aquella Iglesia ¡la que cometía y tapaba los más terribles abusos! Era igual que decir que era la propia Iglesia la que nos alejaba de la Iglesia.

«Jesús entró en el templo y echó de allí a todos los que compraban y vendían. Volcó las mesas de los que cambiaban dinero y los puestos de los que vendían palomas. ‘Escrito está –les dijo–: Mi casa será llamada casa de oración; pero ustedes la están convirtiendo en cueva de ladrones’» (Mateo 21:12-16).

¡Ay, si le hubieran dicho a aquella niña descreída que algún día, no los Hombres G, sino un papa, sería Hombre del Año en la revista Time o portada de Rolling Stone! Pero es que Jorge Mario Bergoglio, papa Francisco en honor al santo de Asís, llegó para romper los moldes de una Iglesia tan estrecha que lo de tener sitio en ella ya no era cuestión de fe, sino de tener dos dedos de frente.

Y desde que crecí creyendo más en hechos y personas que en entes paranormales per sé, si el papa Francisco ya derrochaba motivos para estar en lo más alto de la lista de hombres a los que espero invitar a cenar algún día, va y el pasado 4 de octubre, onomástica de San Francisco de Asís, publica una encíclica –carta solemne que el pontífice dirige a obispos y fieles del orbe católico– en un idioma llano que, además de entender, en mucho de sus 85 folios, comparto.

«Cuando estaba redactando esta carta, irrumpió de manera inesperada la pandemia de Covid-19 que dejó al descubierto nuestras falsas seguridades. Más allá de las diversas respuestas que dieron los distintos países, se evidenció la incapacidad de actuar conjuntamente. A pesar de estar hiperconectados, existía una fragmentación que volvía más difícil resolver los problemas que nos afectan a todos. Si alguien cree que sólo se trataba de hacer funcionar mejor lo que ya hacíamos, o que el único mensaje es que debemos mejorar los sistemas y las reglas ya existentes, está negando la realidad».

«Pero la historia da muestras de estar volviendo atrás. Se encienden conflictos anacrónicos que se consideraban superados, resurgen nacionalismos cerrados, exasperados, resentidos y agresivos. En varios países una idea de la unidad del pueblo y de la nación, penetrada por diversas ideologías, crea nuevas formas de egoísmo y de pérdida del sentido social enmascaradas bajo una supuesta defensa de los intereses nacionales».

«‘Abrirse al mundo’ es una expresión que hoy ha sido cooptada por la economía y las finanzas. Se refiere exclusivamente a la apertura a los intereses extranjeros o a la libertad de los poderes económicos para invertir sin trabas ni complicaciones en todos los países. […] Estamos más solos que nunca en este mundo masificado que hace prevalecer los intereses individuales y debilita la dimensión comunitaria de la existencia. Hay más bien mercados, donde las personas cumplen roles de consumidores o de espectadores».

«Cada uno de nosotros está llamado a ser un artesano de la paz, uniendo y no dividiendo, extinguiendo el odio y no conservándolo, abriendo las sendas del diálogo y no levantando nuevos muros».

Firma, simple y llanamente, ‘Francisco’.

Y es que, tanto y tanto después, los ladrones convirtieron todo en cueva y nosotros no hicimos más que alimentarlos.

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