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Amargas vacaciones

El miedo y el sentimiento de culpa marcan el verano del Covid-19

El tren turístico que recorre el paseo marítimo viaja vacío. Fantasmal. Cumple su cometido inútil, una y otra vez, incansable, a la espera vana de que algún pasajero decida subirse. Qué lejos aquellos veranos en que viajaba atiborrado, repleto de niños alborotadores. Hace sus paradas rituales, sigue su camino ante la mirada indiferente de los pocos transeúntes.

En la feria, la noria da vueltas para sí misma. Sus cestas se menean al pairo a la espera de que el peso humano, que rara vez llega, le dé estabilidad. El tren y la noria son el espejo en el que nos miramos. Vacíos, resultan absurdos, como nosotros mismos veraneando por mantener la normalidad de esa noria que es la vida. Damos miedo, cubiertos con máscaras como los payasos tristes. Resultamos fantasmales como el tren y la noria. O como las moles de los inmensos hoteles cerrados a cal y canto.

Resultamos fantasmales como los pocos hoteles abiertos para los escasos huéspedes que se atreven a perderse en sus pasillos desiertos. Más de la mitad de los restaurantes están cerrados, con sus sillas y y sus mesas desocupadas, inertes a la espera de un agosto que resuelva un año, una vida. O tal vez cerrados para siempre al no poder superar esta pertinaz cuesta que no deja de subir desde febrero. El turista del verano de 2020 veranea silencioso, sin alegría. El turista de 2020 es un turista triste.

Nada que ver con el turista alborozado, chillón, festivo, de aquellos veranos desocupados, sin más preocupación que la vuelta al trabajo en septiembre. El turista del verano de 2020 deja ver tras su mascarilla un sentimiento de culpa.

Culpa por los que este año no tienen vacaciones, por los que los que ya nunca las tendrán, porque se quedaron atrás perdidos para siempre en el maremágnum de cifras feroces e indomables. Culpa por todos los que se habrán quedado sin trabajo en esos hoteles y en esos restaurantes vacíos. Esa misma culpa que siente el que no llora en los entierros, el que no demuestra luto en el duelo, el que no sabe dar el pésame. La culpa del que ha salido indemne de la catástrofe, del que vuelve a salvo a casa tras la batalla, del que se pregunta por qué ha tenido que sobrevivir él y no el de al lado. La culpa del superviviente.

Los veraneantes de este 2020 se miran con recelo entre sí. Apenas si se dirigen la vista para socializar más allá de su cordón de seguridad. Los turistas de este año se dividen entre los negocionistas, que se creen que todo es una patraña de algún Bill Gates, que se ríen de las ridículas mascarillas, de la distancia de seguridad, del histerismo del vecino. Y los integristas, los hipocondriacos de la estricta normativa, los policías de comunidad de vecinos. Desafiantes, van revisando si los demás llevan la nariz por fuera de la mascarilla, si estornudan, s i tosen.

Son los mismos que acuden a las playas provistos de cintas para demarcar su territorio, de estacas para determinar bien su zona de seguridad. Que una vez acotada la parcelita, levantan la sombrilla como si fuera la bandera de su república independiente de virus, que colocan bajo ella el gel desinfectante y el botiquín de primeros auxilios. Acaban prisioneros en su fortín libre de covid. Solo se atreven a salir para bañarse, eso sí, con la mascarilla en el bolsillo del bañador, Lo que estaba previsto para las aglomeraciones resulta ridículo en una playa semidesierta, en la que si uno no guarda la distancia es porque no quiere.

Veranear con miedo es una experiencia nueva. En 2019 el miedo era no conseguir mesa en el restaurante de moda. Ahora siempre hay sitio. O a quedarse sin un trozo de arena en la orilla del mar. O a quemarse por el sol. O a que no haya pasado la hora y media preceptiva de digestión para bañarse. O a las medusas. O a que amanezca nublado. Hay que ver lo frívolos que éramos. Cuanto hemos aprendido este curso. Nuestro miedo ahora son el rebrote, el que nos dejen confinados lejos de casa, el que nos contagiemos aquí tan a desmano de nuestras seguridades.

El qué pasará con nuestro trabajo a la vuelta, el cómo nos las vamos arreglar cuando en estas vacaciones hayamos gastado los últimos cartuchos del subsidio. Un miedo irracional que no nos deja disfrutar de unas vacaciones que tal vez no nos merecíamos y nunca deberíamos habernos permitido. Última hora: nuevo brote en Gandía. Setenta infectados. Al parecer, el contagio se ha producido en la llamada zona de “ocio nocturno”.

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