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Salud

Anticuerpos y el covid

Cuando el argentino César Milstein llegó al Medical Research Council en 1963 se sabía poco de los anticuerpos, una sopa de moléculas capaces de elegir su diana pero que resultaba imposible identificarlos. Su jefe, Fred Sanger, le animó a trabajar en ello. La llave para descubrir y producir anticuerpos concretos estaba en el mieloma múltiple, una enfermedad de la sangre que se caracteriza por producir anticuerpos específicos. Con la ayuda de su estudiante Georges Köhler desarrolló una técnica para producir masivamente anticuerpos monoclonales: dirigidos a una diana. En la publicación Nature decían: “Podrían tener usos importantes en la medicina y la industria”. Era 1975. El artículo pasó sin pena ni gloria hasta que años después Lancet, en un editorial, reconoce “sus profundas implicaciones para la práctica médica”. En 1984, la Academia Sueca les otorgó el premio Nobel. 

Como el anticuerpo monoclonal se une a una proteína concreta, basta marcarlo para saber si esa proteína está presente. Son la inmunohistoquímica, inmunofluorescencia e inmunoelectroforesis, entre otras. Tan interesante, o más, es su uso terapéutico, una revolución en muchas enfermedades. Son todos los medicamentos biológicos que finalizan con el acrónimo MAB de “monoclonal antibodies”. Un alivio para los pacientes con enfermedades reumáticas y el conjunto de los que sufren enfermedades debido a que la inmunidad deja de reconocer el propio cuerpo y se vuelve contra él. Tratados con estos fármacos consiguen tener una vida casi normal. 

En el cáncer, la rebelión es de una célula, y su progenie, que modifica su ADN y se comporta de manera anómala. Liberada del control del organismo, se multiplica sin fin, crea así el tumor y manda hijos a través de la sangre y conductos linfáticos a otros órganos, son las metástasis. Además, esa modificación del ADN hace que produzca proteínas extrañas, a veces dañinas. De manera normal, en la incesante creación de nuevas células para sustituir a las viejas, se producen muchos errores en el ADN. A eso se añade la exposición a mutágenos. Afortunadamente, la mayoría de esas células mutadas no progresan gracias a la vigilancia del sistema inmunológico. Pero algunas, con sus arteras modificaciones del ADN, logran engañarlo. Es el cáncer. Desde hace unos años contamos con fármacos basados en anticuerpos monoclonales que son capaces de detener esa progresión. 

Si los anticuerpos monoclonales reconocen un antígeno y los virus los tienen, por qué no usarlos para detener su invasión, anularlos y así evitar que penetren en la célula, colonicen el DNA y lo obliguen a crear copias de sí mismos. Eso es lo que están tratando de hacer al menos dos empresas farmacéuticas: Eli Lilly y Regeneron. 

La obtención de anticuerpos monoclonales es un proceso costoso y largo. Comienza con la identificación de aquel que es capaz de frenar al virus. En primer lugar, se recoge el plasma de pacientes que han sufrido la enfermedad y se ensaya la eficacia de cientos de anticuerpos. Se elige el más potente. Una vez descrita su secuencia genética, se inyecta en el ADN de una fábrica viva: E.coli. Esta bacteria produce los anticuerpos en un medio de cultivo que ha de permanecer libre de otros microorganismos: exige mucho cuidado. Tras varias semanas, esa sopa se trata para obtener el caldo de anticuerpos monoclonales que se inyectará a los pacientes. 

Que en estos pocos meses, desde que apareció Sars-Cov-2 en nuestras vidas, se hayan podido crear anticuerpos monoclonales potencialmente eficaces frente a este virus es un motivo de celebración y reconocimiento de la capacidad investigadora. El siguiente paso es demostrar su utilidad y seguridad con ensayos clínicos. Nadie podía esperar que en los primeros días de septiembre ya se anunciaran resultados. El miércoles 17 la empresa Eli Lilly comunicó los hallazgos preliminares de su ensayo. Un anuncio que no ha sido sometido al escrutinio científico pero que, por su lógica y la apariencia de verdad, es muy prometedor. Según nos dicen, habían reclutado 450 pacientes con diagnóstico reciente de Covid-19. En los que recibieron el anticuerpo, la cantidad de virus disminuyó espectacularmente, así como la probabilidad de ingreso en el hospital: en el 72%. 

De ser cierto este experimento y de replicarse en otras poblaciones y lugares, se abre una ventana de esperanza en muchos sentidos. El primero, poder tratar de manera precoz a los infectados. Es cierto que la mayoría nunca tendrán grandes problemas. De hecho, en el estudio solo el 6% de los no tratados ingresó, cifras parecidas a lo que ocurre en España hoy: ingresa el 4,7%. Pero ese porcentaje supone cerca de 15.000 personas desde el 10 de mayo, y 1.091 en la UCI. La segunda utilidad que se espera es la preventiva: se está ensayando como protector en ambientes de alto riesgo como residencias de ancianos. Finalmente, es una esperanza para la inmunización: si hay anticuerpos que son capaces de detener la reproducción del virus, se puede esperar que si la vacuna los produce serán eficaces. 

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