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Al azar

La pasarela de selectividad

La publicidad corona sus últimas cotas con la exhibición de los alumnos admirables que han obtenido las calificaciones más sobresalientes en los exámenes de Selectividad. Si se trata de un trabajo continuado, del seguimiento de las personas que reciben en encomienda el futuro de este país, la frívola pasarela de los superdotados está justificada. Sin embargo, existe el peligro de que se les manipule como escudos humanos para camuflar las miserias educativas.

El indicio a favor de la utilización perversa del capital intelectual es la escasez de reportajes sobre las mejores notas de Selectividad de diez o veinte años atrás. En primer lugar, porque habría que buscar a sus titulares de éxito en el extranjero, después del brain drain o centrifugado de cerebros característico de la universidad española. Excelencia y excedencia coinciden demasiadas veces en el paraíso de la burocracia.

Los promotores del exhibicionismo adolescente se refugiarán en la inocuidad de las fotos y entrevistas. Sin embargo, alentar un star system de los alumnos modelo puede resultar tan pernicioso como el deambular de las maniquíes tradicionales. Los sacrificados estudiantes pueden imaginar que la atención que reciben ahora es una pista sobre el cariño que les acompañará en el futuro, cuando solo es una excepción respecto al abandono concienzudo al que se verán sometidos cuando dejen de ser una hermosa coartada juvenil. Solo hay algo peor que el olvido metódico a que ha sido sometida la inteligencia por tradición, y es la creación de expectativas que no se verán satisfechas. Selladas además por los focos cegadores de la sobreexposición.

De ahí que las fotos, en que los triunfadores de la Selectividad aparecen lógicamente eufóricos, deberían adjuntar una dirección a la que puedan apelar en el futuro para consolidar los frutos de su formación. De lo contrario, las imágenes recuerdan a Arturito Pomar visitando a Franco en El Pardo. El dictador acarició el cogote del ajedrecista prodigioso y el hechizo se esfumó. Un desvanecimiento orlado de reconocimiento.

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