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José Carlos Llop

Más allá de lo académico

Enfermos como estamos en Occidente del virus inmobiliario, el cierre y reconversión del colegio de Montesión en no se sabe muy bien qué –al margen de las explicaciones de los que ahora rigen el edificio– se ha enfocado vox populi bajo la sombría lente del precio del metro cuadrado en el casco antiguo. La vieja canción de siempre. Sea cierta o no esta interpretación popular nacida de la eterna sospecha, hay dos cuestiones que me obligan a apartarla de este artículo: por un lado, nada han dicho acerca de ella los pocos jesuitas que allí quedan: como si no la contemplaran y no tenemos en principio por qué dudar de su silencio. Por otro, a mí no me interesa particularmente y escribiré como si la vulgaridad del mercado –o sea, del entorno y su presión codiciosa– no existiera. De ensoñación también se vive.

En cambio, otras reacciones habituales en estos días pueden englobarse en cuatro grandes grupos y no por el orden que sigue. El primero es la incomprensión razonada: ¿cómo un colegio que acogió durante tantos años a un millar de alumnos y una residencia religiosa –la de los jesuitas que lo regían y habitaban– necesita todo su inmenso espacio para una residencia de ancianos y un ‘centro de interpretación’, ese modismo contemporáneo donde la cursilería de los recién llegados se encuentra tan a gusto?

El segundo, el aumento de la desertización del barrio, o sea del Call: si no hay operación inmobiliaria –y disculpen por la regresión, sólo momentánea–, el cierre de Montesión es un nuevo cierre del Call, como cuando se aislaba a sus habitantes con cadena y portón a partir de una hora determinada: por si no bastara la provocada por el coronavirus, la desolación se apoderará del barrio entero y será más fantasmagórico que nunca: la ausencia de vida joven, el silencio de un cementerio.

El tercero, hijo del positivismo más festivo y una cierta nostalgia, viene teñido de alegría oriental: los círculos que se cierran: ‘Qué buena noticia: podremos volver a vivir en el colegio al final de nuestra vida’, han dicho algunos: alojados en su residencia, se supone, con derechos adquiridos por ser antiguos alumnos y en una alianza secreta procedente de la infancia y adolescencia, que ayude a afrontar la muerte como un juego para aplazarla.

El cuarto es Jano bifronte o donde manda el sentimiento dual que tiene su origen en el cabreo: por una cara el ‘¿cómo se atreven a liquidar una herencia secular que no les pertenece sólo a ellos?’; por otra: ‘me importa un bledo; como si lo derruyen’. Tanto un argumento como otro suelen ser fruto de cómo le fue al que lo esgrime en los años que pasó en el colegio y aquí me interesa más la primera cara que la segunda: la pertenencia. Me interesa porque creo que es el quid del asunto y la madre de todas las reacciones mencionadas.

Todos aquellos que estudiamos en Montesión, somos de Montesión y Montesión es, de una ú otra manera, nuestro, y no hablo aquí de propiedad privada sino sentimental. Y lo somos y lo es, especialmente, en las viejas piedras que lo hacen y sustentan; esas piedras son una metáfora de las vidas de los que por allí pasamos. La memoria de esas piedras es nuestra complicidad –la de los antiguos alumnos– que se establece ipso facto aunque haga años que no nos vemos. Y que se establece también con alumnos de los jesuitas de otras partes, tanto de España como del mundo, a los que se detecta inmediatamente sin tener que explicarse: ni en lo bueno, ni en lo malo. No es lo mismo –lo dije hace días en estas páginas– crecer y formarse entre piedras antiguas que en un descampado o en un edificio de nueva planta. Piensen –sin ánimo de comparación– en Oxford o en Cambridge y en fin. Nuestras piedras –las de aquellas generaciones que tuvimos más profesores (o casi) con sotana que con traje–, esas que crearon ese sentimiento de pertenencia más allá de lo académico (que también), son las del claustro –donde el cambio de ubicación de la estatua de san Alonso, del centro a un lateral, fue un aviso de lo que vendría después y ya ha llegado–, las de la iglesia barroca, hija de la Contrarreforma –al menos para los que tuvimos misa diaria durante todo el bachillerato y antes– y las de la vista impagable desde las terrazas superiores: saberse, sin ser conscientes, en el epicentro histórico de la ciudad y frente al mar más viejo y culto de los que hay en la Tierra. Una pertenencia, repito, que surge y se une –y no creo que sea por azar– al territorio que perteneció en la vieja Palma a la cultura más tradicional y antigua y sabia: la judía. Lo demás –aulas, museo de Ciencias Naturales, salón de actos, cine de los domingos, etc…– fueron complementos.

Pero todo esto es un mundo que se ha acabado. El mundo de ayer. Y el descreimiento también reside en su origen, al revés de lo que tendría que ser. La nueva metamorfosis es otra muestra: la vida continúa y todos somos hijos de Heráclito.

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