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Antonio Papell

Creacionistas y vacunas

El creacionismo se ha abierto paso en algunas colectividades de los Estados Unidos y de otros países, como derivada de ciertos radicalismos religiosos que se verían confrontados irremediablemente con la verdad científica. Como es sabido, el debate surgió con el descubrimiento por Charles Darwin de la teoría de la evolución, que demostraba que, en contra de las afirmaciones bíblicas que aseguran que Dios lo creo todo de la nada y de una sola vez, los seres vivos son el resultado de un proceso evolutivo que los va cambiando incesantemente mediante sucesivas adaptaciones. El homo sapiens, la especie a la que pertenecemos, no apareció tal cual en su contexto natural porque algún ser superior "creara" a la primera pareja sino que es el resultado de una lenta evolución que arrancó de un organismo unicelular y que con el paso de los milenios, fue adquiriendo características antropomórficas y se subdividió repetidas veces en en numerosas ramas, una de las cuales acabó en nosotros€ Puede decirse sin rubor que el hombre procede incuestionablemente del mono, que a su vez es el resultado de la evolución de otros seres más simples. El propio Darwin llamó "creacionistas" a quienes, pese a las irrefutables evidencias, negaban sus descubrimientos científicos. Hoy, el creacionismo mejor organizado es el de los Adventistas del Séptimo Día, fundados por el biólogo Harod W. Clark, quien adoptó la obra de su maestro George McCready Price.

Es evidente, en fin, que los avances de la ciencia, que en los siglos XIX y XX supusieron progresos espectaculares que han aclarado y cambiado la concepción del mundo mediante métodos científicos poco controvertibles, no han convencido a todos, y siguen existiendo minorías aferradas a supersticiones, a inverosímiles relatos mágicos o místicos, o gentes que se ponen en manos de magos y de brujos o que confían en los homeópatas que recurren a la fe para garantizar la eficacia de sus productos sin contraste experimental alguno€ Es más: el declive de las grandes religiones, desacreditadas por el proceso científico -es difícil que quien profundice en la ciencia crea después los relatos pueriles de las grandes religiones del Libro-, deja espacios vacíos para que gurús de tres al cuarto, más o menos avezados en el arte del embaucamiento, consigan prosélitos y creen organizaciones seudorreligiosas y seudocientíficas que llevan a cabo verdaderas estafas masivas mediante la explotación de la credulidad de la gente.

Pero estas desviaciones no son siempre inofensivas. Dejando al margen los daños que puede causar en las sociedades desarrolladas el fanatismo primario de las sectas y las creencias radicales, es evidente que ciertas prescripciones dictadas por esas nuevas religiones dañan a las personas. Quienes impiden el uso de transfusiones sanguíneas porque supuestamente contravienen la ley de Dios, o quienes se oponen a la utilización de las vacunas por razones parecidas, están poniendo en peligro la vida y la integridad de la gente. Y habrá que abrir como mínimo un debate sobre la licitud de tales posiciones. A mi juicio, al de buena parte de la ciudadanía y al de la inmensa mayoría de científicos acreditados y de ensayistas racionalistas no es legítimo negar la verdad científica cuando con ello se produce un daño en las personas.

Es obvio que estas líneas guardan relación con la manifestación del pasado domingo en Madrid, contra el uso de mascarillas y en general contra las políticas sanitarias adoptadas para proteger a la población del contagio del coronavirus. Una manifestación alentada por Miguel Bosé, el conocido cantante, quien, en apariencia desorientado, está secundando en los últimos tiempos diversas agresiones contra el progreso científico, la medicina convencional y la racionalidad.

Con independencia de la opinión que cada uno tenga de semejantes conductas excéntricas y condenables, es claro que también en democracia la libertad propia linda con la libertad ajena, por lo que no puede ser lícito el proselitismo que impulse a las personas al descuido de sí mismas o al suicidio incluso. La ciencia, y la salud con ella, debe ser protegida por el sistema democrático, y han de ser desacreditados y desenmascarados los falsos profetas que utilizan su popularidad para hacer daño a los demás.

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