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JOrge Dezcallar

Una moneda al aire

Una de las mejores formas de equivocarse es confundir deseos y realidades, como hacen muchos. En enero, tras el fracaso del impeachment, parecía que nada se oponía a un segundo mandato de Trump mientras en verano, tras la desastrosa gestión de la pandemia y los disturbios raciales, todo indicaba una victoria de Biden. Hoy no está claro lo que puede pasar el 3 de noviembre.

Es cierto que Joe Biden va consistentemente por delante en los sondeos con una ventaja media a nivel nacional de ocho puntos (49% frente a 41%), pero no es menos cierto que esa cifra se distribuye desigualmente entre los Estados y que es precisamente en los «mudables», los que allí llaman «Swing States», como Virginia, Wisconsin, Carolina del Norte, etc., donde esa ventaja es menor... hasta casi desaparecer en Florida. Lo importante es entender que en los Estados Unidos no hay una elección sino cincuenta, una en cada estado, y que es perfectamente posible ganar el voto popular y perder la elección como le ocurrió hace cuatro años a Hillary Clinton.

La pregunta es si se podría reproducir este año una situación similar y la respuesta no está clara. De entrada la polarización de la opinión pública es mayor que nunca, el electorado está muy dividido y muestra bases muy sólidas en ambos lados y poca gente dispuesta a cambiar de bando, lo que hace prioritaria la lucha por el voto indeciso. Por eso los debates televisivos son importantes aunque no parece que el ya celebrado haya podido contribuir a cambiar nada porque fue imposible sacar nada en claro. Las constantes interrupciones de Donald Trump, que literalmente no dejó hablar a Joe Biden sin respetar tampoco las advertencias del moderador, reforzaron las imágenes respectivas de matón y apocado. Es difícil comprender cómo un personaje como Donald Trump puede ser el presidente de ese gran país. Pero uno también se pregunta cómo es posible que entre 300 millones de estadounidenses los demócratas no hayan encontrado a alguien más joven, atractivo y con más gancho que Joseph Biden, que juega a no meter la pata y a no equivocarse cuando eso puede no ser suficiente. El informe anual de Freedom House, que se acaba de publicar, muestra preocupación por la salud de la democracia norteamericana bajo Donald Trump y no le falta razón porque ahora amenaza nada menos que con no reconocer un eventual resultado electoral adverso y con recurrir a los tribunales, al Congreso y a la misma opinión pública para revertirlo. Sus críticas al voto por correo, importante en medio de una pandemia que ya ha hecho 200.000 muertos, van en la misma dirección, como también su negativa a condenar el supremacismo blanco de grupos como los Proud Boys.

Pero no fue inocente. Con su actitud en el debate, Trump consiguió soslayar los grandes problemas que le perjudican como la lucha contra la pandemia, la situación económica, el crecimiento del paro y los problemas raciales, para centrarlo en las anécdotas y las disputas más banales. Igual que pasa en nuestras Cortes.

El electorado de Estdos Unidos está muy dividido y muestra bases muy sólidas en ambos lados y poca gente dispuesta a cambiar de bandos

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Las cuatro semanas que faltan hasta la noche electoral van a ser muy largas porque van a pasar muchas cosas que pueden influir en el resultado. La última es que Trump y su esposa Melanie tienen el virus del covid-19, como lo tuvieron también Boris Johnson y Jair Bolsonaro. Pero ellos no estaban en la recta final de una elección donde se jugaban el puesto y probables problemas con la Justicia por cuestiones de impuestos. Veremos cómo afecta esta infección a la campaña (ya han bajado la Bolsa y el precio del petróleo) y, para empezar, a los tres debates televisivos que aún faltan (días 7, 15 y 22) y que ahora quedan en el aire, lo que podría favorecer a Biden que va por delante en las encuestas. Son treinta días en los que saldrán conejos de las chisteras de ambos contendientes: Trump ha logrado la normalización de relaciones entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos y Baréin, un éxito diplomático que llevará votos evangelistas al molino de Trump porque creen que es un deber proteger a Israel y devolverle Judea y Samaria, que es como la Biblia llama a Cisjordania. Otro conejo que Trump se ha sacado de la chistera es el de no esperar a elección para cubrir la vacante de Ruth Bader Ginsburg en el Tribunal Supremo. Es escandaloso porque los republicanos se opusieron a que Obama hiciera algo parecido a seis meses de las elecciones. Pero es hábil por dos razones al menos: porque desvía el debate de los asuntos que le perjudican y porque se asegura una mayoría muy holgada en el alto tribunal si decide recurrir los resultados electorales. Y desde el otro lado, periodistas del New York Times parecen haber entrado en liza publicando estos días las declaraciones de renta que Trump ocultaba donde se demuestra que no solo no es buen empresario porque sus negocios pierden dinero consistentemente desde hace diez años, sino que solo ha pagado impuestos los dos últimos por valor de 750 dólares cuando Biden pagó 300.000 el año pasado. Resulta que Trump paga menos impuestos que un bombero o un policía, lo que sin duda enfurecerá a mucha gente ahogada por la crisis.

Por eso, porque un mes es mucho tiempo y veremos más maniobras de estas, no es fácil asegurar qué va a pasar el 3 de noviembre. Sabemos lo que ahora, en este momento, parece más probable y lo que nos gustaría a cada uno que pasara. Pero con tantas sorpresas –y más que habrá– es imposible predecir el resultado con total seguridad.

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