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Mercè  Marrero

La suerte de besar

Mercè Marrero Fuster

Vivir en la incertidumbre

De expectativas, eliminatorias del "Un, dos, tres...", conversaciones en la playa a primera hora de la mañana y nuestra necesidad de seguridad y de control del entorno

De joven fantaseaba sobre cómo sería el momento de ser madre. Todo muy rosa y edulcorado. Por la mañana adecentaba el nido, por la tarde rompía aguas y por la noche me ponía de parto. El padre de la criatura, enamoradísimo, me agarraba de la mano, mientras yo empujaba sin apenas dolor y una cabecita surgía de unos bajos que se mantenían incólumes: ni desgarros ni desastres. Daba el pecho abundantemente, lograba dormir seis horas seguidas y fuimos felices y comimos perdices. La realidad es que cuando mi maravilloso ginecólogo me anunció la cesárea, lloré amargamente. La matrona sacó a todo el mundo de la habitación y, con un acento inglés, dijo: "Eres una controladora, pero esto escapa de tu control. Aprende a dejarte llevar". Amén. Qué ojito tenía la sanitaria.

En una de las eliminatorias del programa "Un, dos, tres€", allá por los ochenta, los finalistas estrellaban un huevo en la cabeza del contrincante al grito de "La tierra es redonda y se demuestra así". Hasta que aparecía el huevo duro ganador, a los jugadores les reventaban muchos crudos en sus frentes. Mi hermano y yo recordamos como uno de los momentos felices de nuestra infancia el día en que mi padre bromeó con mi madre en la cocina, le soltó la frase y rompió un huevo en su cabeza. Así, con perspectiva, creo que nos gustó verles reír porque su complicidad nos hizo sentir seguros.

Los entornos estables contribuyen al bienestar. Tener una mínima noción del rumbo de nuestra vida, también. Disfrutar de estabilidad en el trabajo, de buena salud, llegar a final de mes sin penurias o poder barruntar un plan a un mes vista repercuten en nuestra felicidad. O creo recordar que así era. Hoy, el primer pensamiento de muchos nada más abrir los ojos es "Solo sé que no sé nada". No sabemos si encontraremos o mantendremos el trabajo. Tenemos dudas sobre si nuestros hijos comenzarán el colegio, sobre cómo será esa vuelta o si resultará seguro hacerlo. Hay falsos positivos, desconocemos si, a pesar de haber tenido coronavirus, somos inmunes y ni idea de cuándo habrá una vacuna, ni si ésta será fiable. Virólogos, epidemiólogos, políticos o matemáticos transmiten incertidumbres en sus declaraciones. Entramos en un bar, nos cruzamos con vecinos o vemos a familiares y lo hacemos con recelo. Nosotros, que tan bien nos sentíamos en los entornos seguros, debemos aprender a manejarnos en la incertidumbre y mañana Dios dirá.

Son las 7:30 de la mañana y estoy en la playa. Escucho la conversación de tres mujeres mayores. Una de ellas ha comenzado a meditar. Otra le pregunta de qué va la cosa y si el objetivo es ver la luz y comprender el qué, cómo y porqué de las cosas. La tercera comenta que unos pececillos nadan entre sus piernas y le muerden los pies. La meditadora responde que nada de eso. Que lo único que importa es el aquí y el ahora. Que cuesta, pero que está en ello. La de los pececillos afirma que, con la edad, ha llegado a la conclusión de que todo sucede cuando toca. "¿Por qué lo dices?", pregunta una. "Porque pensar lo contrario me hace ser infeliz", finaliza. Habrá que aprender a mantener la calma entre tanta incertidumbre. Si queremos ser un poco felices, claro.

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