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Juan José Millas

Tierra de Nadie

Juan José Millás

Perversión

El martes acudí al tanatorio para despedir a un viejo amigo que celebró la rentré muriéndose. Cuando llegué, había un grupo de gente arremolinada junto a la viuda escuchándola contar que las últimas palabras de su esposo habían sido las siguientes: 

-Que sepas que soy terraplanista. 

La mujer lo repetía una y otra vez con una expresión de asombro que producía algo de espanto. No le cabía en la cabeza la idea de haber compartido cama durante tantos años con un hombre que pensara de ese modo, sobre todo porque ella es geógrafa y tiene en el salón de su casa un gran globo terráqueo al que todos, cuando nos invitaban a cenar, dábamos vueltas con la mano izquierda, mientras manteníamos la copa de vino en la derecha, buscando los puntos del planeta a los que habíamos viajado o a los que nos gustaría hacerlo. Ahora me viene a la memoria la actitud del muerto ante aquellas excursiones imaginarias. Nos observaba siempre desde seis o siete metros de distancia con una sonrisa que, a la vista de las últimas revelaciones, debía de ser de condescendencia o pena. Creíamos que era un hombre sin ideas propias, pues no era dado a opinar en nuestras discusiones, y resulta que tenía convicciones muy profundas, o muy planas, según se mire. Ya sabemos que no hay nada más profundo que la piel.

De vuelta a casa, pensé en las creencias inconfesables que profesamos en la intimidad y en la necesidad de mantenerlas escondidas porque chocan con el pensamiento que nos rodea. Tal vez, pensé, mi amigo no fue un terraplanista sincero, quizá simulaba serlo como una forma de oponerse a las convicciones de su esposa. Curiosamente, los teníamos por un matrimonio excepcionalmente bien avenido al que nos habríamos gustado parecernos. ¿Y si la fórmula secreta para alcanzar esa unión admirable no hubiera sido otra que la curiosa mezcla de una realidad manifiesta, y aceptada universalmente, con un delirio oculto y rechazado por las corrientes dominantes?

Ahora bien, por qué esperó el momento de morirse para confesar aquella perversión geográfica al oído a su mujer. ¿Por amor o por odio?

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