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Pilar Ruiz Costa

A una mujer no se le pregunta la edad

Si un meteorito no se me lleva por delante antes, para cuando el lector tenga estas líneas entre sus manos, habré cumplido 50 años. Ajá: 50. La cifra maldita. Tanto o más que el 666. Y conservándome como me conservo –tan estupenda–, lo más sensato sería guardarlo para mí y el fisco, esquivar de ahora en adelante el tema o inventarme unos eternos, qué sé yo… ¿42?

Porque, aunque la santa Organización Mundial de la Salud reclasificó el concepto de esa cosa llamada juventud y estima que ahora se es joven durante esa etapa que abarca «desde los 18 a los 65 años de edad» –ahí es nada, los tiempos que cambian una barbaridad–, reconozcamos que fuera de las gráficas de un telediario hay un estigma y los 50 se nos muestran como esa frontera oscura entre «cumplir años» y «envejecer». Como que los 50 son el segundo tiempo de un partido que ya nos pilla cansados; la vuelta a un reloj de arena que caerá en picado; la pegatina amarilla en los aeropuertos que avisa que uno entra en una zona de no retorno; la auditoría para comprobar si se cumplió o no con las metas impuestas y casi todas, además ¡por los demás! Vamos, que para estallar en crisis de los 50 tampoco hacía falta que la vida de uno fuera un infierno. Con que hubiéramos dejado que se nos instalara el moho o la rutina ya se soplaban 50 velas mirando de reojo los álbumes de fotos, metiendo barriga y preguntándonos si cualquier tiempo pasado fue mejor o, quizá –tiemblen–, si se pudo aspirar a más. Ahí se inventaron las trampas al solitario: la voz de la conciencia podía acallarse, aunque fuera por un rato; el varón, comprándose una amante o un coche deportivo –o una bici de montaña si las posibilidades no daban para más–. O con una escapada a Turquía que es lo que se lleva ahora. Y en el caso de las féminas, pasando por chapa y pintura y convirtiendo a tu Manolo en tu emérito y reemplazándolo en un affaire con el entrenador personal para comprobar si, acabada la clase de spinning, también se le puede seguir el ritmo en horizontal.

Pero entienda el lector que funciono en otros tiempos. Yo, que fui madre a los 15, y abuela a los 38 y me divorcié –¡por segunda vez!– a los 29. Achantarme por los 50 sería algo que ni amigos ni enemigos me iban a perdonar. Si es que por dudar hasta dudo que mis pretendientes vayan a tenerme en cuenta semejante nimiedad.

Pertenezco a una generación que creció escuchando: «A una mujer no se le pregunta la edad», pero empiezo a pensar que la cosa iba de cuando la mujer en cuestión no tenía, a los ojos de algún imbécil, años –y sobre todo, motivos– de los que presumir. Porque esos 50 socialmente tan feos, lo eran para ellas. Que, de todos es sabido, el hombre como el vino «mejora con la edad». ¡Anda ya!

¿Pero de dónde coño viene esta metamorfosis cincuentañera que se ceba con la mujer? La cómica americana Amy Schumer lo cuenta de maravilla con un título claro y conciso: Last F**ckable Day («El último día follable»). La escena transcurre tal que así: ella anda corriendo por el monte cuando descubre a tres conocidas actrices –Tina Fey, Patricia Arquette y Julia Louis–Dreyfus– en un elegante pícnic campestre. Están celebrando «el último día follable» de Louis–Dreyfus. Schumer no entiende muy bien qué quieren decir. «En toda vida de una actriz llega un día en que los medios deciden que ya no serás follable nunca más. Créeme, soy la primera sorprendida de que me dejaran ser follable durante mis 40 y más aún, de que me dejaran serlo hasta mis 50». Esa es la fecha límite. «Si grabas una escena de sexo la noche previa a tu cumpleaños, todos los del equipo de rodaje te están metiendo prisa: ‘¡Rápido, rápido! Hay que acabar antes de medianoche’ porque creen que al llegar los 50, tu vagina se cerrará como un cangrejo ermitaño». Una maravilla. Mitos que se sostienen porque nosotras mismas los alimentamos enfrentándonos al espejo además del calendario. Quién sabe si dentro de nosotras hay un cangrejo, pero sí habita un monstruo que nos recuerda que en aquella esquina nos acecharán las canas, las arrugas, la celulitis; que las tetas se caerán y los sofocos te susurrarán, como si fuera la niña de Poltergeist, que la menopausia ya está aquí. Habrá que hacernos trampas para seguir siendo una MILF (Mother I’d Like to Fuck; «madre que me follaría») o, que nos quiten lo bailao, hasta convertirnos en cougars (literalmente, pumas) y que hace alusión a las mujeres capaces de «cazar» hombres mucho más jóvenes. Vamos, lo que han venido haciendo los hombres desde tiempos memorables siempre que han tenido ocasión.

¿Cómo no inventarse los 42, aunque sea por simplificar? «A una mujer no se le pregunta la edad». Bah. Creo que sopesados los riesgos elijo la terrible advertencia de Oscar Wilde: «Cómo confiar en una mujer que le dice a uno su verdadera edad. Una mujer capaz de decir esto es capaz de decirlo todo». Y aún más con Ricardo Arjona: «Señora, no le quite años a su vida. Póngale vida a los años, que es mejor».

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