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Daniel Capó

En otro tiempo

La paternidad supone volver a la infancia y recuperar parte de su misterio

Los veranos de mi niñez, dedicaba las tardes a un curioso pasatiempo que me enseñó mi abuelo sueco. Salíamos a la calle provistos de una libreta y un lápiz, y anotábamos las matrículas de los coches extranjeros que circulaban por el puerto. No eran muchos, pero tampoco escaseaban: apuntábamos la matrícula, el modelo, el color, la hora y el lugar. Había algo detectivesco en ese afán meticuloso, sin que nunca haya logrado determinar el sentido de lo que hacíamos. Seguramente no tenía ninguno, más allá de salir a pasear libremente, sin supervisión alguna: éramos críos de nueve o diez años a lo sumo, dedicados a una pesquisa estrambótica e interminable. La inocencia, supongo, y también las consecuencias de una época en la que confluía el tedio cotidiano con dosis mucho mayores de libertad para los niños -lo que nos llevaba a soñar con la aventura más que a vivirla realmente-. De esa independencia queda ya poco realmente y nuestros hijos veranean dentro de una estructura de ocio mucho más estructurada (campamentos, escuelas de verano€) o, al menos, más dirigida por los adultos, aunque incluya horas y horas de televisión y de videojuegos. El aburrimiento antes te impulsaba a salir a la calle, mientras que ahora resulta casi intolerable por falta de costumbre y -supongo- de imaginación. Nuestra niñez mantenía todavía un poco de esa libertad antigua -ibas andando solo al colegio, te perdías por el bosque o pasabas la tarde nadando con los amigos- que puedes encontrar en las novelas infantiles de la primera mitad del XX: una libertad que ya no existe en la era de la sobreprotección paterna.

No es tanto nostalgia como la constatación de un hecho: hemos pasado de la libertad al control y de la realidad concreta a la abstracción de los mundos virtuales. De hecho, la incertidumbre propia de esa libertad genera episodios continuos de ansiedad, y no sólo a los padres. Las tecnologías de la información registran nuestros pasos a diario, almacenando el conjunto de nuestras preferencias y el sesgo de nuestras ideas. Aceptamos de forma frívola casi cualquier injerencia en nuestra privacidad a cambio de una extraña sensación de seguridad. Los relojes inteligentes controlan nuestro pulso cardíaco o las fases del sueño. El GPS guía nuestros pasos a través de la ciudad trazando la peculiar geografía de una vida. Netflix, Kindle o Spotify nos ofrecen un abanico de ocio cultural a la carta que termina configurando el ADN de nuestros gustos. Y se trata de un mundo virtual en el que ya no es necesario mirar a nadie a los ojos -con sus virtudes y sus limitaciones- para convivir.

De niño, yo salía a rastrear matrículas de coches extranjeros y hoy mis hijos se entretienen con una app que geolocaliza tiburones, ballenas, tortugas y caimanes en todo el planeta. Entiendo su fascinación, que también comparto en estos días de tedio veraniego. Ser padre supone volver a la infancia de algún modo, recuperar la ilusión y ese sentido de lo increíble en la cotidianidad. Pero también supone darse cuenta de cómo pasa el tiempo; no sólo el tiempo físico, humano, sino también el espiritual con el que se construye el abecedario propio de cada persona y de cada época.

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