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La pregunta es:

¿Por qué se acusa, a la población en general, sobre todo a los jóvenes, de no ser revolucionarios -y de no llevar mascarilla?-. Muchos piensan que la cuestión reside principalmente en la incapacidad de una generación de recibir críticas por parte de la sociedad, siendo los primeros corresponsables de la situación sociopolítica actual. También suelen ser los que han vivido una época relativamente fácil, donde el mercado laboral ha satisfecho sus necesidades, y en la que la bonanza del estado de bienestar ha permitido tanto el progreso individual como colectivo. No obstante, son también los que han visto y ven como ese proyecto social se desmorona: ¿Se puede culpar, y así estigmatizar, a la juventud actual de una situación provocada por los errores del pasado?

Se puede y se hace con vehemencia. En España se realiza una inversión de valores: por una parte se castiga y difama su mayor bien cultural, se desprecian la innovación, la creatividad, las ciencias, y, en el fondo, se tergiversan las más hondas verdades de nuestro pueblo. Ya lo ha dicho Pérez-Reverte: un gran error condenatorio de nuestra historia se dio en el siglo XVI cuando se acataron las reformas del Concilio de Trento. En España desde siempre la revolución ha sido herejía. ¿Cómo pues, se osa acusar a los jóvenes de no ser revolucionarios, de no luchar por su futuro? Por otra, se ensalzan las bajezas y la barbarie: la desfachatez es llevada hasta extremos insólitos, tales que cualquier hecho pernicioso, por muy evidente que sea, es mejor defendido con esta que con la justa medida de las palabras honestas y respetuosas. En crudo: todo es mentira es la nueva Santa Inquisición, Twitter el nuevo jurado internacional de literatura, y las Cortes un circo romano. Sin respeto ni honestidad no hay sana democracia. Tampoco hay posibilidad de conocimiento objetivo, verdades a las que atenerse y aplicar en los conflictos de nuestra dañada sociedad. ¿Qué debemos hacer los jóvenes, entonces? Se nos acusa con frecuencia, pero no somos la principal audiencia de Sálvame, ni la mayor parte de la población española: estamos ante una sociedad envejecida, maltrecha, enferma. Una España ya mayor, anquilosada en fantasmas del pasado, en un sistema de valores inválido para los problemas actuales. ¿Se escucha a los intelectuales, a las personas formadas? Estamos probablemente ante la generación más formada de toda nuestra historia, otro tanto para la patria, pero ¿Formada y educada, en base a qué valores, qué idiosincrasia…? Se nos acusa de incumplir mayoritariamente las medidas sanitarias, no obstante, parece obviarse que en la era del dato, o la Era de la Tercera Máquina, tal y como la llama Fredric Jameson, la incertidumbre y la parálisis moral está afectando a los individuos. Es decir, el sujeto, en un mundo globalizado e interconectado, raramente posee imaginación sociológica, facultad indiscutiblemente necesaria para actuar de forma responsable, ya que consiste en poder observar la relación entre su biografía, la historia y la sociedad en que se inserta. Sin ejercicio de objetivación no hay futuro.

¿Por qué se insiste en culpabilizar a colectivos concretos? Ojo, no se está aquí minusvalorando la responsabilidad de cada individuo, sino se está comprendiendo que, tal y como dijo Ortega, yo soy yo y mis circunstancias. Bajo mi punto de vista, se está demostrando que el individualismo, tan arraigado en la cultura occidental desde los albores de los renacimientos –en plural, pues hay varios-, se está desmoronando. Pero es que encima, ¿Dónde han quedado los grandes ideales que guían al ciudadano y al colectivo hacia su propio perfeccionamiento? ¿Dónde queda el nacionalismo, defendido con fervor en España, sino en grado de descomposición?

Tal es el paradigma de nuestra época, y ante tal paradigma, no hay revolución posible, ni juventud que quiera llevar mascarilla.

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