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José Carlos Llop

Esto va en serio

De lo que se trata ahora es de la pérdida de los funerales como consecuencia de las medidas preventivas ante el contagio de la peste. O lo que es más cruel, del establecimiento de un ‘numerus clausus’ en la asistencia

Llevamos tantos meses hablando del coronavirus y orbitando en torno a la peste, que si reuniéramos las horas de parloteo al respecto, llenaríamos bibliotecas y bibliotecas de estúpida literatura seudocientífica. Y si hubiéramos gastado la misma energía en hacerlo bien a lo mejor estaríamos en otras condiciones, menos pesimistas que las actuales. ¿Alguien recuerda al maligno pangolín? ¿Y de los murciélagos chinos, quién sabe dónde? Como si no hubieran existido. Si la pandemia no acaba con nosotros de igual forma, las mascarillas lo harán con nuestra cara: orejas de soplillo, conjuntivitis, irritación en las mejillas y algún eczema en la barbilla, si se es de piel sensible. Al tiempo. Éste es el futuro: ya nadie será responsable de su propio rostro, atacado por una lepra sintética que nos irá desfigurando como hizo el confinamiento con los más mayores, agrisándolos y entorpeciéndolos.

Pero antes de que este futuro, por inmediato que sea, llegue, la peste habrá acabado con nuestras costumbres, que es una forma perversa de acabar simbólicamente con nuestras vidas tal como las entendíamos. En nuestra cultura, el respeto a los muertos –no por muertos sino porque antes estuvieron vivos y ya no– se representa en los funerales. En un funeral se demuestra el afecto colectivo que no se ha demostrado en vida; incluso cierto respeto personal que pocas veces se esgrimió. Y sólo con la presencia. Tengo una amiga –mallorquina, por supuesto– que dice que prefiere un buen funeral a una buena boda y yo escribí en mi libro sobre Palma un capítulo entero que trataba de los funerales en la ciudad y sus hábitos –el más vulgar: los que se cuelan para el pésame aprovechando la comunión– y Sorrentino no tuvo ninguna manía en copiarme algunos párrafos en su magnífica película La gran belleza. El día que me lo encuentre tendremos unas palabras. Da la impresión en el Mediterráneo de que no importa tratar realmente bien a nadie en vida, pero sí hacerlo con consideración en su despedida. Y ahí se crean grupos de expertos en la cuestión práctica. Los hay que son caza-funerales –van a los que pueden sólo para que el suyo se llene–; otros lo utilizan de medio de relación y los hay también que van con una camuflada voluntad –aunque se les ve a la legua– de proyección política o laboral. Hay más, pero aquí no caben. El funeral es un acontecimiento social: lo es en la ciudad y lo es en los pueblos, aunque la diferencia esté entre el caos y el agolpamiento –la ciudad– y el orden y la fluidez –los pueblos– a la hora del pésame. Pero no voy a seguir por ahí y para quien le interese una visión etnográfica del funeral palmesano ya está mi libro En la ciudad sumergida, donde el capítulo ‘Teoría del funeral’ da rendida cuenta del asunto. Y disculpen la cita.

Porque de lo que se trata ahora es de la pérdida de los funerales como consecuencia de las medidas preventivas ante el contagio de la peste. Se trata de la ausencia de los funerales en nuestra vida, de su supresión. O lo que es más cruel: del establecimiento de un numerus clausus en la asistencia. Esto, aunque nadie lo diga, es un golpe capital a nuestra cultura y quien crea que bromeo que se limpie el alma, porque va en serio. ¿De verdad somos los mismos sin funerales? ¿Lo seremos dentro de dos años sin nuestras ceremonias de adiós, de tan restringidas inexistentes?

Sabíamos que en Madrid o en Barcelona no los aprecian en su verdadera medida. En la capital se celebran semanas después del fallecimiento y en Barcelona les gusta la luz del sol: lo celebran al mediodía, como hacen en algunas ciudades francesas. En Mallorca, artífices del refinamiento de la ceremonia, sabemos que tanto en Madrid como en Barcelona están equivocados, pero allá ellos: de un funeral hay que salir con la calle a oscuras. De la misma manera que aquí nunca antes asistía al entierro nadie que no fuera de la estricta familia –tal vez algún íntimo de toda la vida, pero nada más– y en cambio en Madrid iban en aluvión al camposanto desde los tiempos de Galdós. Ni siquiera las mujeres iban al cementerio en la isla no hace tantas décadas: el trato con la tumba era territorio masculino. Esta Mallorca que hemos conocido ha desaparecido. Ahora la costumbre de ir al entierro se ha generalizado. Lo que no esperábamos nunca es que se suspendieran los funerales y no sabemos qué hacer con el vacío –cultural y religioso, por este orden– que se ha creado con la medida. Empezamos a no ser lo que éramos y no importa acudir a la política para comprobarlo. Basta con los funerales. Si los pieles rojas nos enseñaron que los cementerios son buenos lugares para esconderse porque el respeto debido a los muertos protege la vida de los que aún la tienen, nosotros sabíamos que la verdadera cohesión social de una sociedad, la nuestra, sólo estaba en los funerales. Ahora, ya ni eso.

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