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Buena alimentación

Que comemos mucho lo sabemos todos. Que lo hacemos mal, casi todos. La incorporación de la mujer al mercado laboral, sin abandonar las responsabilidades familiares, ha traído como consecuencia la adaptación de las comidas a las posibilidades reales, al disponer de menos tiempo para estas faenas caseras. Ello ha hecho que cambien tanto el tipo de alimentos consumidos como la forma de prepararlos y ha traído como consecuencia una sustitución de nuestra tradicional dieta mediterránea rica en verduras, legumbres, frutas, pescado y aceite de oliva, hacia patrones alimenticios más occidentalizados con alimentos congelados o semi–preparados, más económicos, sabrosos y especiados, pero con alto contenido de grasas saturadas. 

Hoy, se sabe con toda claridad que el uso excesivo de grasas en nuestra alimentación nos ha colocado a la cabeza en Europa como los más obesos, con todas las consecuencias que ello conlleva: enfermedades cardiovasculares, diabetes –en edades cada vez más tempranas–, hipertensión, aterosclerosis... Por otra parte, a veces creemos estar cuidando nuestra salud al consumir productos alimenticios “light” utilizados por empresas alimentarias que incluyen en su publicidad “bajos en colesterol” o “sin colesterol” y resulta que la mayoría de ellos están elaborados con aceites y grasas vegetales, con un alto contenido de ácidos grasos saturados (aceite de coco y palma) y no con aceites pobres en ellos, como los de oliva, girasol, maíz o soja. Por eso, desde hace varios años, los expertos en nutrición insisten en que debemos informarnos bien acerca de los alimentos adecuados para nuestra salud y llevar a cabo una dieta que se ajuste a nuestras necesidades. Pero no a los gustos. 

O sea, que tenemos que prescindir de chocolate, helados, ahumados, bacon, quesos grasos, embutidos, conservas, salchichas, pizzas… Además, debemos respetar la regularidad y los horarios en las comidas, no picando entre horas y no haciéndolo nunca mirando la televisión. Lo cierto es que no existen fórmulas mágicas que permitan comer todo lo que nos dé la gana y eliminarlo como si nada hubiera pasado. O sea que, si queremos cuidar nuestra salud y llegar a los 100 años con un corazón sano, tenemos que incrementar la actividad física y mejorar los hábitos alimenticios, volviendo a la dieta mediterránea, rica en verduras, legumbres, fruta, pescado, con baja ingesta de azúcares y un consumo prácticamente nulo de alimentos preparados comercialmente. En caso contrario, irremediablemente, tendremos que pagar las nefastas consecuencias del exceso de nutrición y grasa.

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