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Tontos y negacionistas

La suerte pueblerina de haber nacido en familia dotada para la retranca refranera conlleva que a uno se le vengan a la cabeza con frecuencia dichos y consejas que aplicar a hechos y sucedidos cotidianos. Mi abuelo, el pastor mesetario al que con cierta frecuencia aludo, solía decir, en reuniones al calor de la lumbre, que no conviene acercarse a una cabra por delante, a un caballo por detrás y a un tonto por ningún lado.

El problema reside en que, en ocasiones, los majaderos, puestos en fila india, suman tantos que hasta ponen alcaldes en base a la lógica aritmética de las mayorías. Empieza a resultar ejercicio complicado sortear el avance implacable de la imbecilidad. En las ciudades apenas se ven caballos y no queda rastro de caprino salvo en la acepción aumentativa, pero tontos los hay a manta. Como los champiñones, se reproducen por esporas: basta un chaparrón de necedad para que la cosecha micológica de patanes se extienda como un sarpullido. Pueden poner el GPS en el coche y colarse en una pista ganadera de un parque nacional como si circularan por una autopista. Existe un tonto clásico, de capirote, sometido al escarnio público por cretino y papanatas; y el tonto contemporáneo que encuentra acomodo y altavoz en las redes sociales, promovido a portador de la verdad por una legión de jaleantes.

En esta pandemia ha surgido una modalidad mayúscula de tontuna: el de los seguidores a ojos cerrados y pies juntillas de los conspiranoicos y los negacionistas. En ese equipo militan antivacunas, opositores de las mascarillas y apóstoles de la verdad que los poderosos no quieren contar... Los terraplanistas del covid son peligrosos porque hay gente asustada y de buena fe que se cree sus cuentos. Y luego están los tontos, que se apuntan a un bombardeo.

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