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Pilar Ruiz Costa

La espina de pescado

Ha muerto una mujer que conocí el pasado verano en un pueblecito perdido por Francia. Un accidente y ya. No está más. Tenía treinta y tantos y soñaba con no acabar nunca el viaje. Al impacto que siempre supone una muerte prematura, le sumé el reconocerme – a nadie más que a mí misma– que, tan pendientes como estamos de un virus, se nos olvida que podemos morir de todo lo demás. También sucede que, incluso cuando la parca toca en puerta ajena, te da por rendir cuentas y en las mías me descubrí varios postits de pausas y pendientes: planes, proyectos, viajes. Todos con una anotación al margen que decía, ya saben: «Hasta que vuelva la normalidad». Es decir: aquella vida de antes. Y entonces me dio por pensar que igual no vuelve más o, aún más grave, que como decía Lennon: «La vida es aquello que te va sucediendo mientras tú te empeñas en hacer otros planes». Y a ratos es la muerte lo que te sucede cuando tú andas, más que viviendo, esperando a vivir.

Mi hija, ajena a estas divagaciones mías, me escribió a las tantas: «Cuéntale a mi marido lo de la espina de pescado». «Como si fuera domingo». Me dije. Y sonreí. Porque hace un buen puñado de años los domingos eran el día en que no trabajaba, pero como el sábado había llegado a casa a las mil, mis cachorros se refugiaban en el otro extremo de la casa sin hacer ruido. Esperando. En cuanto reunía las fuerzas suficientes para levantar un párpado, y luego el otro, me incorporaba entre almohadones y gritaba: «¡Reunión! ¡Reunión!». Aquella era la contraseña para que esa marabunta de criaturas recorriera el pasillo y saltara encima de la cama. Allí, apiñados, empezaba el mismo diálogo: «¡Cuéntame cuando nací! ¡Cuéntame cuando estaba dentro de tu barriga! ¡Cuéntame cuando me caí en una montaña de ortigas! ¡Cuéntame cuando me comí una babosa! » Porque a saber si los niños vienen con un pan debajo del brazo, pero sí vienen –lo he comprobado–, con un sinfín de historias.

Y aunque los domingos fueron pasando a razón de uno por semana y con ellos mis hijos crecieron demasiado deprisa –y no había necesidad–, supongo que lo relevante es que aquel paso inexorable del tiempo no alteró gran cosa aquella conversación de domingo que continúa ahora extendida a cualquier día de la semana, cada cual en su huso horario. Porque todo es diferente, pero todo sigue igual y una madre sabe cuándo toca descolgar el teléfono para contar un cuento por enésima vez, empezando siempre con cuando ella era solo un bebé, pero hablaba desde que la conozco y nadie esperaba al verla de aquel tamaño que hablara como un adulto, y la paseaba en su carrito con sus dos coletas y alguna señora nos detenía el paso y, sin permiso, le pellizcaba los mofletes y en lugar de palabras, le soltaba pedorretas: «Prrr, prrr. Tatatá». Entonces ella me miraba con gesto de no comprender y decía: «¿Qué le pasa a esta señora, mamá? ¿No sabe hablar?» Y ya llegar, por ejemplo, a aquella vez que la llevé con dos años a urgencias porque se clavó una espina de pescado y el médico le preguntó, él sí vocalizando y señalando mucho, si le dolía aquí, en el cuello y mi hija con su conocido gesto de desconcierto le respondió: «No, doctor, en el cuello no, me duele en la garganta, ¿no ve que me la he tragado por dentro?»

Hay una cita de Galeano que me encanta: «Los científicos dicen que estamos hechos de átomos, pero a mí un pajarito me contó que estamos hechos de historias». Y lo estamos. ¡Estamos hechos de historias! Y quizá por eso, aunque a ratos cueste, hemos de conservar las que huelen a tarta Tatin y a campiña francesa y olvidar cuanto antes las que pinchan como las raspas de pescado o, si el superviviente es habilidoso, decorarlas lo suficiente, porque la música de la memoria permite convertir en allegro hasta al más triste de los adagios.

De repente me dio por pensar –y ahora el mérito era de una vieja espina de pescado– que por mucho que algunos andemos en la flojera del letargo, otros sí estarán viviendo momentos importantes en sus vidas. Algunos trágicos, vaya que sí, pero también habrá otros que conformarán, más que los átomos, lo que realmente es una persona: su historia. Quiero imaginar que en algunos años, en una cama no tan distinta a aquella nuestra, una mañana de domingo un par de niños despeinados saltarán dando un brinco a algún regazo, reclamando con urgencia que alguien les cuente otra vez la historia de cuando nacieron. Y una voz medio dormida responderá: «Fernando, Simón, antes de que vosotros existierais, una terrible pandemia nos tuvo a todos encerrados.» Y para quienes estos meses, por desgracia, sean los últimos, solo espero que la muerte no los descubra esperando una vida, sino viviéndola. Por si acaso lo de irse o no del todo depende del modo en que quedamos incorporados al legado de aquellos que nos fuimos cruzando en el camino. ¿Por qué no dejarles, con premeditación y alevosía, una historia con la que algún día, al recordarnos, sonrían?

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