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La tragedia del ‘Titanic’ con la gestión del ‘Costa Concordia’

A mediados de febrero España chocó sin saberlo contra un iceberg sanitario y una banda formada por los presidentes de cada autonomía toca melodías diferentes mientras el buque se hunde

El Titanic partió de Southampton el 10 de abril de 1912 con 2.208 personas a bordo y la noche del 14 al 15 del mismo mes chocó con un iceberg por estribor que lo hundió en algo más de dos horas, sobre un mar helado.

Mientras se hundía, la banda de ocho miembros, dirigidos por Wallace Hartley, no paró de tocar para “tranquilizar” al pasaje. Se cuenta que la última pieza fue Nearer, my God, to Thee (Cerca de ti, Señor, y desgraciadamente lo estaban), himno cristiano escrito por Sarah Flower en 1840. No sabemos si el capitán, Edward John Smith, que se hundió honrosamente con el barco, oyó esta melodía mientras el mar engullía a la embarcación.

En la tragedia fallecieron 1.496 personas, y al no existir todavía ministerio de Igualdad y bajo el lema de «mujeres y niños primero», con espeluznante rigor matemático sucumbieron un 81,8% de los hombres, un 47% de niños y un 24,9% de las mujeres embarcados.

Además, la desgracia se cebó con los más humildes ya que, como sólo había botes para 1.178 pasajeros y se primó la seguridad y comodidad en orden a la clase social, se tradujo en que gran parte de las barcas de salvamento fueran medio vacías y ocupadas, principalmente, por los más privilegiados.

¿Y toda esta historia a qué viene? Pues que la tragedia del Covid-19 es nuestro particular Titanic; con muchos puntos en común, aunque la gestión que se está realizando a nivel gubernamental de la pandemia recuerda mucho más al comportamiento del capitán del Costa Concordia, Francesco Schettino, que abandonó el buque a la primera ocasión y sin mirar atrás.

En España, a mediados de febrero partíamos, sin saberlo, en nuestro particular buque hacia un iceberg sanitario, con el que chocamos el 14 de marzo. Si bien durante la primera ola de la pandemia, el Gobierno se puso al frente bajo el mando único, tras la recuperación, llegó de forma inesperada la segunda ola que, para evitar más desgaste político por la muy cuestionable gestión de la primera, derivó la responsabilidad en la gestión a las comunidades autónomas y así el desgaste se lo llevaba otro.

En otras palabras, el capitán de nuestro Titanic, Pedro Sánchez, con un holograma que conseguía el efecto cinematográfico de seguir en el barco (Ivan Productions), saltó al bote salvavidas reservado para los de primera clase, al más puro estilo del capitán del Costa Concordia, mientras todos pensaban que seguía en el puente. Dicen que se la ha visto lavándose las manos de la responsabilidad por la barandilla del bote.

Entre tanto, la banda de nuestro particular Titanic, es decir, cada uno de los distintos presidentes de las comunidades autónomas, tocan melodías diferentes sin director, cada uno con su partitura, que va desde sardana, jota, chotis a un bertsolari. Todos ellos bajo la atenta mirada del holograma del capitán del barco desde el puente, que les amenaza de no dejarlos marchar mientras el barco se hunde.

Los más afectados están siendo, como siempre, los de tercera clase. Confinados en sus pequeños y humildes camarotes, sin sitio en los botes salvavidas. «Fernando» Pedro, apóstol, con un periodista bucea por las aguas, descansando del agotador trabajo realizado. Necesitaba con urgencia unas vacaciones.

Tiene derecho, ya que el problema de la saturación del sistema sanitario ha pasado de ser una responsabilidad suya a ser juez y crítico con la misma. Además, ¿por qué no va a tener vacaciones cuando los afectados por los ERTE y el desempleo desbocado ya las disfrutan de otra manera? Aunque algunos no hayan cobrado.

Y es que el dinero es un bien limitado y se agota. Es el argumento de un ministro del gobierno más numeroso, caro y «chachipiruli» de la democracia, José Luis Escrivá, en respuesta a la demanda de las asociaciones de autónomos, ATA, UPTA y Uatae, que solicitan mantener las ayudas a este colectivo paria y marginado del mercado laboral y evitar, en muchos casos, su ruina.

Pero, a diferencia del naufragio real del Titanic, la actual pandemia despierta ideas conspiratorias sobre sus verdaderos orígenes, pero la realidad es que el 22 de agosto de este año el planeta agotó los recursos que es capaz de regenerar en un año y, quizás todo esto que estamos pasando sea consecuencia y no causa de lo que tenemos encima.

Los más afectados están siendo los de tercera clase, confinados en sus pequeños camarotes y sin sitio en el bote salvavidas

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Se nos está obligando a marchas forzadas a pasar por el aro de plantearnos el cambio de modelo económico a toda prisa

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Dicho de otro modo, estamos viviendo el último cuarto del año de prestado, juntamente con el crédito que Europa nos ha autorizado para salir de esta situación y que ahora estamos disfrutando de la carencia de la devolución del capital, como si fuera un ICO liquidez.

Y es que se junta el hambre con las ganas de comer. En Balears, antes del confinamiento se cuestionaba el actual modelo económico basado en el turístico de sol y playa por su elevado coste de recursos, social y medioambiental. En definitiva, por ser insostenible en el tiempo.

En términos prácticos, en lo de mejorar o cambiar ese modelo se ha avanzado poco, muy poco o casi nada. Pues en este escenario, con el Covid-19 en la línea de flotación y sus consecuencias en el sector del transporte de pasajeros y al más puro estilo de los malos alumnos que estudian la noche antes del examen, se nos está obligando a marchas forzadas a pasar por el aro de un serio planteamiento de cambio de modelo económico, como lo ha sido la introducción, sin vaselina, de las tecnologías online y el teletrabajo.

En lo que nos afecta, el turismo está en la mirilla del futuro. Desconozco el peso final que este sector transcendental tendrá en el futuro a medio plazo; entiendo que seguirá siendo muy importante, pero puede que no sea tanto como ahora.

Todo apunta hacia la necesidad de plantear seriamente un cambio del modelo económico más equilibrado, sostenible y con mayor representatividad de sectores olvidados como la industria y la agricultura, además de no ser tan dependientes del turismo. Qué bonito y que difícil.

Esa necesaria transformación puede ser más o menos traumática, aunque visto el nivel de los patricios, dan ganas de esconder la cabeza bajo tierra. Pero esto es nuestra realidad autonómica, el turismo nos dio el sueño, el turismo nos sacó antes que otros de la crisis financiera del 2008 y el turismo ahora nos está apretando la corbata en 2020.

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