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Ramón Aguiló

De la monarquía a la republiqueta

Llevamos instalados en la crisis del sistema político, de la cual seguimos sin saber cómo vamos a salir, del orden de los diez años. Pero algunas de sus limitaciones y deficiencias son muy anteriores, casi todas atribuibles a la Constitución y a la ley electoral, otorgando a los partidos políticos el exclusivismo en política. Esto ha tenido como consecuencia la profesionalización de la política, la politización de la justicia, la insuficiente separación de poderes, y la colonización de las instituciones del Estado dirigidas no por gestores competentes, sino por obedientes afiliados, desde el Consejo General del Poder Judicial, las empresas públicas, hasta el Tribunal de Cuentas, pasando por el propio Parlamento, cuyos integrantes son incluidos por los aparatos partidarios en las listas electorales, a las órdenes del ejecutivo; en suma, la creación de una clase política incompetente. Aunque hay que decir que Zapatero empezó a gestar la crisis algunos años antes con su incompetencia económica, su empacho identitario y el cuestionamiento de la Transición con su ley de memoria histórica, ahora utilizada por Vox para echar de Madrid a Largo y a don Inda. Lo ocurrido durante esos diez años, tras los acontecimientos del 15 de mayo del 2011 fue, en primer lugar, la ruptura del bipartidismo imperfecto, la eclosión de Podemos y la presencia de un partido nacido como respuesta al nacionalismo del PSC en Cataluña, Ciudadanos, en toda España. También la victoria del PP de Rajoy; el hundimiento de las cajas de ahorro, dirigidas por políticos, por la corrupción y la incompetencia; los recortes presupuestarios; las consecuencias de la trama Gürtel con el escándalo de la contabilidad en B del PP y sus sobresueldos; el caso Púnica; los ERE en Andalucía; la irrupción de Corinna Larsen, la caída de Juan Carlos en Botswana y su abdicación en 2014; el procés catalán, iniciado por Artur Mas en 2012 y culminado por Puigdemont el 1 de octubre de 2017 con la declaración y suspensión de la independencia de Cataluña; la moción de censura contra Rajoy apoyada por los independentistas y Unidas Podemos; Sánchez gana las elecciones de 2019 y, apoyado por los independentistas, accede a la presidencia del gobierno; nuevamente, Juan Carlos I en el disparadero tras la transferencia de 65 millones de euros a una cuenta de Corinna; irrupción de la pandemia del coronavirus, 50.000 muertos y el mayor número de contagios de Europa.

Felipe González ha realizado unas interesantes declaraciones al diario argentino Clarín en la que, entre otras cosas ha dicho: «Prefiero una monarquía republicana, como la que tenemos, a una republiqueta / sería una república plurinacional con derecho de autodeterminación que destruiría España / me cuesta un enorme esfuerzo sentirme representado políticamente / yo soy propositivo, hago más propuestas que críticas / la monarquía es neutral en el juego político, pese a que pudo haber errores personales». González seguramente ha sido el mejor gobernante español del siglo XX, con sus luces y sus sombras, por lo que siempre es interesante conocer sus opiniones sobre la actualidad.

Lo de la monarquía republicana, un oxímoron, tiene una cierta gracia, pero no tiene ningún sentido. Es el intento de cuadrar el círculo. En el fondo no deja de ser un intento de justificación del porqué alguien que se define como republicano defiende a la monarquía. Sabiendo que hay repúblicas democráticas y monarquías democráticas, ¿por qué no definirse escuetamente como demócrata? Como no sea por el prestigio histórico de la revolución francesa sobre la monarquía absoluta, no se entiende tanto retorcimiento. Sobre la neutralidad de la monarquía en el juego político, se puede estar de acuerdo a grandes rasgos, pero afirmar que la crisis de la monarquía no es tal y que sólo ha habido errores personales, es sumamente arriesgado tras el caso Urdangarin y conocer la existencia de cuentas bancarias de Juan Carlos I en Suiza. ¿Nada tiene que ver la inviolabilidad real en la Constitución? Tener un affaire amoroso puede o no ser un error, pero tener cuentas en Suiza es harina de otro costal. En el fondo González defiende la monarquía a pesar de sus “errores” porque forma un todo con la Transición, de la cual él fue uno de sus destacados protagonistas. Defendiendo a la monarquía González se defiende a sí mismo, defiende su legado personal.

Sobre la condición que reclama, ser propositivo, es preciso señalar que su única proposición es seguir igual. Estoy de acuerdo que una república plurinacional significaría la destrucción de España. Pero también es posible afirmar que su proposición se inscribe en la tradición reaccionaria: o lo que tenemos o la destrucción de España; o el rey y el sistema partitocrático que tenemos, o el caos. Pero esto es la presentación de un falso dilema. Consiste en situarse otra vez en la tradición española de los unos contra los otros, entre el macizo de la raza que podría representar Vox y la antiEspaña que sería Unidas Podemos, en volver al duelo de garrotazos de Goya. ¿Y si la alternativa a lo que tenemos no fuera una república multinacional sino una república federal como la alemana o la americana? ¿O una monarquía como la británica, pero con un sistema electoral mayoritario de circunscripción uninominal que empodera a los ciudadanos frente a los partidos? ¿Por qué no sería acertada una proposición en forma de referéndum en el que la ciudadanía pudiera pronunciarse entre una forma de Estado monárquica y una republicana y, de acuerdo con su resultado, hilvanar una reforma en profundidad de la Constitución? Se dirá que, acogotados por tantos problemas, no es el momento. Para los que ostentan el poder, político, económico, mediático, nunca es el momento, para el resto de mortales, visto lo visto, hace tiempo que es tarde, la vida pasa y se acaba sin esperanza. La pandemia ha evidenciado algo que ya sabíamos, la incompetencia de la clase política, la vieja y la nueva. La vieja porque se agarra a un sistema que le asegura su pervivencia. La nueva porque le permite incorporarse a los privilegios. La salida de la crisis exige valentía, determinación y héroes de la retirada en la mayoría de la clase política, algo que ni existe ni parece que pueda vislumbrarse en el futuro; sólo frustración y pesimismo.

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