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Filosofía de guerra

Los únicos que tendrán motivos de alegría serán los que se han dedicado a fabricar mascarillas o a vender geles hidroalcohólicos

Durante los estertores finales de la agonía de la Alemania hitleriana, en aquel Reich que debía durar mil años y que apenas sobrevivió algo más de trece, los padres y los abuelos de algunos de los turistas germanos que ahora nos visitan como turistas, si el bicho lo permite y la autoridad competente no lo impide, o que habitan entre nosotros como un “roquetense” más, seguramente agobiados por el espectáculo de sus ciudades arrasadas por el fuego y de sus jóvenes irremediablemente perdidos por los golpes de guadaña de la parca, con esa sensación de continuo temor ante el presente que les acosaba y con la intención entendible de huir de aquella realidad, acudían a la frase, con seguridad inventada por algún berlinés burlón, que aconsejaba en la lengua de Goethe “Geniesst den Krieg, der Frieden wird fürchterlich”, que viene a decir “Disfrutad de la guerra, la paz será terrible”.

Parece que aquella filosofía ha calado en gran medida entre nuestros congéneres nacionales si observamos con atención la conducta que no pocos siguen practicando de pasar por ésta nueva contienda que vienen librando los sanitarios del país contra los virus invasores de cuerpos y de vidas, de la manera más desahogada posible, sin resquemores, disfrutando, y por ventura no les falten razones para ello, si consideramos que lo que nos espera cuando esa milagrosa y casi mesiánica vacuna consiga alejarnos de los riesgos de la pandemia; porque lo que se nos viene encima, me temo, no será para contado. Miren, no les voy a hacer un relato de lo que parece percibirse en la cercana lejanía de los próximos meses y años, pero se me antoja que los únicos que tendrán motivos de alegría serán los que se han dedicado a fabricar mascarillas o a vender geles hidroalcohólicos y aquella alegre muchachada que les tiraba polvos y humos a los turistas, si aquellos de los de “Tourists Go Home”.

A la gran mayoría de los demás tan solo les espera, nos espera, una cuesta ascendente, dura y llena de repechos que va a dejar convertido en gasa de pipi para bebes el mítico Tourmalet; no soy un gurú de la economía pero tampoco hace falta un doctorado por Harvard para adivinar que el “crisón” que se nos viene encima va a ser de los de abrigo. Y no consigo adivinar en qué labores vamos a emplear a los cientos de miles de españoles que se quedarán sin trabajo, tampoco vislumbro de dónde va salir el dinero para tapar todos los agujeros que la debacle empresarial que asoma va a causar, y no me refiero a los grandes conglomerados empresariales, aún cuando también, sino al taller de la esquina o a la pequeña empresa de limpieza de un poco más allá, de esos que se dice carecen de colchón financiero para mantener uno o dos empleados. Y todo eso con la sensación en el cuerpo de estar dirigidos por una panda de incapaces, y no apunto a una administración concreta, ni a una grupo político determinado; mi percepción de esa incapacidad es generosa, la veo en demasiadas partes y en demasiadas personas, sin distinción de credos, clases o circunstancias personales.

Qué lástima que en los libros de historia de nuestras futuras escuelas de principios del siglo XXII, caso de que ya no se lleve adelante la enseñanza por la implantación en los niños de un microchip enseñador, no pueda leerse esa novelesca frase de “en aquellos momentos de zozobra e incertidumbre para el pueblo, surgió de entre ellos una persona providencial que les salvó del desastre”; pero en nuestro entorno ese personaje enviado por la providencia, desafortunadamente, no parece estar ni que se le espere. 

Ante mi quejío de que estamos en plena tormenta perfecta, con la nao que hace aguas por mil vías y con irresponsables manos en el velamen y no menor torpeza entre los contramaestres, alguien a quien quiero tanto como respeto me dijo que no son tiempos para hacer política, parecer con el que no tuve más remedio que discrepar, pues soy de la consideración que, si bien es cierto que no es el mejor momento para hacer política enana, escasa, de maquillaje, sí es, y muy al contrario, precisamente el tiempo mejor para la política de verdad, de altura, para intentar, aún cuando pueda fracasarse en el empeño, que ese futuro que algunos auguran y otros tememos más terrible que los peores momentos de pandemia, no sean tan o más letales que aquella.

Pero tal parece que los que debieran practicar lo de la res pública a esa altura carecen dramáticamente de nivel que tal labor exige, y es que como decía el canciller de hierro, “con malas leyes y buenos funcionarios todavía es posible gobernar, pero con los malos funcionarios incluso las mejores leyes no ayudan”, y eso si pudiera considerarse que nuestras leyes fueran de lo mejorcito. Así que disfruten Ustedes de estos tiempos ahora que pueden, pero sin hacer idioteces por si acaso.

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