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Antonio Papell

El rebrote catalán

Ha sido dejar en manos de la Generalitat la gestión de la pandemia y esta ha retornado, en modo de peligrosa transmisión comunitaria „es decir, sin posibilidad de detectar las cadenas de contagio„, a varias zonas de Cataluña, especialmente la periferia de Barcelona y los territorios de Lérida colindantes con Aragón y la comarca del Sagrià. En estas zonas agrarias del occidente catalán, la pandemia se ha extendido, como en otras regiones de España, por la presencia de temporeros recolectores, tratados en ocasiones como ganado, sin las debidas condiciones higiénicas, en un intolerable régimen semiesclavista del que nos hemos enterado no por la Inspección del Trabajo sino porque estos obreros, en su mayor parte inmigrantes, han resultado ser agentes transmisores de la dichosa pandemia. En honor a la verdad, el maltrato a la mano de obra que acude a las labores de recolección está en situación muy precaria en la mayor parte del país.

Ante el drama de Cataluña, lo urgente es combatir estos rebrotes para evitar tener que llegar al confinamiento de toda la región, primero, y quién sabe si de todo el Estado, después. Pero es imposible contener la indignación que suscita asistir a la incompetencia del president Torra y de la mayor parte de su equipo y recordar ciertas declaraciones que hoy resultan sonrojantes.

En pleno fragor de la pandemia y del estado de alarma, la portavoz del Gobierno catalán tuvo la desfachatez de afirmar que "en una Cataluña independiente habría menos muertos", unas palabras „es justo establecer la diferencia„ que rechazó poco después la consejera de Salud, Alba Vergés. Pero, además, en el último pleno monográfico del Parlament sobre el coronavirus, "Madrid" fue la culpable de todas las adversidades que había padecido Cataluña. Algunos analistas han recordado que durante todo el estado de alarma, no pasó un solo día sin que los soberanistas catalanes lamentaran la pérdida intolerable de competencias y una supuesta recentralización, que les impedían desarrollar su pericia epidemiológica. Y otros se han cuidado de recordar las recetas que manifestaba a Torra a quien quisiera escucharle: rapidez en la ejecución de las medidas, atención a las recomendaciones de "sus" especialistas y gestión directa de la Generalitat, verdadera conocedora de la realidad catalana.

A la hora de la verdad, tras un rápido desconfinamiento, cuando había quedado ya claro que desde aquel momento había que fiar a la sanidad primaria y a los rastreadores el control de la pandemia, Torra trasladó la responsabilidad del problema a los ciudadanos. Con una serie de consignas confusas que no podían ser imperativas porque afectaban a derechos fundamentales „los jueces se han encargado de recordar a Torra que sin estado de alarma no se puede limitar la movilidad de las personas„, el líder independentista ha pretendido que el civismo de sus ciudadanos consiga el portento de paralizar espontáneamente la transmisión del virus gracias a su reclusión voluntaria. Cuando era y es obvio que la lucha contra la plaga no funciona si no parte de una conjunción de sentido cívico de los ciudadanos y efectividad de las instituciones, que han de ocuparse del rastreo, la detección y la cuarentena de los sospechosos.

La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, lamentó la pasada semana que en todos sus dominios hay apenas 150 rastreadores, muchos de ellos ni siquiera profesionales sanitarios. Es obvio que con este bagaje no se podía llegar muy lejos en la contención de los contagios, que siguen aumentando hasta el extremo de que Francia podría cerrar su frontera con Cataluña por el importante gradiente entre un lado y otro de los Pirineos.

Así las cosas, la ciudadanía de Cataluña se merece que el Estado considere al menos la posibilidad de intervenir de nuevo en Cataluña, por ejemplo declarando el estado de alarma en todo el territorio más contaminado. Sin perjuicio de que para el futuro se legislen nuevos estados excepcionales como la alarma sanitaria, que resten dramatismo político a tales medidas, en este momento el arma legislativa de que se dispone es la que es, y no tendría sentido prescindir de ella si no se consiguen los objetivos deseados por caminos menos aparatosos.

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