Diario de Mallorca

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Escribir y/o fotografiar

“El día de mañana, quienes no sepan valerse

de la fotografía serán considerados iletrados”

László Moholy-Nagy

Photographers on Photography. Prentis Hall, Nueva York, 1970

Siempre pensé que mi padre y yo éramos bastante diferentes. Él era un hombre seguro de sí mismo, recto y estricto, conservador. Yo era volátil, cargado de dudas, fabulador, poco creyente («Soy ateo gracias a Dios», decía Luis Buñuel). Sin embargo, con el tiempo descubrí que nos parecíamos como dos gotas de agua en la obsesión por aquello, tan diferente, a lo que nos dedicamos profesionalmente el uno y el otro. Igual que lo fue para él su trabajo, y fui testigo, mi trabajo ha sido mi vocación y el eje de mi vida. Ahora, tantos años después, pienso que acabamos siendo muy parecidos.

Como jurista, tenía fama de escribir bien y de ser un orador incisivo y brillante. Admiré su capacidad intelectual, su carácter imbatible, su envidiable fondo de memoria. Teniendo yo unos 14 años, y sintiéndome atraído por la literatura de ficción, le pregunté un día por qué no escribía él una novela. Era lector de Baroja, de Galdós, de Machado, de Maurois, de Conrad, de Kipling… y me chocaba que no aprovechara su habilidad para ello. Me miró algo sorprendido y sonrió, pero no dijo nada. Con el tiempo he ido desentrañando el sentido de su «no respuesta»: pienso que lo cogí por sorpresa y no supo qué decirme, posiblemente nunca se le había ocurrido pensar que saber escribir, y hasta escribir bien, no implica ser escritor.

A diario todos escribimos frenéticamente: redes sociales, notas, e-mails, whatsapps, tuits, sms, post-its… Muchos, por exigencia profesional, utilizan la escritura para niveles mucho más cualificados, para redactar dictámenes, informes, leyes, discursos, trabajos de investigación, hasta puntuales artículos de prensa, como este que escribo yo ahora. ¿Podemos por ello ser considerados escritores? Y cuando digo escritores digo Camus, García Márquez, Auster, Cortázar, Murakami, Lorca… más reciente, y próximo, Fernández Mallo.

Por otro lado, la evolución de la tecnología ha convertido a la fotografía en un lenguaje popular. Desde mediados del siglo pasado la fotografía ha estado presente cada vez más en nuestras vidas. Actualmente nos invade de manera arrolladora. La incorporación de una cámara a los teléfonos móviles ha sido una revolución en este sentido. Todo el mundo se las apaña fotografiando. A diario se hacen miles de fotos, magníficas y horrorosas, útiles, inútiles, envenenadas, familiares, para usos prácticos, informativos, como documentación, para usos profesionales, científicos... Instagram está a rebosar de excelentes imágenes, la mayor parte de ellas clónicas, siguiendo una línea marcada (muy Instagram) en la que todo el mundo se imita y copia sin rubor, buscando simplemente la gloria democrática pero efímera de la suma de likes (vanitas vanitatis). Sin embargo, quienes hacen estas fotos, aún haciéndolas bien, ¿pueden ser considerados fotógrafos? Y cuando digo fotógrafos digo Koudelka, Erwitt, Web, Masats, Klein, García Rodero, Moriyama, Avedon… más reciente, y próxima, Cristina de Middel.

Como pronosticó hace más de cincuenta años Moholy-Nagy, la fotografía se ha convertido en una útil y necesaria herramienta de comunicación cotidiana, complementaria de la palabra. Escribir y fotografiar en los tiempos que corren no son sólo habilidades de uso común, sino más bien de conocimiento obligado para todos.

Pero el simple hecho de escribir o fotografiar no nos convierte en escritores o fotógrafos, no nos convierte en autores, que es el sustantivo absoluto y ansiado. Para ello hará falta mucho más, hará falta discurso, creatividad, estilo, tozudez y, sobre todo, compromiso vital. Sin que todo este esfuerzo monumental sea garantía ni de calidad ni de éxito. Calidad y éxito que a veces ni tan siquiera van unidos.

Dicho así parece todo muy claro, pero a pie de calle no lo está tanto.

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