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María Amengual

Votar mal

No se puede naturalizar el insulto, ni siquiera a las personas que están sometidas al escrutinio público, como políticos o periodistas

Voy a confesarles algo: siempre tengo razón. Creo que mi equipo de fútbol es el mejor, que nada supera al cine clásico, que mis novelas favoritas son las mejores de la historia y que mi opción política es la que mejores soluciones plantea. Nada de eso me hace especial. Me apostaría la mano derecha a que le ocurre lo mismo a la mayoría de ustedes. Vemos la vida en base a nuestra educación y experiencias, así que la casuística es tan amplia que es absurdo pensar que hay una sola perspectiva del mundo, por mucho que cada uno esté convencido de llevar la razón.

No voy a caer aquí en el relativismo moral: por supuesto que hay opciones mejores que otras. Son las que se basan en el reconocimiento de la dignidad humana y los derechos individuales de todos los ciudadanos. Por eso, la mayoría de nosotros preferimos vivir en sociedades en las que las mujeres son libres en lugar de en otros lugares en los que se las lapida por adulterio o se las obliga a taparse. Reconocer que todos los seres humanos son sujetos de pleno derecho implica aceptar la libertad de opinión y el pluralismo político. Reconocer algo de verdad en el otro. Dentro de unos límites. Karl Popper, que enunció la paradoja de la tolerancia -no se puede ser tolerante con los intolerantes-, considera que el principal rasgo que define a una sociedad abierta es que puede cambiar sin violencia a sus gobernantes.

La Real Academia define civismo como el comportamiento respetuoso del ciudadano con las normas de convivencia pública. Convivir y ser tolerante tiene mérito -básicamente- cuando se consigue hacerlo con quien piensa distinto a uno mismo. A todos nos encanta que nos den la razón; eso no supone ningún esfuerzo. La base para la convivencia es la discusión racional, no los exabruptos, insultos o intimidaciones, cuando no algo más grave.

La ética dialógica de Jurgen Habermas establece condiciones para un diálogo efectivo. A grandes rasgos, que no sea excluyente con ninguno de los interesados, la ausencia de coacciones, coherencia y veracidad. Con argumentos: así se construyen las sociedades democráticas. Apelar al derecho a la libertad de expresión y manifestación para vociferar, insultar, agredir o incluso asesinar al que piensa distinto es hacer saltar por los aires sus cimientos. Tenemos muchos ejemplos en la historia de este país: desde Lorca a Miguel Ángel Blanco.

Por eso no se puede naturalizar el insulto, ni siquiera a las personas que están sometidas al escrutinio público, como políticos o periodistas. Ni el acoso. Ni cuando trabajan, ni cuando pasean con sus hijos, ni cuando salen a tomar algo a un bar. Por ningún motivo. Los derechos, en democracia, se ejercen en las urnas o en los tribunales. Que para eso podemos elegir gobiernos y existe la justicia. No gritando cual borrachos en el salvaje oeste porque no nos gusta lo que votan los demás. Los escraches son turba; siempre lo han sido. Desde Soraya, Rosa Díez, Espinosa de los Monteros a Monedero, Iglesias o Yolanda Díaz. El problema es que, en este país, banalizamos las turbas cuando las sentencias no nos gustaban. Ahora nos llevamos las manos a la cabeza. Nunca es el qué, sino el quién. Coger las antorchas para linchar al adversario político es de todo menos civilizado; tantos siglos intentando mejorar las instituciones para descubrir ahora que es mejor insultar a los políticos que piensan distinto, porque los demás votan mal.

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