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Juan José Millas

Tierra de nadie

Juan José Millás

Eso que tú me das

Un día, hace años, asistí a una agonía desde la ventana de mi habitación, en un hotel de una ciudad de Levante adonde había viajado para impartir una conferencia. Al asomarme a la ventana, descubrí en el edificio de enfrente, que casi se podía tocar con la mano de lo estrecha que era la calle, un dormitorio sin cortinas en cuya cama agonizaba un anciano. Vi a distintos miembros de la familia entrar y salir de la estancia como si llevaran a cabo una tarea cotidiana. En un momento dado, apareció un niño que besó al viejo en la frente y salió. El moribundo parecía tranquilo y hasta tuvo fuerzas para acariciar a un gato atigrado que se manifestó de súbito sobre la cama. Luego, alguien lo hizo salir de la habitación.

Llegó la hora de dar la conferencia y tuve que abandonar el hotel. Creo que hablé de las relaciones entre la literatura y la vida y que en mi discurso se coló, inevitablemente, la muerte, pues no podía dejar de pensar en la escena que acababa de presenciar. Me impresionaban de ella su ausencia de retórica, su previsibilidad, también su domesticidad. La muerte como un suceso meramente doméstico, familiar. La muerte concebida como una celebración íntima, sin concesiones a sentimentalismos baratos. Se prestaba atención a que el agonizante estuviera cómodo, acompañado, siempre con una mano cerca de la suya. Pero el ritmo de la casa no parecía alterado por la situación. Al terminar la conferencia, me disculpé por no asistir a una cena que mis anfitriones habían organizado, y regresé apresuradamente al hotel.

El anciano ya había fallecido. Ahora veía su rostro a la luz de un flexo de la mesilla de noche. Sus manos aparecían cruzadas a la altura del pecho. Pero la atmósfera de normalidad era idéntica a la que yo había dejado un par de horas antes. He recordado esta experiencia al asistir a la proyección de Eso que tú me das, donde Jordi Évole entrevista a Pau Donés quince días antes de su fallecimiento y en la que, a lo largo de la conversación, la muerte va convirtiéndose, como la vida, en algo de todos. Todos nos morimos un poco con él, del mismo modo que todos hemos vivido un poco con él a través del personaje público que fue. La muerte, al fin, como una aventura hogareña, quizá como un aventis, que diría Marsé. Nos concierne, claro, pero después del funeral hemos de fregar los cacharros o ir a recoger a los niños al cole. Pura cotidianeidad.

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