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Al Azar

Cambio de época o de discurso

Nunca ha sido más fácil decretar un cambio de época. En el siglo pasado se requería al menos el esfuerzo físico de derribar un muro de Berlín, cascote a cascote. En estos tiempos menos exigentes, bastaba con incorporar un adminículo a la aspiradora o al retrovisor del automóvil para cantar el inicio de una nueva glaciación. Las revoluciones sociales se venían diagnosticando con el rigor de la teletienda de madrugada. Las eras se medían en horas, al ritmo del cambio de portada en las ediciones digitales. La novedad era la no verdad.

En realidad, se confundía interesadamente el cambio de época con el mero cambio de discurso. Cada vez que un gurú imponía un término feliz, véase la liquidez de Zygmunt Bauman, sufríamos una conmoción equivalente al descubrimiento de América o cómo se llame ahora. Poco importa que la sociedad sólida o gaseosa sirviera igualmente como paradigma. El caparazón del nuevo sermón se traducía en congresos y simposios varios, de preferencia con fondos públicos. Proliferaban los observatorios, que vomitaban escenarios terroríficos en su mayoría. Era imprescindible que nada cambiara para que todo cambiara, un Lampedusa reversible.

El final ya lo saben. Por primera vez en décadas sobreviene un auténtico cambio de época, propiciado por un agente invisible y mudo ante todo. Pues bien, acostumbrados a decorar con palabras huecas los seísmos inexistentes, el discurso a la altura de la pandemia está por inventar. Se ha intentado diluir al coronavirus en los parámetros habituales del engaño contemporáneo, desde el cambio climático que obliga a sacrificar a todas las vacas hasta el juicio final a la globalización. Sin embargo, la covid no se ha sometido a la cháchara circundante, ni siquiera cuando la tarea discursiva se ha encomendado a epidemiólogos menos acertados que los tertulianos. La novedad nos ha dejado sin palabras.

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