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El desliz

Los 'influencers' son los padres

El Gobierno, por boca de su icono contra el coronavirus Fernando Simón, ha pedido ayuda a los prescriptores de tendencias para que le ayuden a frenar los contagios juveniles.

Imagino que lo han visto porque se ha hecho viral, que se dice ahora. Es un vídeo en el que una auxiliar de enfermería muy joven se graba a sí misma conteniendo la risa y gesticulando mientras su compañera, también muy joven, insulta a la anciana encamada a la que está atendiendo en un geriátrico de Terrassa. Le grita que se tome la pastilla y se mofa de ella, y al final parece que no le da la medicación. Dos abusonas armadas de teléfono móvil de las muchas que engrasan las redes sociales, con una cabeza lo suficientemente mal amueblada como para haber cavado solitas su propia fosa al difundir las imágenes. Las han despedido, cosa que no creo que les importe demasiado. Ya encontrarán otro trabajo basura; con su reputación por los suelos, las residencias de la tercera edad no pasan por el mejor momento, también hay que apuntarlo. Una no se ha disculpado, que sepamos; la otra, que es la autora material del pequeño testimonio malvado de nuestros tiempos, sí lo ha hecho. Ha colgado otro vídeo en sus cuentas anunciando que se va un tiempo, pero que volverá. Resulta que la chica era una influencer, con una cuenta sobre dietas y ejercicio y cosas así. Espero que no fuera una de esas a las que el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, Fernando Simón, pidió ayuda para predicar la lucha contra el coronavirus. "Creo que hay muchos influencers en España con una visibilidad muy grande que pueden ayudar a controlar la pandemia", dijo exactamente cuando se le preguntó por el contagio masivo de población de menor edad. Debo decir en honor a la verdad que la tipa que grababa los insultos a la anciana portaba mascarilla. No sé cuántos 'me gusta' cosecharía por ello.

Hay que estar realmente desesperado para recurrir a los Pelayos, las Dulceidas y demás egos desatados para plantar cara al bicho. En otros países se contratan maestros, médicos y rastreadores. Aquí se encomiendan a los reyes del Tik Tok y a los instagramers. Dentro de dos semanas empezará el curso, y si un milagro no lo remedia, los adolescentes deberán quedarse en casa estudiando online. Se les impedirá relacionarse con sus amigos y compañeros cara a cara en el entorno constructivo, normalizador e integrador que es el instituto, donde recibirían además el apoyo y los conocimientos de personas adiestradas para enseñarles no solo materias curriculares, sino también medidas sanitarias de autoprotección y responsabilidad social. Se les mantendrá encerrados en su cuarto delante de un ordenador, y muy convincentes deberán mostrarse los influencers del doctor Simón para que cuando acaben de trajinar webs y documentos, y cierren la aburrida y solitaria sesión, no salgan en estampida a una reunión diurna o a un botellón nocturno para juntarse con sus pares. Porque no estamos confinados, y si todos salimos, ellos también saldrán y con más razón.

Nuestra sociedad está a punto de pagar con los chavales el fracaso de los mayores, esos que pueblan las direcciones generales y los comités de expertos, los de las fases, los corredores seguros y los planes pilotos. Y también los de la mascarilla en el codo, los de 'yo no me tapo la cara que sudo mucho', los de la paella para treinta para celebrar con retraso las bodas de oro de los abuelos, el picnic nocturno porque Sant Joan se celebra sí o sí, 'arrima la silla, macho, y dame un abrazo'. Porque los auténticos influencers son los padres, de toda la vida.

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