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La imagen del posado de Ayuso y Sánchez frente a 24 banderas en sus mástiles con punta dorada de lanza, doce de España y doce de la comunidad Madrid, es un remedo castizo del cuadro Las lanzas o La rendición de Breda, de Diego Velázquez, donde se plasma la escena del 5 de junio de 1625 en la que Justino de Nassau, gobernador holandés de Breda entregó las llaves de la ciudad a Ambrosio Spínola, general genovés al mando de los Tercios de Flandes, en la guerra contra las Provincias Unidas del Norte. En el cuadro, las lanzas españolas son más numerosas que las holandesas, en la imagen de Madrid las banderas españolas quedan igualadas por las madrileñas; la caballerosidad y la rendición sin humillación no podían ocultar la victoria española, la catástrofe madrileña no podía arramblar con el disfuncional Estado de las autonomías.

No podemos separar esa imagen del voto del PP en contra de las dos últimas prórrogas del estado de alarma debido a la pandemia de la Covid-19. Ayuso se había convertido en la punta de lanza del PP contra el gobierno de Sánchez. Reclamaba el fin del confinamiento de Madrid y la asunción por el gobierno autónomo de la responsabilidad de atajar la pandemia y salvar la economía. Esa estrategia del partido conservador se inscribía en el guerracivilismo cainita en el que la partitocracia española ha degradado el debate constructivo propio de una democracia. Seguramente habrá sido el tiro en el pie más doloroso que jamás haya disparado el partido conservador. Porque dio pie a que el césar socialista, apoyado en su edecán Redondo, estableciera una línea de ataque envolvente, amparándose en el fin apresurado del estado de alarma, consistente en poner la gestión de la pandemia en manos de sus adversarios, abdicando de sus responsabilidades como jefe de gobierno de un país donde cada comunidad establece por su cuenta medidas epidemiológicas sin tener en cuenta las de sus comunidades vecinas, o defendiéndose de ellas. En una cosa tiene razón Casado, a destiempo, claro, como casi todo lo que decide este señor, y es que la pandemia no entiende de fronteras entre comunidades y es que un país con fronteras requiere de gobernanza sobre todo su territorio. La estrategia de Sánchez era clara: la pandemia se desbocará y vendrán a comer en mi mano. Así ha sido y las consecuencias para la credibilidad del PP serán onerosas. Sánchez podía permitirse apartarse de la manifestación suspendida contra Ayuso que su vicepresidente alentaba, fabricándose una imagen de estadista al tiempo que preparaba la reforma penal de la rebelión y la sedición y la tramitación de los indultos a los independentistas condenados por los tribunales, desmintiéndose a sí mismo que, en octubre pasado (campaña electoral), afirmaba que cumplirían íntegramente su condena. Sánchez aprobará los presupuestos; aunque se hunda España, él flotará.

Lo que no podemos obviar es que la estrategia de Sánchez no es inocua. No es una victoria de la izquierda contra la derecha; es una derrota de la democracia española en manos de unas burocracias extractivas sólo atentas a su supervivencia. El tiempo transcurrido entre una desescalada excesivamente rápida y la reunión del lunes en Madrid es un tiempo en el que la pandemia ha seguido haciendo estragos en las vidas de ciudadanos para vergüenza de Ayuso y de Sánchez. Era preciso, como denunciaron científicos españoles, una auditoría independiente de sanitarios, epidemiólogos, economistas, sociólogos, etc., que analizara todos los datos y advirtiera a los políticos de los errores que se estaban cometiendo, para poder corregirlos, sobre la marcha. En un primer momento, los responsables del ministerio de Sanidad aceptaron la idea, para olvidarla al siguiente. De esta manera el gobierno y la oposición pueden seguir con su guerracivilismo, cada uno desde sus posiciones de poder, sin que un incómodo servomecanismo les desbarate sus astucias y sus trampas. Los científicos han vuelto a la carga ante un desastre irreparable. Si es verdad lo que dicen los historiadores de que la mejor forma de anticipar el comportamiento de los hombres es conocer su conducta en el pasado, estamos condenados de antemano.

Estaba la semana pasada viendo las noticias, cuando anunciaron la publicación de una entrevista con Corinna Larsen en la revista Paris Match. La inefable amiga entrañable de Juan Carlos I denunciaba una suerte de golpe de Estado de la reina Sofía y de Rajoy contra el Rey, confesado por él mismo. De Sofía porque quería ver sentado en el trono a Felipe, sobre quien tendría mayor influencia que sobre él; de Rajoy porque quería castrarle. Denunciaba el “exilio” de Juan Carlos I, frágil y enfermo en plena pandemia Covid-19, sin que su familia hubiera salido en su auxilio. Sea el Paris Match o la Bunte alemana, las revistas europeas dan a Corinna munición para cargarse la monarquía española. Por si quedaba alguna duda sobre Corinna ante los trámites judiciales que le esperan, esas trolas abracadabrantes destinadas a incendiarlo todo, son el cumplimiento de las ignoradas amenazas a la Casa Real para quedar desvinculada de las denuncias de blanqueo de dinero por los 65 millones de euros ingresados en su cuenta y transferidos a Panamá. Es estar sentado ante el televisor y estar alucinando. Pero esto no era nada comparado con lo que seguía. Paris Match publicaba una foto de la colección particular de Corinna en la que aparecía Juan Carlos I con su hijo, con el que tan buenas migas había hecho, en la Angorrilla, a 17 km de La Zarzuela, dispuesto a asar unos chorizos en la barbacoa. La verdad es que quedé estupefacto. El entonces Rey en bañador, camisa de manga corta y gorrilla del revés al estilo de ese rapero Kanye West marido de una Kardashian, que meaba recientemente sobre uno de sus Grammys. Se puede ser malo, pero esto es peor. Es una foto asesina que destruye cualquier rasgo de humanidad en Corinna, una lagarta, según Massiel; pero también es un misil contra la monarquía, inerme ante la destrucción del espacio simbólico que le es propio. Nada diferencia al protagonista de cualquier propietario de chalé edificado ilegalmente en terreno rústico, ufano ante el altar gastronómico de Georgie Dann. No me extraña lo más mínimo que el periódico por excelencia del Ibex 35, El País, no publicara la foto.

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