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Mirar y ser mirado/a

Hay miradas que molestan o ensucian, es cierto, pero ¿hemos de tipificarlas penalmente, o incluirlas como parientes menores del crimen?

Una tarde de hace años, mientras estaba en un café de Beirut, entraron dos chicas árabes –podían ser de Arabia Saudí o de Emiratos, pensé– con una criada vietnamita y dos niños pequeños, que supuse hijos de las primeras. Me llamaron la atención dos cosas. La primera fue que la mujer vietnamita nunca se sentó a la mesa, ni muy cerca, ni se colocó a la misma altura que ellas. Sacó de no sé dónde una especie de taburete y cuando no iba detrás de los infantes, estaba en cuclillas, muy por debajo de las dos chicas árabes sentada en una postura mezcla de vasallaje y sumisión (por eso he usado la palabra ‘criada’). La segunda fueron ellas, sus ropas y tocados cubiertos con velos y perlas. Situadas frente a mí, al otro lado del café, su estampa me era muy familiar sin llegar a entender el por qué de esa familiaridad. Al cabo de unos minutos me iluminé: la imagen parecía sacada de una pintura orientalista de Delacroix. De hecho, ellas dos hubieran podido ser el modelo de esa pintura si hubieran vivido un siglo atrás. Hice memoria: el título de aquel cuadro, creo, era ‘Mujeres de Argel en el harén’ o algo así.

Pero hubo más. Mientras charlaba con mi amiga beirutí y un amigo que había viajado conmigo al Líbano, me sentí observado en varias ocasiones por una o por otra pero nunca, en ningún momento, conseguí cruzar la mirada con ninguna de ellas dos y les puedo asegurar que soy tan ágil como discreto –cuando es necesario– en esas maniobras. Tenían una habilidad extraordinaria en posar la mirada sobre todo el local y sus clientes sin que pareciera que lo hacían. Sus ojos bailaban con celeridad circense y al mismo tiempo parecía que no se movieran. Y en esa oscilación permanente se lo llevaban todo con la mirada, absolutamente todo: veían más que nadie, aparentando que no. De verdad que fue un espectáculo maravilloso, al menos para cualquier observador de la vida. Al cabo de una hora se levantaron, altas, orgullosas y con un punto considerable de arrogancia –también muy elegantes de movimientos, hay que decirlo– y salieron del local con la mujer vietnamita, detrás, detrás. Sólo cuento lo que vi. 

Al comentar con mi amiga beirutí esa habilidad de voyeuse, me contestó: ‘siglos de experiencia, querido, y la inevitable coquetería detrás, que nunca se va’. Y ahí quedó la cosa.

Desde que todos vamos embozados o enmascarados por la calle, me he acordado alguna vez de aquella escena y no porque aquí nos veamos, precisamente, obligados a disimular. Y me he acordado porque esta medida de protección con la pandemia nos ha arabizado un poco, en un remedo casual de la novela Sumisión de Houllebecq en su fase previa. Fíjense si no en el juego de miradas ahora, mucho más frecuente, pausado y con más descaro que antes: un punto orientalista añadido sí tiene. El hecho de ir embozado ha dado rienda suelta a esa forma de coquetería de la que hablaba mi amiga y a una intensidad mayor en la manera de mirarse. Y hablo, esencialmente, de las mujeres. Lo cual no deja de ser una compensación o alegría frente al luto oficial y gris que está apoderándose de toda la sociedad por culpa del virus. Y la demostración de que la imposibilidad o dificultad de relacionarse –la sujeción de la capacidad humana de seducción– acaba saliendo por algún lado (y la mirada es el lado de más riqueza, tanto gestual como de significados). En este carnaval perpetuo y triste al que nos vemos abocados, la mirada es ahora –siempre lo ha sido pero ahora más– una celebración de la vida que no tenemos, de la vida que hemos perdido o nos han arrebatado. Sin olvidar su cara filosófica: ser mirado/a es ser reconocido/a: hay alguien que da fe de tu existencia y aquí las derivadas se extienden hasta el infinito. Sin la mirada –y todos, absolutamente todos, sus matices– no existirían ni el arte –aquí incluyo cine y fotografía– ni, por supuesto, la literatura.  

Quizá por eso resulta sorprendente que una manera de mirar –sólo de mirar– sea considerada una agresión penalizable, como parece que ha decidido un ministerio del actual gobierno. Acogiéndose por cierto a un término muy utilizado por el clero de la época franquista, por no remontarnos al siglo XIX español: la mirada ‘lasciva’ (adjetivo destinado a ensuciar algo tan natural como el deseo). ¿Dónde estaría el termómetro para calificar una mirada ú otra, incluso para distinguirlas? ¿Por qué esa mirada molestaría viniendo de según quien y encantaría viniendo de otro/a? Una mirada ‘lasciva’ ¿es desagradable o molesta o violenta si quien te la dirige lo hace desde el enamoramiento, el amor estable o el deseo compartido? ¿Estamos seguros de querer tamizar sutilidades y matices de esta índole por el código penal? Hay miradas que molestan o ensucian, es cierto, y hay miradas, lo dice el refrán, que matan, pero ¿hemos de tipificarlas penalmente, o incluirlas como parientes menores del crimen? ¿Estamos seguros de eso? Porque entonces puede que no sea el embozamiento naso-bucal lo que nos señale con ironía que estamos islamizándonos en las formas, sino que un modo cultural que nos es ajeno se impondrá con crueldad sarracena sin necesidad de que nos invadan las huestes de Ben Yusuf. Nosotros mismos seremos nuestra cimitarra. Si seguimos así, al tiempo.  

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