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Alex Volney

Tiempos nuevos

Involuntariamente me aparecen y desaparecen pegadizos versos de un vanguardista muy nuestro. Entre tanto, pellizco y pruebo una novedad y ya no puedo parar. Esa entrada ya me ha pillado del todo. Me encuentro tan gatopardiano que me dejo llevar por el eje principal del libro que es casi coincidente con tan repetitivos acontecimientos a lo largo de los siglos.

En medio millar de misivas entre 1948 y 1986 se va cuajando una gran amistad. Carta a carta, pasaron del enfrentamiento entre “un rácano editor catalán y un rácano autor castellano cargado de hijos”, según el mismo Delibes, a un buen entendimiento. En medio del recíproco desahogo surge una gran amistad entre el que sería este gran autor en castellano: Las ratas, El camino..., hombre progresista liberal, y su editor, Josep Vergés, de família adinerada con el corcho de Palafrugell. Un editor que crece con el régimen franquista en la expansión más silenciosa que ha sobrevenido nunca en el mundo editorial, eso sí, de la mano de su autor estrella: Josep Pla. Ambos, un ejemplo de lo fácil que puede ser entenderse cuando las dos partes pueden salir ganando en el acuerdo. Miguel Delibes, lo cuenta él mismo, no iba para escritor, en un principio. Esta y muchas otras anécdotas son el contenido del fabuloso trabajo de Javier Goñi en su libro Cinco horas con Miguel Delibes fruto de largos días de grabación del periodista aragonés, amigo suyo, que cuaja perfectamente un merecido homenaje en el centenario del nacimiento del autor (y décimo aniversario de su muerte). Unas doscientas páginas que se hacen cortas en un estimulante recorrido, uno de esos caldos que se han dejado reposar años. Fórcola ediciones lo llevó a imprenta al finalizar el año y probablemente la pandemia haya mimetizado su repercusión. Todo un documento y ejemplo de como en una época mucho más oscura que esta se contemplaban opciones donde prácticamente nada era imposible. De esos ejemplos contrasta, y mucho, en este año de celebraciones, la reparación de la figura del escritor - juez: Joan Perucho, cendres i diamants de Julià Guillamón en Galaxia. Choca el desánimo y casi el acoso y derribo editorial al que fue sometido en los últimos noventa. Joan Perucho, que había hecho la mili en Mallorca, al igual que Ovidi Montllor, (eso sí, algo más pronto) nunca dejó de visitarnos y cada año pasaba unos días por la isla. Está presente en nosotros el recuerdo del autor de Les històries naturals, Les aventures del cavaller Kosmas... en una de sus últimas visitas a la librería, ya mayor y muy desorientado. Del brazo lo acompañamos a la plaza de Cort para coger un taxi que lo devolviera al hotel. A la Ciudad de Palma, iniciando el siglo, ya no la conocía ni su madre. Sus puntos de referencia habían desaparecido y en el corto camino de l’Argenteria a Cort expresó su disgusto y gran desánimo ante la trituración de sus libros a manos de un grupo editorial muy concreto. Prácticamente se había perdido, como su fondo bibliográfico, pero, obviamente, los libros lo devolvieron a casa. Con su justificada queja nos fue confirmando lo que los rumores ya anunciaban de como las gastaban algunos con nuestras primeras plumas en esos lustros. La tendencia es pendular, afortunadamente, y parece que este año se va haciendo justicia a no pocos nombres damnificados por la estupidez o puede que simplemente nos encontremos que las marcas ya solo pueden abrazarse a la Literatura. A la cabeza me vuelven, una y otra vez, las palabras de Joan Salvat - Papasseit, puede ser el preludio de alguna paranoia: “Escopiu a la closca pelada dels cretins”.

¿Por cuánto tiempo pretendían seguir vendiendo humo? ¿Vuelven los libros? Los lectores, sí. Vuelven, los más recientes índices así lo indican. No viajo en avión, pero puedo volver a hacerlo desde la cama o sentado en mi balcón y sin amordazar. ¿Debería disculparme? ¿Debería hacerlo? Yo que pretendía sacar un articulito lúmpen, del tipo “el postmortem de la cultura” o un “post moderm family”, como mínimo...y ya ven! Sucumbiendo al revival.

Conclusión con misterio incluido: sí, acudimos al último concierto de Los Ramones en BCN el 1988, cuando todos estaban vivitos y coleando, y pudimos vivir en primera línea lo que tardaron en salir, (casi media hora) y luego entre humos y nieblas y a ritmo de Ennio Morricone sus siluetas empezaron a recortarse para luego cabalgar sin interrupción durante dos horas sobre mástiles y cuerdas. Claro que sí, la camiseta conmemorativa, al volver, la regalamos a un chaval de nuestro barrio. Hoy los hay que se ponen un sucedáneo parecido y a juego con la calva. A Barcelona o ibas a ver a los Pujol o ibas a ver a Los Ramones. Las dos cosas, imposible. Tiempos nuevos, tiempos salvajes... y de aquí a cien años todos sin un pelo de tonto.

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