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Ciudades vacías

¿Son bellas las ciudades vacías? Durante el último confinamiento -y esperemos que realmente haya sido el último- se escribieron cientos de elogios entusiastas a la belleza de las ciudades vacías. ¡Qué maravilla, vivir en una ciudad sin coches, sin ruidos, sin peatones y sin bocinazos! ¡Y cuánta belleza había en esas perspectivas desiertas -avenidas infinitas, edificios fantasmagóricos- que recordaban las pinturas metafísicas de Giorgio de Chirico! ¡Si hasta había gente que practicaba avistamientos de aves exóticas debajo de su casa! Por supuesto que había muchas ventajas en una ciudad vacía -el silencio, sobre todo-, pero las cosas no son tan sencillas. Seamos sinceros: ¿podríamos vivir largos años en una ciudad sin tiendas, sin comercios, sin aglomeraciones, sin semáforos? ¿Soportaríamos el silencio inalterable de una ciudad convertida en una especie de monasterio cartujo? La verdad es que tengo mis dudas. Y muy pronto, tras dos o tres meses de silencio obligatorio -si tuviéramos que vivir así-, todos empezaríamos a echar de menos el zumbido incesante de los coches o los timbrazos de las bicicletas en las calles.

Si vivimos en las ciudades es porque nos gusta mirar escaparates, pasear sin ton ni son, curiosear en los rostros y en las actitudes de los desconocidos que pasan ante nosotros o escuchar las conversaciones de la gente que viaja a nuestro lado en el autobús. Si lo pensamos bien, nadie puede aburrirse si siente un mínimo de curiosidad por lo que ocurre en una ciudad de mediano tamaño (ni siquiera hace falta vivir en una megápolis). Siempre, por ajetreada que sea la vida, podemos ir a hojear libros a una librería o sentarnos en una terraza cerca del puerto a contemplar la puesta de sol (quien tenga la suerte de vivir en una ciudad portuaria, claro). Evidentemente que la vida se nos va en actividades mucho menos placenteras -atascos, colas en el supermercado, carreras angustiosas hacia una estación de metro a las 7 de la mañana-, pero al menos tenemos el consuelo de que existan las librerías y los cafés y las terrazas cerca del puerto. Y algún día, muy pronto -nos decimos con un susurro-, podremos visitarlas con parsimonia y con tiempo (y con dinero en el bolsillo).

De hecho, la experiencia moderna de la vida en Europa se inició con la figura del flâneur, el paseante que vagaba sin rumbo por el París de Baudelaire sin nada que hacer salvo mirar distraídamente todo lo que pasaba ante sus ojos. El flâneur no buscaba nada, porque lo único que quería era ir de un lado a otro buscando el reflejo del sol en un callejón sin salida o una nueva moldura en la decoración de un escaparate. Walter Benjamin -que en el fondo hubiera deseado ser un flâneur parisino en vez de un pensador obsesionado con el destino humano- decía que ese paseante que callejeaba sin rumbo era "un detective aficionado y un investigador de la ciudad", es decir, una especie de destilado de la época moderna. Y supongo que todos nosotros, de un modo u otro, somos detectives aficionados que nos entretenemos investigando nuestra ciudad, aunque nuestra época ya no sea una época moderna sino una época que agoniza y que probablemente haya llegado ya a su fin (sin que sepamos qué otra clase de época vaya a sustituirla).

Y eso es lo malo, porque vivir en una ciudad que valga la pena requiere comercios abiertos, ruidos, autobuses, escaparates y encuentros y desencuentros con desconocidos por la calle. Y es muy difícil que esta clase de ciudades puedan resistir a la crisis del coronavirus y a la mutación urbana que parece haber provocado. En Nueva York, según leo, los locales comerciales están cerrando uno detrás de otro, y eso que en estos últimos años ya no quedaba gran cosa de aquella ciudad inagotable en la que había una librería en cada manzana y en la que podías encontrarte, en una calle lateral que no parecía llevar a ninguna parte, una relojería, una sex shop, una tienda de artículos religiosos y un diminuto restaurante oriental. Ahora, en cambio, casi todas las pequeñas librerías de viejo han desaparecido y ya sólo quedan cinco grandes librerías de la cadena Barnes & Noble en todo Manhattan (aunque por suerte resiste la librería Strand en la calle 12). El resto de la ciudad está copado por las cadenas de farmacias Walgreen o las sucursales del Chase Manhattan Bank, todas iguales. Y como es lógico, las cosas han empeorado con el coronavirus, así que las tiendas de ropa y los grandes almacenes y todos esos escaparates que llamaban continuamente la atención parecen tener ya los días contados. ¿Qué pasará con el centro de la ciudad? ¿Qué será de todos esos locales vacíos? ¿Y qué pasará en nuestras propias ciudades, que cada una a su modo están viviendo el mismo proceso de desmantelamiento comercial y de locales vacíos por todas partes? Mejor no preguntárselo.

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