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Joaquín Rábago

360 grados

Joaquín Rábago

No hay que descartar un segundo mandato de Trump

Aunque pueda parecernos increíble a la mayoría de los europeos, no puede de ninguna manera descartarse que el presidente de EEUU, Donald Trump, termine ganando, pese a sus continuos abusos y mentiras y su más que desastrosa gestión del coronavirus, un segundo mandato en la Casa Blanca.

Trump pretende en cualquier caso curarse en salud, advirtiéndoles a los suyos de que si las urnas le declararan perdedor el próximo 3 de noviembre, será sólo porque los demócratas o quién sabe qué potencias extranjeras habrán cometido fraude con el voto por correo, algo que no está dispuesto de ninguna manera a aceptar.

Por lo pronto, su estrategia consiste en presentarse a sus compatriotas como el único capaz de garantizar la ley, el orden y la propìedad frente a a la anarquía y al caos que se terminarían apoderando del país en el caso de victoria del Partido Demócrata.

Trump sabrá aprovechar demagógicamente cuantas veces sea necesario los estallidos de violencia que, fruto de la frustración y de la rabia demasiado tiempo contenida de la minoría afroamericana, siguen a cada asesinato gratuito y a sangre fría de un miembro de esa comunidad a manos de la policía, para defender una política de mano dura frente a los alborotadores.

Si las protestas en forma de desórdenes se extienden desde los centros urbanos, habitualmente multiculturales y pluriétnicos, a los suburbios, demográficamente mucho más homogéneos, donde viven las clases medias, en su mayoría blancas, aumentará entre éstas el anhelo de orden y seguridad, sin que importen otras consideraciones como la prevalencia intolerable del racismo en aquel país.

Como hemos podido escuchar estos días en la Convención Nacional Republicana, Trump y los suyos se han dedicado a atacar no sólo a los manifestantes, sino también a los alcaldes y gobernadores demócratas, acusándolos demagógicamente de tolerar tales desmanes contra la propiedad y las personas.

Para colmo, Trump parece haber encontrado incluso un aliado en un cardenal católico, el arzobispo de Nueva York Timothy Dolan, quien no tuvo el menor reparo en pronunciar la oración inaugural de la Convención Republicana, negando hipócritamente en un tuit que ello significara apoyo alguno a ese partido o a su programa electoral.

Dolan, que pasa últimamente por ser uno de los jerarcas católicos de EEUU más críticos con el papa Francisco, no ha ocultado su admiración por Trump, y así en una entrevista con la cadena de televisión Fox, no dudó en elogiar el liderazgo que, según él, había mostrado el Presidente durante la pandemia.

Esos elogios suscitaron fuertes críticas de un sector del mundo católico norteamericano, que en una carta abierta firmada por 1.500 personalidades, se quejó de que el arzobispo de Nueva York hubiese dado la impresión de que la jerarquía católica apoyaba a "un presidente que separa a las familias inmigrantes, niega el cambio climático, polariza a la ciudadanía y fomenta una política económica que perjudica a los pobres".

De poco sirvió que Dolan se justificara señalando que también había expresado su apoyo a la labor desarrollada por el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, y el alcalde de la ciudad, Bill de Blasio, ambos demócratas y católicos, o que en 2012 había aceptado la invitación a la Convención Nacional del Partido Demócrata, algo que habría vuelto a hacer gustoso de haber sido invitado también en esta ocasión.

En las pasadas elecciones presidenciales, los católicos, que representan en torno a una quinta parte de la población norteamericana, votaron mayoritariamente a favor de Trump, que es, al menos oficialmente, presbiteriano. Hubo, eso sí, una excepción: dos tercios de los de origen latinoamericano optaron entonces por su rival demócrata, Hillary Clinton.

La conferencia episcopal norteamericana mantiene en cualquier caso una posición ambigua frente a Trump: critica, por un lado, su trato inhumano de los inmigrantes, pero hay algo en lo que coinciden y a lo que los jerarcas católicos parecen dar mayor importancia a juzgar por el espacio que ocupa en sus comunicados: el común rechazo del aborto y de los derechos de la comunidad LGBT.

El actual candidato demócrata a la Casa Blanca, Joe Biden, pese a ser católico y estar a título personal en contra del aborto, defiende el derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo, lo que llevó el año pasado a un cura de Carolina del Sur a negarle la comunión. ¡En punto a hipocresía, el Donald le lleva al demócrata una clara ventaja!

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